La leyenda del innombrable

Debió de ocurrir sobre 1981 o 1982. Lo he recordado hoy, al escuchar en la radio a la gente hablar de manías, supersticiones y gafes.

Intentaré recrear la escena. Hotel Maisonnave de Pamplona. Sanfermines. El restaurante del hotel se encontraba enfrente de la recepción, bajando unas escaleras. Estamos cenando unas diez personas. Mi padre, algún amigo, varios críticos taurinos muy conocidos, un torero, un empresario de la cosa. Todos sabían mucho de toros y del mundo taurino.

Por alguna razón, uno de ellos mencionó al “innombrable” y en ese momento varios tocaron la mesa. Yo pregunté: ¿quién es el innombrable? Fue la señal para el comienzo de una noche memorable.

El innombrable -me explicaron- era un crítico sevillano de adopción del que no diré el nombre (porque ya falleció) que tenía fama de gafe.

— ¿Fama? ¡Fama no! ¡Es gafe!

Así lo aseguraba el torero (del que tampoco daré el nombre). Empezaron a contar anécdotas acerca del pobre crítico (mal crítico me aseguraron, además, ya con copa y puro) al que yo no conocía. Al parecer la certeza sobre su capacidad para provocar el mal fario era de tal naturaleza que cierto torero, cuando se enteró de que el innombrable había llegado al hotel en que se estaba vistiendo, saltó a la calle desde un balcón, al punto de casi matarse. Yo preguntaba, ¿quién es? ¡El innombrable, el innombrable! Y se negaban a decir su nombre.

El cachondeo fue subiendo de tono y uno de los críticos, que era bastante chistoso, comenzó a jugar con la superstición —impostada, salvo en el caso del torero— de los demás y avisó de que que él no creía en estas cosas y que la mejor prueba era romper el tabú. Los demás le avisaban: “No lo hagas, insensato, sucederá una desgracia”.

Lo hizo. El alcohol y la juerga hicieron su trabajo. Los que estaban allí se precipitaron a tocar la mesa o el suelo de madera, entre risas. Casi al instante, una camarera se tropezó y se le cayó una bandeja repleta de platos sucios. Fue como gasolina. El crítico guasón repetía el nombre y los demás lo amenazaban y se reían.

Ya era tarde, pero todos decidieron (yo era una especie de mascota) seguir en el bar del hotel tomando una copa. Sin embargo, al llegar, el barman nos informó de que se habían roto los congeladores y no tenían hielo. Comprenderán, claro, a quién se responsabilizó del hecho. El torero repetía: “ya os lo dije, ya os lo dije, ese tío es un cenizo, no se le puede ni mentar”.

En fin, los “accidentes” no habían hecho daño a nadie y nadie tenía ganas de terminar con la noche, así que no fuimos a buscar dónde beber. Tiempos felices aquéllos en los que un padre no tenía problema en llevar a un hijo adolescente de farra por lugares poco recomendables.

La juerga siguió y todos esperábamos, cada vez que el chistoso empezaba a pronunciar el nombre del innombrable, que el cielo se cayera sobre nuestras cabezas.

No sé si fue el alcohol o la venganza de un dios menor, el dios de los desafortunados a los que se les planta un sambenito. Al volver al hotel, el chistoso tropezó y, para evitar la caída, apoyó una mano en una especie de ventanuco, con algo de mala fortuna.

La fiesta terminó, para él, en un sanatorio.

No le volví a escuchar, en los siguiente días, nombrar al innombrable.

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