Señal de alarma

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Bueno, tampoco era la primera vez que discutía con su nuera. Y teniendo en cuenta que iba a tener que convivir con ella tras el reciente traslado a casa de su hijo era probable que ahora tuviera que acostumbrarse, además, a hacerlo en terreno visitante. Había salido de casa enfadado. Más afectado por su propia torpeza que por la dura reprimenda que había recibido de la mujer. Sí, había derramado una botella de leche y eso podía pasarle a cualquiera, pero era la segunda vez durante la semana y en aquella ocasión sus nietos no iban a poder consumir su tradicional desayuno por falta de suministro lácteo.

-La solución no es marcharse sin desayunar…

Tras el infarto todo había cambiado. Rutinas, alimentación e incluso residencia. Cuidarse. Todo el mundo le decía que se cuidara. Y a todas horas. Como si él no fuera consciente del cambio que había experimentado su vida y las medidas que debía tomar si deseaba prolongarla. Solía asentir con resignación. Alguna vez había estado a punto de responder con un “vale ya, joder” pero prefirió seguir fingiendo que agradecía toda la preocupación que generaba su estado de salud.

No tenía hambre. Y era raro. No recordaba ningún día que a semejante hora de la mañana hubiera sido capaz de recorrer cerca de dos kilómetros sin haberse metido un buen desayuno entre pecho y espalda. Pensó en su orgullo. Sí, tal vez fuera un generador de calorías suplementarias, se dijo.

Entró en unos grandes almacenes. Ignoraba si aquel iba a ser el mejor lugar para aclarar sus ideas pero de alguna manera tenía que olvidar el mal trago. No solía visitar aquellos templos del consumo, pero el día había comenzado ya con una excepción a la regla y no era cuestión de ponerse estupendo por añadir otra más a la cesta de novedades matutinas.

Hablaba por el móvil y venía directo hacia él. Un tipo trajeado de unos treinta años. Intentó esquivarlo. Ensimismado en su charla, el hombre chocó contra el anciano y el teléfono cayó al suelo.

– Viejo gilipollas – le oyó decir bajito mientras se agachaba, recogía el aparato y comprobaba si había desperfectos.

Primero consideró que el tono con que había sido emitido el insulto no era para tanto. Tampoco se lo había gritado a la cara. Sin embargo, su amor propio no tardó en hacer el primer borrador de enmienda a la totalidad con un pensamiento revelador “Eh, que yo no he tenido la culpa”. Impulsado por un arrebato de dignidad, el anciano se dispuso a pedir explicaciones. Pero no iba ser fácil hacerlo en aquel preciso momento porque el hombre ya caminaba raudo sin prestar atención al leve gesto de la mano del viejo con el cual intentaba solicitarle audiencia.

Cinco minutos después el anciano se preguntó qué coño hacía siguiendo al tipo. ¿Qué esperaba? ¿una rectificación en toda regla?, ¿unas simples palabras de disculpa? Con la racha que llevaba aquella mañana era probable que recibiera otro “cuídese, abuelo y deje de joder”, así que tampoco parecía tener muy claro su propósito. Lo observó a distancia mientras se probaba varias gafas de sol y consultaba algo con una dependienta. Al cabo de cuatro intentos, eligió unas y pagó. Sonreía. Sonreía muy complacido. Aquello activo en su interior una marea de rabia. La sonrisa de aquel tipo le recordó todos los desplantes y humillaciones sufridas últimamente que no habían tenido su debida respuesta. Era como si su vaso de agravios se hubiera colmado. No se reconocía en los pensamientos que le venían a la cabeza. Él era un tipo tranquilo, apocado y escasamente preparado para la bronca. Pero ahora se sentía diferente, con ganas de plantarse allí delante y decirle que “no se olvidara de complementar aquellas gafas oscuras con un buen bastón y un perro lazarillo”, en clara alusión a su anterior encontronazo. Pero no, no era aquél el proceder que le sugería su recién activado sentido justiciero. Necesitaba infligirle un castigo mayor. Un castigo que lo dejara en evidencia ante más gente para que él pudiera saborear plenamente su sed de venganza. Su mente se convirtió en un torbellino de ideas surrealistas que ni siquiera él sabía lo que significaban. Pero, poco a poco, como si se tratara de una especie de escritura mecánica paranormal, varias opciones comenzaron a vislumbrarse con serias aspiraciones de poder llevarse a la práctica en la realidad. El tipo continuó su camino. Para ello necesitó subir un par de plantas hasta una joyería. El viejo lo acompañó con gusto, transformado ya en un obsesivo e implacable seguidor. Ahora se probaba relojes. Bien, no le demos más vueltas, se dijo el anciano decidido. Ahora o nunca. Y también se puso a mirar relojes cerca del tipo. Muy cerca.

