Reglas de conversación


Como era previsible, después de las elecciones sigue la propaganda o la ignorancia. Los mismos que mienten antes o que no se enteran (y yo apuesto por lo primero) siguen inundando y creando un estado de opinión. Si el mensaje es aparentemente correcto (y la apariencia es lo que mejor coincide con mis ideas) es inútil que alguien intente explicar que no, que el análisis correcto es otro. La fuerza de la idea del momento suele ser imparable. En Europa, en el período de entreguerras, la idea de que los partidos eran castas alejadas de la voluntad popular resultó tan exitosa que provocó el ascenso y, en algunos casos, la toma del poder por gobiernos totalitarios o autoritarios. El «pacifismo» de los gobiernos que ganaron la Primera Guerra Mundial es también una explicación del éxito de los nazis. Ese pacifismo no era una locura salida de la nada, era un reflejo de la idea que se había impuesto en sus naciones. Sin ir más lejos, en España todo el mundo creía que invertir en inmuebles era no solo seguro, sino inteligente. Las voces en contrario no se oían; tanto era el bullicio en contra.

La discusión no es mala, siempre que se den algunas condiciones. La primera que los que discuten sepan algo de aquello sobre lo que hablan. Cuando el menda habla con qtyop de termodinámica, el menda escucha y todo lo más, de vez en cuando, y bajando la voz, pregunta algo o dice «ah, era eso». No es una discusión. Es una clase. La segunda condición es que se discuta sobre ideas y no sobre eslóganes. Y no es lo mismo. La tercera, que los datos que se usen y los sistemas de medida sean homogéneos. Pactar el lenguaje, vamos. La cuarta, que se sea honesto en la discusión. Una discusión es fructífera cuando intentas imponer tu punto de vista incluyendo los puntos débiles de tu argumentación, y creyendo que pueden verse compensados por el conjunto.

Más aún, cuando discutimos sobre qué sistema es mejor o sobre qué medidas hay que adoptar en relación con alguna parte de la realidad, hay que saber que las decisiones que se adopten tendrán consecuencias e intentar prever cuáles serán. Esto es importante porque, cuando se pretende influir en la realidad, debemos privilegiar las medidas que producen, en conjunto un efecto positivo respecto de aquello que pretendemos conseguir. Ojo, y esto es importante, a veces queremos conseguir resultados difícilmente compatibles entre sí y tenemos que buscar un equilibrio. La ingeniería social suele olvidar, precisamente, que la realidad es inestable y dinámica, y que, cuando se toca en un sitio, aparece una consecuencia inesperada en otro.

Por todo lo anterior, no hay nada más estupendo que presenciar una discusión entre personas que cumplen con esas condiciones. Por desgracia, cuando el interés personal (por encima del orgullo de que tus ideas prevalezcan) supera al interés por tener razón en un sentido profundo, esas condiciones no se dan.

En esto soy aristocrático. Eso sí, la ventaja de un planteamiento así es que cualquiera puede entrar en ese círculo. Hace falta esfuerzo y caballerosidad. Lo fundamental es la actitud ante las opiniones de los otros.

No quiero terminar siendo pesimista, pero qué le vamos a hacer si pretendo ser leal con ustedes: en general, todo lo que nos rodea es un ruido plebeyo e interesado.