La que se avecina (I)

La Vanguardia es un diario catalán de vieja raigambre y estilista urdimbre que suele comulgar sin rubor con los principios fundamentales de los programas de CiU. Hace un año y medio que el diario sacó una versión en catalán para ofrecer a los ciudadanos de Cataluña la posibilidad de elección de lengua y a la Generalitat la excusa para subvencionarlo. La apuesta superó todas las expectativas y hoy dia muchos ejemplares del rotativo son ofrecidos gratuitamente en los trenes de cercanías de Barcelona. Viene esto a colación porque hace unos meses, en el Parlamento de Cataluña, Artur Mas hizo referencia a ese diario. Y no quisiera que los no iniciados en la idiosincrasia de la cosa política catalana interpretaran la alusión como una crítica velada a ese medio por parte del honorable. La escena me da pie para una reflexión (aunque en mi caso no sea la primera vez) que termina con la constatación palmaria de que en un estado independiente las opciones personales de elección iban a estar muy tuteladas por no decir vigiladas. Que un presidente de la Generalitat le diga a un parlamentario que “le sorprende que cuando lea La Vanguardia lo haga en castellano” (como si se tratara de un acto subversivo) indica claramente el grado de respeto hacia la elección de lengua de un rival político, el comunista Joan Herrera, al que jamás se le ha escuchado hablar en el Parlament otra lengua que no fuera el catalán. Por cierto, suelo comprar La Vanguardia todos los sábados en su edición en castellano. Se trata de una información para ustedes. Porque imagino que si el señor Mas se ha preocupado de averiguar en qué lengua la lee un diputado ya debe estar al corriente de en qué lengua la leo yo. Y eso sin independencia.

Cosas que ya hemos visto

Leo gracias @Eleder_ una entrada publicada en la web Politikon. No es que no me parezca sensata, aunque observo en ella -y no me extraña- cierta reacción habitual en situaciones de crisis: la de creer que el que dirige un Gobierno o un ejército es responsable de lo mal que nos van las cosas (digo “responsable real”) y que con otro al frente las cosas irían mejor. Por desgracia, la Historia nos enseña que hay problemas que exceden de las capacidades de gobernantes y dirigentes, que la marea de las fuerzas materiales, de todo tipo, en ocasiones es simplemente imparable, y que, a veces, simplemente hay poco que hacer, salvo ponerse a cubierto (si es posible). Esta ilusión acerca de que siempre “hay algo que podemos hacer” para evitar las consecuencias de una crisis o una catástrofe produce otra consecuencia añadida y esta es la que más me interesa en relación con este artículo. Pero, antes de entrar en esto, quiero añadir que no estoy afirmando que los que nos gobiernan aquí, allá y acullá, no sean responsables y que no estén haciendo las cosas mal; simplemente puede que estemos exagerando y que, si nos fijamos en crisis anteriores, los que mandan hoy pueden terminar siendo reconocidos en los libros de historia como campeones de la sensatez y la previsión. Al fin y al cabo, llevamos cuatro años de crisis y nos preocupan descensos del PIB y de la riqueza minúsculos si los comparamos con los de otras épocas. Es igual, siempre se puede hacer mejor y nunca hay que minimizar la capacidad de un gobernante para joderla bien jodida.

Voy con la consecuencia añadida. El artículo que enlazo afirma:

Es hora de pedir reformas. En serio, es hora de pedir que alguien haga algo, y lo haga de una puñetera vez. (…) España necesita reformas, sean de derechas o de izquierdas, pero necesitamos cambios. Hasta que no exijamos eso de nuestros políticos, no vamos a ver nada remotamente parecido a una recuperación. Si no aprobamos estas reformas nosotros solitos o las escribirán desde Bruselas gente que quiere cobrar deudas, no arreglar el país, así que podemos escoger. O podemos seguir haciendo el melón y nos la pegamos de veras.

No quiero ser injusto e incidir excesivamente en una expresión extraída de un artículo que, insisto, me parece pertinente y reflexivo. Sólo quiero plantear un par de cosas. La primera, no es hora de “hacer reformas, sean de izquierdas o derechas”. Puede ser mejor no hacer nada que cambiar algo por cambiarlo. Cada reforma lleva aparejado un coste. No hablo de lo que pierda una supuesta “clase privilegiada” (todos tenemos privilegios y espero no tener que argumentar esto); hablo del coste de cambiar algo que ya está funcionando. Yo creo que hay que hacer reformas, pero también creo que algunas serían buenas, otras neutras y otras pueden resultar desastrosas. La segunda es que, la propia historia nos enseña que los Gobiernos y líderes pueden caer en una parálisis en épocas de crisis, pero que también pueden caer en la patología contraria: la de movernos espasmódicamente, intentando dar con las teclas milagrosas que nos saquen del problema, como los generales que ordenan histéricos movimientos de tropas para que parezca que hacen algo.

Personalmente, creo que lo primero es convencernos de los datos básicos: que estamos muy jodidos y que tenemos que sufrir, currar más, ser más pobres y asumir una culpa colectiva que aún no se ha asumido. Si asumimos todo esto, una cierta “psicología de guerra”, tendremos la actitud correcta para hacer frente a lo que nos viene (y si luego no es tan grave, todos nos alegraremos), y desde la calma discutir sobre modelos y sobre caminos. Esto presenta una ventaja indudable: asumidos los datos básicos, las propuestas imbéciles y las que niegan la realidad presentarán su cara de la manera más cruda.

Naturalmente, nada de esto es posible en España. Al menos de momento.