Antología de música clásica occidental (34)


Esta entrada de la Antología se ha hecho esperar. Les pido perdón. Como estoy algo oxidado, vamos a darle naturaleza de prólogo, porque entramos en uno de esos momentos mágicos -quizás el primero- en los que la producción de obras maestras por varios autores contemporáneos alcanza niveles difíciles de explicar.

En las siguientes entradas hablaré de esa generación fantástica y, sobre todo, me detendré en uno de los más grandes músicos de la Historia de la música, Josquin Des Préz.

Para abrir boca, pueden ir escuchando la monumental Misa Pange Lingua, escrita al final de su vida, sobre el famoso himno escrito por Tomás de Aquino para glosar el asunto de la transustanciación. Es un ejemplo de misa de “paráfrasis”. Bueno, ya hablaremos de todo esto. Voy a poner una versión fabulosa, pero en la que sólo incluyo la parte de polifonía escrita por Desprez. Sigan la partitura si pueden. Al final les incluyo un regalito. Ya les contaré a qué viene más adelante.


164: La misa Pange Lingua de Josquin Des Prez:


165: El último movimiento de la sinfonía Jupiter, 41, en do mayor de W. A. Mozart:

Quiere ser un discípulo de Tse: hágame caso

Qué pensar. Qué opinar. Qué leer. A quién leer. Es curioso cómo algunas personas tienen miedo al error y buscan quien les guíe por el proceloso mundo de la verdad, la mentira y lo que hay. No critico esa actitud; es peor la de quien decide en un momento dado cómo van a ser las paredes de su mundo y no hay dios que les saque de ellas. A veces, esas paredes están llenas de pósters con valles con vaquitas y amaneceres. Estos son los más graciosos: se han creído eso de que la verdad es un producto social, una construcción más o menos arbitraria y que lo único que importa es lo que se pretende con ella. Naturalmente, el que piensa así también vive entre paredes, pero nos quiere hacer creer a los que le visitamos que sus trampantojos son reales.No, no me ha dado un ataque de misticismo. Sólo quería decir que es lógico eso de buscar “guruses” que nos hagan parte del trabajo sucio. Lógico, pero peligroso.

Sobre eso quiero hablar. Sobre el riesgo de convertirse en adicto. Como sólo se me ocurren un par de soluciones realistas para evitarlo, seré concreto.

La primera es esforzarse (como ése al que no le gusta la verdura, pero se toma su ración semanal) por encontrar voces inteligentes alejadas de lo que uno piensa. Es bastante fácil saber si son inteligentes: lo son cuando te producen un rechazo difícil de identificar. Ésa es la punzada del argumento duro, el que aviva tus neuronas y te obliga a esforzarte. Esto es indispensable, amigos. En este termodinámico blog, sabemos que sólo el uso mantiene los sistemas en funcionamiento.

La segunda es despreocuparse. Esfuércense en no prever qué pensarán los demás sobre sus opiniones. Cada vez que reflexionamos sobre las consecuencias en los demás de nuestras opiniones, las cambiamos, las matizamos, las falseamos. Como es obvio, no digo que no consideren las opiniones de los demás. Sólo digo que lo hagan cuando éstas estén formalizadas. No quiera usted ser políticamente correcto, ni lo contrario. No busque sorprender o parecer razonable. Tampoco busque ser “usted mismo” o hablar con las tripas o con el corazón. No quiera parecer rabioso o libre o independiente. Intente evitar toda estrategia que no sea la de que su discurso esté bien construido.

Haciendo esto, puede que terminemos pensando bien sobre algo. Porque pensar bien no es reproducir los argumentos o las creencias de otros.