Media hora después, allí estaban el anciano y el hombre, en la cafetería del centro tomándose sendos cafés a no menos de diez metros de distancia el uno del otro. Casi lo pierde en la sección de deportes. Luego en la de informática le había dado la impresión de que lo miraba durante más tiempo del normal. Falsa alarma. Confiaba en que tras el café, el tipo decidiera salir ya del edificio. La ansiedad empezaba a afectarle. Afortunadamente las intenciones del hombre coincidieron con sus deseos. Tomó las escaleras mecánicas hasta llegar a la planta baja. La salida.

Un hormigueo de satisfacción comenzó a brotar en su interior. La imagen de lo que sucedería a continuación era la responsable. Y estaba siendo proyectada en su mente con todo lujo de detalles. El tipo saliendo del local, la alarma sonando y provocando la reacción habitual de sorpresa tanto en él como entre las personas más cercanas. El vigilante de seguridad revisando la bolsa en donde debería haber sólo unas gafas pero que contenía también un reloj que no podría justificar con un ticket de compra. El traslado a un cuarto poco ventilado en donde dar las oportunas explicaciones.

Emocionante. Menuda mañana, se animó. El anciano todavía se estaba preguntando de dónde había sacado el valor para introducir el reloj en la bolsa del tipo. Pero era bastante probable que tuviera que volver sobre el asunto más tarde porque en aquel instante la respuesta no parecía dar señales de vida. El hombre ya se acercaba a los arcos de seguridad de la salida del centro. Una sonrisa invadió el rostro del anciano. Pero, de pronto, todo pareció que se iba a pique. El hombre se detuvo pensativo. No parecía que le sonara el móvil. Bueno, pensó el anciano, tal vez se debía que estaba en modo vibración. No, tampoco era eso. El hombre se palpó un bolsillo de la americana y después hizo un amago de revisar la bolsa. No, por favor, suplicó mentalmente el anciano. El hombre dio media vuelta y comenzó a caminar.

Dos minutos después volvía a tener al tipo donde deseaba: justo a punto de cruzar los arcos de seguridad de la salida. Su urgente marcha atrás se había debido a la necesidad de adquirir un paquete de tabaco. Una vez todas las compras hubieron sido satisfechas, el hombre decidió abandonar el local. El anciano volvió a situarse en un lugar privilegiado para no perderse ningún fragmento de su montaje del director. Aunque, posiblemente, al anciano también le habría gustado que alguien grabara la expresión de su propio rostro en el instante en que vio al hombre atravesar los arcos de seguridad. Seguro que ni siquiera él había visto jamás sus propias facciones conformar un aspecto de sorpresa e incredulidad tan acusados. Porque el tipo había salido del local sin que nada ni nadie le pusiera trabas. Ninguna alarma había sonado. Estupendo, pensó, un tío me llama gilipollas y yo organizo una película para que consiga un reloj gratis. Menudo desastre. Cuando la suerte se alía con alguien, pierde toda esperanza de que se haga justicia, recordaba haberle escuchado decir una vez a su padre.

– Gracias por comprar esa media docena de cartones de leche, abuelo, pero no hacía falta –le comentó la nuera por la noche cuando llegó del trabajo.

– Hacía, ya lo creo que hacía.

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