Mesa de novedades

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Ya era la tercera vez durante aquel día que se desplazaba hasta aquel centro comercial para comprobar si había llegado su libro. No, no se trataba de uno que hubiera encargado. Buscaba su primera novela publicada. Ansiaba verla reposar en las estanterías de la librería. Aunque dos semanas antes había recibido los ejemplares que se estipulaban en su contrato, no era lo mismo que admirar la obra expuesta en primera línea de fuego. Un contacto de la editorial le había asegurado que el encargado de novedades de aquel centro hacía ya un par de días que la había recibido y que hoy sin falta iba a estar a disposición de los clientes. Se dirigió de nuevo a la sección Literatura hispanoamericana contemporánea. ¡Dios, allí estaba! Suspiró con alivio y luego sonrió. La escena tantas veces soñada se había hecho realidad. Extrajo el ejemplar de la estantería con cuidado, usando los reglamentarios tres dedos de costumbre y después se quedó mirando la portada. Una maravilla. A continuación se lo acercó a la nariz para que también el sentido del olfato fuera partícipe de su alegría e inspiró con fuerza. No estaba mal. Delicado aroma de prosa recién imprimida. Una mujer que estaba a su lado se lo quedó mirando con curiosidad al tiempo que le sonría. Estuvo a punto de decirle que el libro que tenía en sus manos lo había escrito él, pero optó por besar la portada como si se tratara de una mejilla candorosa. Suspiró. La mujer se desplazó unos metros, tal vez en previsión de convertirse en la siguiente agraciada por la efusividad del hombre. Una vez agotadas sus muestras de regocijo, el escritor pensó que era el momento de preparar el segundo punto del orden de día. Porque no había ido hasta allí únicamente para ver a su libro en persona y comprobar si se sentía cómodo en su nuevo hogar. Su plan consistía concretamente en ubicarlo en la suite presidencial de las mesas de novedades. Su libro no merecía ser relegado cara a la pared en una vulgar estantería. Había hecho ya tres pruebas trasladando libros de otras secciones hasta aquella zona. Y los resultados fueron dispares. En el primer caso, el ejemplar no tardó más de media hora en ser tomado por las solapas y reconducido a su reducto de Novela policíaca por un inflexible empleado. En el segundo caso, fueron casi tres las horas de permanencia en la primera división de los libros de una novela de ciencia-ficción. Y en el tercer caso, un ensayo sobre la melancolía en la política autonómica seguía fuera de su sección minutos antes de cierre del establecimiento, o sea, casi doce horas de ilegal exposición en mesa preferente. Podía pasar de todo. Incluso algo que no tuviera previsto. Y, en efecto, eso fue lo que sucedió.

-Perdone, ese libro que acaba de dejar aquí no pertenece a esta sección –le comentó un guardia de seguridad mientras lo separaba de la pila en donde el escritor lo había colocado y lo situaba encima de otra.
-Bueno, en realidad, la mesa de novedades de novela es la sección de secciones. No creo que se sienta humillada –se defendió.
Ahora que se fijaba, el guardia no tenía la estatura habitual de los de su profesión. Debía de medir lo mismo que él. Metro setenta de vigilante de seguridad le pareció escaso. Su mirada era agradable y sus facciones parecían relajadas, como las de un bebé recién amamantado. Incluso le sonrió cuando le explicó:
-Señor, en este caso no se trata de humillación sino de organización.
-Creía que usted se encargaba de la seguridad, no de la organización.
-Bueno, la seguridad comienza por una prudente organización previa.
-¿No le preocupa que alguien esté robando libros mientras usted discute conmigo sobre la ubicación correcta de uno de ellos?
-Bien, señor, si lo desea me puedo ir a dar una vuelta. Pero tengo la impresión de que cuando vuelva el libro mal colocado seguirá aquí, ¿me equivoco?

