Sin esperanza

Resulta francamente desmoralizador comprobar una y otra vez cómo el sectarismo de tanta gente se impone sobre el sentido común y la propia coherencia y cómo los que se llenan la boca denunciando el Estado represor, por un lado, o exigiendo que se cumpla le ley a rajatabla, por otro, son capaces de cambiar de opinión inmediatamente si le conviene a su paisaje de buenos y malos. Los que se quejan de que no se cumplen las sentencias en Cataluña quieren que se incumpla la del TEDH sobre la doctrina Parot o la del TC sobre la legalización de partidos filoetarras, a la vez que aplauden la sentencia que declara inconstitucional la declaración “soberana” del Parlamento catalán o la que condena a Baltasar Garzón; y a contrario sucede lo mismo. Y es tal el grado de partidismo protoideológico que el respeto a los hechos o a los datos ha prácticamente desaparecido engullido por la prisa en contar mal, siempre mal, la última patraña sobre el “enemigo”. Así, los policías serán héroes si reparten hostias contra los que usan la violencia en las manifestaciones golpistas de ultraizquierda, para unos, mientras que para los otros son delincuentes, sicarios al servicio de los poderes fácticos de un Estado antidemocrático que falsea mediante elecciones amañadas la auténtica voluntad de la gente. Y estos mismos serán capaces de decir que los policías son unos chulos que solo quieren sacarnos la pasta y que son capaces de mentir y humillarnos, si resulta que la afectada es una de los nuestros, mientras que los otros alabarán a los agentes del orden frente a la arrogancia de los de siempre que creen que España es su cortijo.

Todos quedan retratados. Y además sin que tengamos que suspender el juicio. Porque la realidad es que la ley y las formas no son para nosotros, sino para los otros. Por eso somos tan aficionados a las adversativas, ese agujero por el que casi siempre entra la peste. Y se pide perdón pero de tal forma que nuestro perdón es siempre una acusación. Sí, hay algunos violentos en mi manifestación, pero eran pocos y los otros venían provocando, o sí, he hecho mal aparcando en donde no debo, pero todos sabemos que los policías esos de tráfico son unos gilipollas prepotentes subidos encima de su placa. Y quien dice eso no cae en la cuenta de que el último que puede quejarse de los excesos sacando los pies del tiesto es quien estuvo en el otro lado, dando órdenes y confeccionando normas, y que solo hay un camino admisible, aceptar las órdenes y luego denunciar, pero no en una cadena de radio, sino en una comisaría o en un juzgado, si es que hay algo que denunciar. Y que es impresentable que alguien con poder se pire porque le da la gana, tire una moto de un policía al suelo, y no pare su coche cuando se lo indica un policía (que ya no está poniendo una multa de tráfico, sino interviniendo para detener a alguien que ha podido cometer una infracción penal), y más impresentable es que toda esa “gente de orden” que tanto da la murga con la debilidad del Estado de derecho grazne a coro, apoyando la conducta macarra de quien se presenta como modelo de uno no sabe muy bien qué.

Claro que es débil la ley en España, pero por nuestra culpa, no por culpa de un imaginario “otro”. La mayoría siempre justifica su incumplimiento cuando le conviene y además usando el recurso último del mendaz: no voy a ser yo el primer gilipollas que cumpla con ella, cuando los demás tampoco lo hacen.

No oigo más que hablar de proyectos de regeneración. Ninguno empieza diciendo “nosotros, los culpables”. Aunque fuese retórico, qué estupendo comienzo sería.

Mientras, España seguirá riendo. En el fondo, el esperpento —también el de los que se burlan de la historia y las excusas- funciona porque hay empatía con la conducta, aunque se odie al personaje.

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2 comentarios en “Sin esperanza

  1. Amén. Yo también quiero hacerme francés, como la Hidalgo.

    Y por Dios, ya sé que sueltan un pastizal, pero no nos termine en una tertulia.

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