A las mujeres y a las leyes hay que violarlas

Hace unos días, cuando nadie dijo que a las mujeres y a las leyes hay que violarlas, le comenté a Manuel Jabois que, creía recordar (y así lo escribí hacer tiempo), la frase se la atribuía, a Alejandro Sawa, Pío Baroja en Juventud, egolatría.Tras comprobarlo, veo que he acertado en el libro y en el autor del libro, pero no en el autor de la frase.

No obstante, antes de mencionar quién es, les diré que Baroja habla de sus “enemigos literarios” y, entre ellos, menciona a Alejandro Sawa, efectivamente, y cuenta, entre otras cosas, una anécdota que me parece muy graciosa. Baroja, al llegar a Madrid, se encuentra con Sawa, pero, en esa primera ocasión, no se atreve a dirigirle la palabra. La segunda vez no solo le habla sino que invita, a Sawa y a otro parroquiano, en varias tabernas, hasta que, en un momento determinado, Sawa le pide tres pesetas. Baroja contesta:

Me lo indicó con tal convicción que yo fui a mi casa y se lo llevé. Él salió a la puerta de la taberna, tomó el dinero, y dijo:

-Puede usted marcharse.

Era la manera de tratar a los pequeños burgueses admiradores, en la escuela de Baudelaire y Verlaine”.

Y ya es hora de hablar del autor de la frase que tanta pasión provocó hace nada. La decía, según Baroja, el agresivo misógino Silverio Lanza:

-Amigo Baroja -me decía-. En sus novelas es usted muy galante y respetuoso con las damas. A las mujeres y a las leyes, hay que violarlas.

El tipo debía de ser un tarado de nota. Cuenta Baroja que les propuso a Azorín y a él mismo, en la época en la que eran anarquistas, hacer algo revolucionario: mandarle una tarjeta de felicitación al rey el día de su mayoría de edad.

-Es lo más revolucionario que se puede hacer en este momento -aseguraba Lanza, al parecer convencido.

Baroja, lo retrata bien cuando añade haberle dicho:

-Mire usted, don Juan (se llamaba Juan Bautista Amorós), todo eso es literatura y literatura manida. Ni usted ni yo podemos violar las leyes y las mujeres a nuestro capricho. Eso se queda para los César, para los Napoleón, para los Borgia. Usted es un buen burgués, que vive en su casita de Getafe con su mujer, y yo soy otro pobre hombre que se las arregla como puede para vivir. Usted, como yo, tiembla si tiene que transgredir, no una ley, sino las ordenanzas municipales, y, respecto a las mujeres, tomaremos algo de ellas, si ellas nos quieren dar algo, que me temo que no nos darán gran cosa ni a usted ni a mí, y eso -añadí en broma- que somos dos de los cerebros más grandes de Europa (…)

Ya ven el pobre antecedente del pobre don nadie de nuestros días.