Injurias

Ayer le decía al dueño del local que iba a entrar a poner a caldo a todo el mundo. Levantó una ceja y siguió a lo suyo. Es que está muy ocupado con sus colaboraciones estelares y con el cuidado de sus dos millones de followers en el pío-pío. Sea. Y claro, el garito ha perdido gancho. Algunas bombillas se han fundido y nadie las cambia y acaso la facturación ya no es la que era. Cuando eso sucede hay que organizar una buena bronca o atraer con promesas falsas a unas cuantas jóvenes neumáticas. Como la segunda opción me es ajena, el paso del tiempo es lo que tiene, me dedicaré a la primera. Ahora bien, el improperio contra la clase política está manido. Es un lugar común, sin que niegue la justicia del mismo ¡faltaría más! El malquistamiento contra el pueblo soberano, cuya necedad queda demostrada elección tras elección -también el domingo, no lo duden- está muy visto, y es asunto pacífico entre los que apoyamos sin reserva el voto censitario (hoy no me he traído la lista de requisitos, ya se la contaré). Que los medios son en general una bazofia tampoco va a motivar pelea. Mentar a las madres de los lectores, además de descortesía, será tomado como frivolidad y licencia poética. Así que voy a cebarme con la portera. Sí, con una empleada, pero qué empleada. No hay capítulo en los tratados de psiquiatría que no contemple alguna de sus patologías. Mirada aviesa, fijaciones delirantes, desdoblamiento de personalidad y monomanía persecutoria. Gasta cantidades industriales de vinagre para menesteres que desconozco, esparciéndolo por rellanos y portal. Yo mantengo que es un ritual dirigido contra algunos inquilinos, más concretamente los del 1º derecha, a los que espía veladamente, entreabriendo la puerta de su cubil y anotando sus costumbres como entomólogo circunstancial. No de otra forma es posible que el vertido del líquido se produza siempre durante el tránsito por las zonas comunes de los antedichos. Y qué decir de su arte para materializarse en la entrada del despacho, don maléfico adquirido en largas sesiones de güija, o bien en cursos de hurto y allanamiento con tarjeta de crédito reventadora de eslabones. No sé. Y los sollozos inconsolables a horas inopinadas acompañados de maldiciones susurradas cuando el transeunte obvia el deplorable espectáculo mirando distraido hacia delante. O su cuidada higiene bucal, con cepillo eléctrico, naturalmente, que desarrolla en el portal del inmueble y a la vista de la concurrencia silenciosa y amedrentada por el electrodoméstico letal que blande en tales situaciones. Así que, señoras y señores, mantengo que está como un cencerro y elevo propuesta de linchamiento y algarada, sabiendo que las ancianas provectas de los pisos superiores se opondrán, confidentes de la tarada como son, y con la esperanza de que el linchamiento no entorpezca demasiado el constante fluir de clientes a los honrados negocios que en los pisos bajos sobreviven al Septenio Circunflejo.

5 comentarios en “Injurias

  1. ¡Maldita sea tu estampa, papista desnortado! ¿A qué se debe el abandono? Sólo tres de los siete que ya han escrito y de los que pueden hacerlo y no quieren pasan la aspiradora de vez en cuando. Como te pille te pongo el menisco en tu sitio.

  2. Me ha gustado. Entender, lo que se dice entender… ¿Es un capítulo de Arriba y abajo, es una historia de amor secreto? Y además, Tse empieza a tutear. Mal asunto, mejor me voy.

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