Apariencias

– Ostras, Carlos, qué suerte tienes con esa empleada del hogar. Cocina de muerte.
– ¿Y qué me dices de tu suerte? La mitad de lo que cocina te lo zampas tú.
– Prepara comida de sobra y es una pena que sobre –comentó Lucas sonriendo antes de hincarle el diente a un librito de lomo y queso.
– Eso es cierto.
– Estaba pensando en el malentendido del otro día. Fue la leche. Nunca había visto a Susana tan cabreada.
Susana era la novia de Carlos y lo había visto abrazado como una lapa a una mujer imponente. Y por si aquella imagen fuera poco esclarecedora, el lugar del abrazo no distaba más de cinco metros de la puerta principal de un hotel.
– Dicen que las apariencias engañan, pero joder, Lucas, esas apariencias dejaban poco margen para pensar en algo… decente.
– Ya, pero la reacción de Susana fue poco madura. Al principio ni siquiera permitió que te explicaras, que le aclarases que se trataba de una vieja amiga de facultad muy dada a las expresiones de afecto totalitarias.
– Lo comprendo.
– ¿Lo comprendes? Las apariencias nunca pueden engañar hasta ese punto.
– ¿Te consideras inmune a dejarte engañar por las apariencias?
– Ya sé que muchas veces las cosas no son lo que parecen, pero basta con analizar fríamente cada situación y extraer luego conclusiones atemperadas.
– A lo mejor eso fue lo que hizo Susana. Y como las conclusiones que extrajo no le favorecían, decidió por fin darme una oportunidad para que me explicara y pudiera aclararse todo.
Lucas hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza y luego añadió:
– ¿Qué hay de postre?
Dos semanas después, Lucas, que cumplía años, invitó a Carlos a cenar. Parecía de buen humor. Le habló de su nueva conquista amorosa. Y no dudó en exagerar:
– Tremenda, chico. Sus orgasmos me tienen ocupado la mayor parte del día.
– Lo celebro. Por cierto, qué pasa con tus visitas culinarias. Sobra mucha comida desde que no vienes por casa.
– Mucho trabajo. Y dieta. Estoy a dieta.
El único plato que pidió Lucas (una ensalada de pollo y rúcula) no evitó que Carlos le comentara:
– Pues yo te noto igual de henchido en donde aprieta tu cinturón. La última vez que comiste en casa… ¿no fue el día que conociste personalmente a la cocinera?
– Buena memoria. Me dijo que habías llamado, que no podías venir.
– Aunque en realidad, comer, lo que se dice comer, tampoco te quedaste a comer. Me dijo que saliste pitando.
– Es que recibí una llamada de mi madre. Uno de sus arrechuchos.
– Pues te recuerdo que sigue cocinando de fábula. ¿Por qué no vienes mañana? Me dijo que iba a preparar libritos de lomo y queso. Te encantan, ¿no?
– La dieta, Carlos. Te olvidas de la dieta.
Una mujer se acercó a la mesa y los saludó. Rondaría los cuarenta, bajita y de aspecto amable. En un primer momento, Lucas no la reconoció. Hasta que le estrechó la mano. Sí, aquella mano le devolvió ciertos recuerdos.
– Silvia, hola… Lucas, ¿recuerdas a Silvia?
– Sí, claro, es tu empleada, ¿cómo estás, Silvia?
La mujer abrió una franca sonrisa mientras contestaba. Lucas volvió a fijarse en las manos de la mujer que en aquellos instantes atusaban levemente sus cabellos. Definitivamente, no parecían las mismas manos.
– ¿Quieres comentarme algo al respecto, Lucas?
¿Qué estaba pasando allí? Porque algo raro estaba pasando. ¿Qué se suponía que debía decir?, ¿y al respecto de qué?
– Sería mejor que lo hicieras tú.
– Claro –dijo sonriendo-. La idea se me ocurrió el día que me fijé en las manos de Silvia: sucias, uñas ennegrecidas, un verdadero desastre. Le pregunté la razón: había ayudado a su marido, mecánico de profesión, a casi desmontar su coche para reparar una avería. Me dijo que no se preocupase por la higiene, que se pondría guantes hasta que consiguiera desprender toda la mugre de su piel.
Lucas sonrió mientras masticaba la porción de pollo y rúcula que se había metido en la boca. Ya no le interesaba el resto de la historia que Carlos iba a relatarle porque la conocía perfectamente. Bebió un sorbo de vino blanco. Qué cabronazo, pensó admirando sinceramente la treta de Carlos.
– Imagino que ya sabes lo que pasó después. Por supuesto, para dar mayor verosimilitud a la escena, le sugerí que añadiera cierto pringue lustroso a los dedos cuando te sirviera el plato. Y funcionó. Nada de petición de aclaraciones posteriores ni de análisis frío de las situaciones. Las apariencias, amigo mío, engañan. Vaya que si engañan.

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10 comentarios en “Apariencias

  1. Acabo de oír parte de la entrevista que Julia Otero le ha hecho a Big Marlaska. Le ha puesto música de un grupo que se llama “Grande Marlaska” y el juez ha revelado que les pidió que le enviaran el disco. Anteriormente el grupo se llamaba “Garzón” y el juez les pidió que se buscaran otro nombrecito.

  2. Puede que haya abusado inconscientemente de mi conocimiento de la historia para omitir algunos datos que la hicieran comprensible. Lucas parece ser inmune a dejarse engañar por las apariencias y Carlos le tiende una trampa utilizando a su empleada.¿Qué hará Lucas cuando conozca a la cocinera que tanto admira si descubre que tiene unas manos tan asquerosas?, ¿aclararlo? ¿comentarlo con Carlos? Pues no, poner una excusa y largarse sin probar bocado y no aparecer más por allí. Justo lo que criticó en la novia de Carlos.

  3. Más o menos era lo que había entendido, pero efectivamente, no quedaba claro. Usted sabía más que nosotros.

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