Una persona se les acercó y el escritor fue rescatado de las garras del silencio comprometedor en el que había caído tras comprobar que sus posibles respuestas no iban a estar a la altura de la pregunta. Un gesto de la cabeza del recién llegado obligó al guardia a separarse del escritor y colocarse a su lado. Comenzaron a hablar. Coligió que se trataba de algún encargado. Dudó sobre lo que tenía que hacer a continuación. ¿Largarse sin más?, ¿poner su libro en el lugar correcto y volver a la carga en otra librería?, ¿esperar a que terminase la conversación para conocer el grado de protagonismo que había tenido en ella? Mientras le daba vueltas a esas posibilidades, consiguió escuchar de labios del encargado cuatro palabras: “otra vez” y “la novela”. Los dos hombres intercambiaban frases en voz baja, educadamente, como si no fuera la primera vez que tratasen aquel asunto. Y entonces el escritor recordó el gesto del guardia de retirar su novela de la pila en la que se hallaba y colocarlo sutilmente en otra. Mientras continuaban con su debate, el escritor les dio la espalda y comprobó que su novela había tapado un ejemplar de “La Organización T”, de Julio Argamalegui. El nombre le sonaba. Le echó un vistazo. Había foto del autor… pues no, no era quien pensaba. Vaya, una novela de espías…

-¡Cogedlo, se lleva un ipad mini!

El guardia de seguridad dejó al encargado con la palabra en la boca y se dio la vuelta. Una vez hubo localizado la zona desde donde había brotado la denuncia apretó a correr para intentar atrapar al ladrón y vaciarlo de contenido impropio. El encargado también había desparecido de escena, así que el escritor disponía de tiempo extra para decidir cuál iba a ser su siguiente paso. No. No podía ser, se dijo. La foto. Soltó una risita aguda que quedó amortiguada por el barullo general que había provocado el robo de la tableta. El tío de la foto era el mismísimo guardia de seguridad. Y volvió a tomar el libro entre sus manos para asegurarse de que aquel fogonazo de su memoria visual no le hubiera jugado una mala pasada. Ciertamente era él. Todo empezaba a encajar. Dedujo que no le había molestado tanto que colocara su libro en la mesa de novedades como que lo hiciera justo sobre “La Organización T”. Y por lo que se refería al encargado, sus “otra vez” y “la novela”, nuestro escritor lo interpretó como que la anterior escenita no era la primera vez que se producía. Lo que no eran buenas noticias para él, ya que podía significar que su treta era conocida, frecuentemente empleada, y por lo tanto, fácilmente neutralizable. En cuanto a que el encargado hubiera reconvenido en otras ocasiones al guardia/escritor por colocar su novela en la mesa de novedades, demostraba el grado de severidad extrema de la empresa que ni siquiera se permitía hacer una excepción de preferencia promocional con uno de sus trabajadores. Sólo le bastó medio minuto de sosiego mental para resolver cuáles serían sus siguientes y definitivos movimientos antes de abandonar la librería. Dejaría ambos libros tal como estaban: el uno al lado del otro. Luego se desplazaría hasta la sección en donde debía estar “La Organización T” para averiguar si había más ejemplares.

– ¿Lo conoce?
– No… ¡pero si es Julio, uno de los guardias de seguridad! –se sorprendió la cajera cuando el cliente le enseñó la foto impresa en la tapa de “La Organización T”- no sabía que hubiera publicado un libro.
– Dígale que le ha comprado un ejemplar el hombre de la mesa de novedades. Él lo entenderá. Pagaré en efectivo.

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4 comentarios en “Mesa de novedades

  1. No se suele explicar, pero los libros en su posición vertical en las librerías es algo bastante “novedoso” en la historia, si tenemos en cuenta que la primera biblioteca del mundo en que los libros se guardaron así fue en la de El Escorial y en aquellas librerías herrerianas.. Durante siglos los libros se guardaron apilados como esas novedades que luchan en todas las librerías -que no bibliotecas- modernas por abrirse paso en esos escasos dos meses que se les concede de exposición.
    A mí me gustan que me pongan las novedades en un atril, en esa posición que se les ha asignado también a los libros liberados en las calles, de la que es poco probable caerse.

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