Quiere ser un discípulo de Tse: hágame caso

Qué pensar. Qué opinar. Qué leer. A quién leer. Es curioso cómo algunas personas tienen miedo al error y buscan quien les guíe por el proceloso mundo de la verdad, la mentira y lo que hay. No critico esa actitud; es peor la de quien decide en un momento dado cómo van a ser las paredes de su mundo y no hay dios que les saque de ellas. A veces, esas paredes están llenas de pósters con valles con vaquitas y amaneceres. Estos son los más graciosos: se han creído eso de que la verdad es un producto social, una construcción más o menos arbitraria y que lo único que importa es lo que se pretende con ella. Naturalmente, el que piensa así también vive entre paredes, pero nos quiere hacer creer a los que le visitamos que sus trampantojos son reales.No, no me ha dado un ataque de misticismo. Sólo quería decir que es lógico eso de buscar “guruses” que nos hagan parte del trabajo sucio. Lógico, pero peligroso.

Sobre eso quiero hablar. Sobre el riesgo de convertirse en adicto. Como sólo se me ocurren un par de soluciones realistas para evitarlo, seré concreto.

La primera es esforzarse (como ése al que no le gusta la verdura, pero se toma su ración semanal) por encontrar voces inteligentes alejadas de lo que uno piensa. Es bastante fácil saber si son inteligentes: lo son cuando te producen un rechazo difícil de identificar. Ésa es la punzada del argumento duro, el que aviva tus neuronas y te obliga a esforzarte. Esto es indispensable, amigos. En este termodinámico blog, sabemos que sólo el uso mantiene los sistemas en funcionamiento.

La segunda es despreocuparse. Esfuércense en no prever qué pensarán los demás sobre sus opiniones. Cada vez que reflexionamos sobre las consecuencias en los demás de nuestras opiniones, las cambiamos, las matizamos, las falseamos. Como es obvio, no digo que no consideren las opiniones de los demás. Sólo digo que lo hagan cuando éstas estén formalizadas. No quiera usted ser políticamente correcto, ni lo contrario. No busque sorprender o parecer razonable. Tampoco busque ser “usted mismo” o hablar con las tripas o con el corazón. No quiera parecer rabioso o libre o independiente. Intente evitar toda estrategia que no sea la de que su discurso esté bien construido.

Haciendo esto, puede que terminemos pensando bien sobre algo. Porque pensar bien no es reproducir los argumentos o las creencias de otros.

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2 comentarios en “Quiere ser un discípulo de Tse: hágame caso

  1. Está muy bien lo que trae, don Tsé. Pero el problema del mundo de hoy es el exceso de argumentos. En la búsqueda de cabezas inteligentes con opiniones contrarias a las nuestras podemos encontrar razonamientos de fina urdimbre y densidad neutrónica. El problema es que podemos encontrar razonamientos igual de ciertos y profundos para defender lo nuestro. Así, el pensamiento se convierte en una partida de ajedrez entre dos computadoras, no gana la más lista, sino la que más lejos llegue en la simulación. Supongamos que no hubiera límite de tiempo: entonces no ganaría ninguna.

    A lo que voy es: dado que la partida de la razón no tiene un ganador posible, se expande la sospecha de por qué la gente piensa lo que piensa (usted y yo también). Es decir, el problema no es que los argumentos se razonen, sino que se eligen, porque los hay para todo. Así pues, ¿por qué hacerle caso a ese gurú que nos contradice cuando lo que debería hacer es explicar por qué HA ELEGIDO esos argumentos y no otros?

    A mí no me cabe duda de que cada cual elige lo que pensar siguiendo a su corazón, y no a su cerebro. La razón es una gran palabra para cuando el pensamiento es un medio escaso, pero hoy no tiene sentido, como tampoco lo tiene un banquete como forma de celebración en un mundo en el que todos tienen acceso a la abundancia sin fin de los lineales del carrefour.

    Así que me temo que esta vez tampoco ha acertado usted. Eso sí, le diré que me encanta cuando, como ahora, no puede usted resistirse.

    Jeje

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