El Nacional


Ayer estuve viendo El Nacional, la obra de Albert Boadella, acompañado por una ventaja y una desventaja. La ventaja es que fue una sorpresa de mi amada esposa, que decidió desasnarme llevándome al teatro. La desventaja es que estaba prejuicioso porque había escuchado a Boadella en la radio un día que venía de pactar unos meses para un yonqui y luego, un par de días después, le vi en la tele de la esperanza charlando con Dragó. Mis prejuicios no tenían que ver con Boadella, que había estado correcto intentanto sortear tanto almíbar, sino con sus entrevistadores/admiradores. Tanta mano por la espalda y tanto grito de ¡maestro! habían provocado la aparición instantánea de ese lado oscuro y de barrio bajo que repta y ronca hasta que algo le anima a manifestarse. Ya iba farfullando por lo bajinis contra la inevitable búsqueda de la referencia culta y el sosekiexamen autoimponido (¡mierda! robótica).

Me gustó. Mucho, por momentos. De entrada, he de manifestar mi admiración por los actores. Sobre todo porque el teatro no estaba lleno, y debe de resultar complicado hacerlo tan bien cuando el ambiente es tan frío. La obra es algo desigual. Me llama la atención que la matraca, brillante matraca, del autor contra cosas como el realismo o la improvisación, se vea desdicha por algunas prácticas tan cómico-realistas como la de satisfacer al porcentaje de espectadores que no se enteran ni del Nodo con alguna gracieta de actualidad. En fin, supongo que quiere ser algo cebollil, como lo demuestra con sus “explicaciones”, aunque sean en alemán, sobre qué es Wagner y qué Mozart. Es, digamos, equitativo y da a cada cual lo suyo del pastel que ha preparado.

La soprano fastuosa. El barítono cojonudo. Y ambos magníficos en sus papeles. Todos los demás muy bien, aunque algo más flojo Xavi Sais, el actor que representa al borracho pendenciero, Carlos. Lo que más me llamo la atención (perdonen es que no voy nunca al teatro) fue la actuación de Ramón Fontserè, el acomodador Don José, el hombre detrás del escenario, casi la mente que inventa los personajes. Me llamo la atención porque el tío declama igual que Boadella. Parece que le hayan clonado. Precisamente lo que más me gustó fueron los dos o tres textos en verso que recita Don José, repletos de hallazgos, algunos sublimes, como la imagen de un “Dios a trompicones”. También son muy brillantes los encadenamientos entre la acción y la ópera, como en el caso del “Addio, addio, speranza ed anima” de Rigoletto; es la primera vez que esa parte es escénicamente convincente.

Como digo, la obra está muy bien y les recomiendo que vayan a verla. El único problema que tuve, además de una cierta atracción por el enchufe de un foco, fue mi incomprensión del mensaje. Yo no lo comprendí. Por decirlo más claramente: no comprendí la conexión entre la obra y lo que se denuncia: la megalomanía funcionarial de los grandes teatros estatales. Y eso que escuché a Boadella en la radio y en la tele y leí el pequeño texto del programa de mano. Debo ser muy obtuso.

Escuchaba al jorobado cantar Verdi y el jorobado de los cojones desaparecía. ¿Realismo?

Al final morían los que querían echar el edificio abajo. El periodista y el arquitecto. Y el alter ego de Boadella con el cuchillo haciendo limpieza. ¿Por qué mueren aquéllos y el ejecutor es el autor?

Ya ven, sigo siendo un asno.

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