Voto razonado


Abstenerme, hasta ayer, era un corte de mangas a mis compatriotas. Ya sé que es pueril, pero en fin, uno tiene el alma joven a la par que una «bella figura». Era mi manera de repartir culpas, convertirme en un indignado inverso: ¿o es que no veíais qué era Zapatero? Insisto, conocía la naturaleza pataletil de mi comportamiento y los múltiples argumentos en contrario, pero ¿es que no veíais qué era Zapatero?

Hoy ya tengo otras razones. He de agradecer a los candidatos Pérez Rubalcaba y Rajoy su esfuerzo por despejar mis dudas. Ambos, sobre todo Alfredo (ah, Alfredo), lo tenían difícil. Mi animadversión con los ciudadanos (¡Y Al es uno de ellos, ha votado a Zapatero!) es tan intensa, que veía muy difícil que recuperase esa tonta conciencia ciudadana que me ha hecho presentarme a votar en todas las elecciones, con la excepción de las últimas municipales. Gracias al elevado debate de ayer ya sé qué mi decisión es la única lógica.

Saben que me gusta el sistema mayoritario y que los lloros de los antes conocidos como partidos minoritarios y ahora conocidos como auténticas opciones regeneracionistas, me resultan francamente repulsivos, y no porque no se pueda optar por un sistema u otro, sino porque crean que sólo es democrática su opción. Así que he solido plantearme el voto como una cuestión sencilla, una cuestión que podemos explicar hasta a un niño de tres años, como decía aquél. Escoger entre los dos que parece que pueden ganar. Pero soy un tipo abierto a nuevas experiencias y no excluyo que un día de estos pruebe el puto pez globo o me apunte a clases de tango. Esa actitud francamente jasp me llevó a implicarme con una cosa que nació regeneracionista como aquella leona había nacido libre. Y esa actitud me permitiría hoy votar a alguien, ¿dónde está? Pero, eso sí, como no cumple la primera exigencia, poder ganar, debía cumplir, alguna otra que no sea ser minoritario y llevar la palabra patria en la frente. Ah, salgo con la linterna y no encuentro más que botellones de colegas que se dan golpes en el pecho diciendo paridas.

Qué soledad. Mis viejas pulsiones aparecían de nuevo. La culpa será de Montaigne, de acordarme que existe Montaigne. Por suerte, ayer, los dos candidatos me explicaron por qué no hay que votarles.

Pronto habrá un nuevo gobierno en España. La piedra que sube ZP por la ladera de la montaña (pintada de rosa para mayor cachondeo) aplastará al pobre Rubalcaba, el derrotado antes de salir a la cancha que reconoce que ha mentido en público, y Rajoy gobernará (y suena la marcha fúnebre de Sigfrido que me ha mandado un lector de Jot Down). ¿Y qué hará Rajoy?

He soñado que un señor con algo de estatura nos decía «estamos muy mal. Hay que hacer ajustes duros. No sé hasta dónde tendremos que llegar, pero como se trata de mantenernos de pie, llegaremos hasta donde haga falta. Con total seguridad tendremos que renunciar a cosas que teníamos hasta ahora. Renunciaremos todos, porque la culpa es de todos, aunque nos duela reconocerlo, pero renunciarán más quienes menos tienen porque ya tienen menos y porque no pueden hacer otra cosa que esperar tiempos mejores. Esta es la parte dura del asunto. Y además da igual. Da igual quién sea el culpable, porque si nos ponemos a repartir culpas perderemos el tren. La única parte buena es que lo que tenemos que hacer nos da la oportunidad de cambiar de actitud. Ese cambio de actitud permitirá a los que ahora van a pagar más estar en condiciones, si lo hacemos bien, de impedir que se repita de nuevo el lamentable estado de cosas al que nos ha llevado la creencia en la divina providencia del estado y en la máquina de hacer billetes».

A ese candidato le daría mi voto.

Gracias al debate de ayer, ya sé que Rajoy ganará, pero como no ha tenido los cojones de tratarnos como adultos le mando a esparragar.

Y termino porque alguien que ha leído lo que escribo, por encima del hombro, me ha gritado «Que calliiii». Y no es cosa de generar más mal rollo del imprescindible.