Incivismo (Basado en hechos reales)

Cruzaba la plaza cuando me fijé en un perro de gran tamaño que correteaba por allí, a su aire, pelambrera y babas al viento, sin dueño que lo controlase con la obligatoria correa. El animal se paró cerca de un árbol y comenzó a aliviarse. Lo hizo con rapidez y sin darle importancia ni a la cantidad ni a la calidad evacuada, ya que ni siquiera se fijó en sus deposiciones. En lugar de ello, buscó con la mirada a su dueño, que resultó hallarse a unos veinte metros de él. Se trataba de una jovencita de unos dieciocho años que llamó al animal por su nombre. El can corrió hacia ella. Cuando llegó, se dejó acariciar y recompensó a la chica con un par de lametones. Luego, ambos partieron dejando una fresca y penetrante huella en el lugar. Y yo también continué mi camino asombrado y a la vez alegrado tras comprobar que existieran en España tantas personas inclinadas a generar empleo. Personas encantadas de dar el primer paso para crear miles de puestos de trabajo; dispuestas a que se les multase por no recoger los excrementos de sus animales de compañía. Ya sólo faltaba que el estado diera el segundo paso y formase a quienes deberían sancionarlos. Quizá sea el comienzo de la creación de un catálogo de conductas incívicas que podrían corregirse aprovechando la coyuntura social de paro insostenible que nos azota. Para que cuando los malos tiempos pasen nos quede una país más limpio que una patena. Y en esas cavilaciones me encontraba cuando mis pasos volvieron a coincidir con los de la chica y los de su acompañante animal. Los tres nos habíamos detenido para esperar a que nuestro semáforo se pusiera verde. Desgraciadamente, el perro tenía otros planes y decidió cruzar la calle antes que su dueña. Varios frenazos y un par de gritos de alarma (uno de ellos de la propia chica) provocaron la vuelta del animal a la zona segura. La dueña reprendió severamente al animal. Un hombre que esperaba también para cruzar y que llevaba a su perro atado, le señaló a la chica su correa con un gesto de la mano para hacerle ver su imprudencia.
– Es que esto no lo había hecho nunca.
Ante semejante justificación, no puede evitar comentarle:
– Para eso están las correas, para asegurarnos de que no lo hagan nunca.
– Lo que usted diga.
Aquel displicente, lo que usted diga, me hizo recordar la imagen del perro defecando a sus anchas en la plaza. Aunque, en descargo de la muchacha, muy bien podría no haber reparado en la acción de su animal y de ahí que no hubiera actuado cívicamente recogiendo las deposiciones.
– Lo que sí parece que hace es cagarse en las plazas. He coincidido antes con vosotros.
– Pero he recogido la caca.
Lo dijo sin pestañear, como si no hubiera tenido que meditar la respuesta. Joder, pensé, ¿el Alzheimer ya comenzaba a atacar también a los jóvenes? Pero intenté darle una segunda oportunidad.
– ¿Quieres decir que tu perro ha cagado hace una media hora en una plaza y tú has recogido los excrementos?
– Eso mismo.
La madre que la parió, mascullé. Mejor me iba para no acabar cagándome yo también, aunque no precisamente en el suelo. Pero entonces me llegó la idea envuelta en regalo.
– ¿Te has fijado si en esa plaza había aparcado un coche de la Guardia Urbana?
– No.
– Pues lo había.
Allí no había aparcado ningún auto. Me lo acababa de inventar. Se iba a cagar…
– Sentí curiosidad y me acerqué a ellos. Bajaron la ventanilla y ni siquiera me han dejado hablar -proseguí- , pero me han explicado: “sí, ya hemos visto a esa chica que no ha recogido las deposiciones de su perro. Además, lo hemos grabado.”
– ¿Y para qué lo han grabado?
– Pues no lo hacen con el primero que ven. Se trata de un seguimiento cuando la conducta incívica se hace crónica y … Pero a ti no debe preocuparte porque tú recogiste las deposiciones de tu perro, ¿no?
La chica se puso a mirar a su alrededor. Parecía un perdiguero. ¿Quizá pensó que alguien la vigilaba? Vete a saber, porque a la gente se le meten unas tonterías en la cabeza…
– Suerte en el próximo semáforo.
Y entonces me fui. Y mucho más relajado, dónde iba a parar…

11 comentarios en “Incivismo (Basado en hechos reales)

  1. Una vez salí por ahí con una amiga. Ella tenía un perro. Ese día lo sacó. A mí no me importa ir por ahí con una amiga con perro. Esta amiga (ya no lo es, lo cual quizá indique que en aquel entonces tampoco lo era) es de familia muy bien, alta burguesía con bastantes ínfulas. El caso es que en uno de los lances de nuestro paseo el perro paró a defecar en un árbol. Ella, muy despaciosamente, como para que todo el mundo que había por ahí lo viera, sacó una bolsa con la que se envolvió la mano y recogió las deposiciones. Después cerró la bolsa y la metió en una papelera. Aquello fue el colmo del civismo. Lo ostentoso de su gesto le dió un cierto aspecto de mártir de la ciudadanía. Pero yo no pude evitar dedicar un rato a meditar sobre lo que acababa de ver.

    Al cabo de un tiempo discutía yo con alguien (mi amiga se hallaba presente, aunque en otra conversación) sobre si lo cívico no sería prescindir de los animales, puesto que tenerlos obligaba a agacharse al suelo y coger una mierda con la mano, por mucha bolsa que te pongas.

    – ¿Te das cuenta? La señorita fina y peripuesta se agacha al suelo… ¡a coger una mierda con la mano! ¡CON LA MANO!

    En fin, mi amiga ya no estaba en su conversación. Yo me di cuenta y…pues eso. No intenté arreglarlo. La verdad es que desde aquel día del perro, cada vez que la veía no podía evitar pensar en mierda.

  2. Lehningen, yo siempre he pensado que a los perros se les debería enseñar a cagar en casa. Si lo hacen los gatos (que son de izquierdas) pues…
    Además, qué equivocada primera idea se llevaría de nosotros un extraterrestre…

  3. No sé en B., pero en mi barrio de M. las calles están mucho más sucias de papeles en general que de heces caninas.

    Los contenedores de papel y cartón, suelen estar desbordados – no por falta de capacidad, sino porque cuesta mucho plegar o cortar el cartón para que entre por el orificio al efedcto, o simplemente porque sí. Y no es infrecuente encontrar, además, latas, maderas, plásticos y todo tipo de materiales despedigados alrededor.

    Al menos, una mierda en un alcorque es abono gratuito

  4. 4
    Lo malo son las cacas en las aceras, que son pistas de patinaje seguras.
    Aquí se ven montones de caderas de ancianitos olvidadas tras el resbalón.

  5. Vale, yo (es un suponer) tengo un perrito. Cuando lo saco de paseo, soy una persona extraordinariamente cívica y siempre recojo sus cacas. Pero, eso sí, mi perrito va meándose por toooooooooooooda la calle: en la esquina de tu casa, en la rueda de tu coche o de tu moto, en el banco donde te sientas.
    ¿Y qué decir de esos seres amantes de la libertad que sueltan a su perro en la playa? ¡¡¡Madarfacars!!!

  6. Hombre, Esthamos Confiantes, eso es diferente. Me está usted hablando de un perro con una chorra descomunal capaz de anegar calles enteras..

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s