Roma locuta, causa finita

Me divierte mucho ver las reacciones y las interpretaciones a la excelente sentencia del Tribunal Constitucional sobre la autocoronación napoleónica catalana. De repente, a un montón de gente le ha dado un ataque de kremlinología o de postestructuralismo y se han puesto a “deconstruir” lo obvio. Lo más asombroso del asunto es que lo obvio es tan obvio que al final la realidad se impondrá como el hueso del jamón que es. La secesión catalana solo cabe por dos caminos divididos por un océano: o la reforma constitucional previa con disolución de las Cortes, mayorías reforzadas y referéndum nacional o el salto al vacío ilegal. No habrá nadie, nadie, nadie, nadie, serio, que diga otra cosa. Esto es lo que dice el Tribunal Constitucional.

Así, a los que lo critican por señalar el camino para la secesión catalana, manifestando que es innecesario y superfluo, basta con recordarles que también es función del Tribunal Constitucional, como máximo órgano intérprete de la Constitución, la de dictar sus resoluciones motivándolas y explicando que la Constitución es fundamentalmente una regla suprema para la convivencia y la paz y que, por tanto, puede modificarse en cualquier sentido que se nos pueda ocurrir siempre que se respeten sus propias reglas. Es importante saberlo, porque hay quien, aun diciendo que sí, piensa que no, y que hay cosas intocables, cuasidivinas. Con un poco de suerte, en un tiempo que yo desearía corto, nuestra Constituación se tendrá que autodegradar, a través de una reforma que la convertirá en algo parecido a un Estatuto de Autonomía. Cuando eso suceda, la España soberana y la soberanía del pueblo español habrán desaparecido.

En cuanto a los que hablan de que existen caminos intermedios (como una consulta a través de la vía del artículo 92 de la Constitución), se olvidan de que carece de sentido sondear a una parte de los españoles, aunque esa votación se suponga que tiene simple carácter consultivo, para saber formalmente su “opinión”, si su “opinión” es inconstitucional. España es una democracia y nuestra Constitución es una constitución democrática. Saltársela para que se formalice (o al menos se visualice) una voluntad popular “informe” es volver al momento previo, predemocrático, de puro poder. Y esto solo es admisible precisamente demostrando que la Constitución o la ley fundamental en cuestión no es democrática. Más aún, el Tribunal Constitucional lo dice claramente: solo hay un camino para que pueda hablarse de soberanía del pueblo catalán, la reforma previa. Hay un orden y ese orden hay que respetarlo y hay un orden con puertas que se abren o se cierran. Si alguna de ellas se cierra, termina el proceso dentro de la ley.

Y este, el del salto predemocrático, es el otro camino. Al margen de los riesgos -enormes- y de los perjuicios seguros, este camino es por definición ilegal. Puede convertirse o no en una asonada, pero se basa en la ruptura radical con la ley, también con la que ha dado forma a las instituciones catalanas que ahora andan jugando con fuego. Por eso son tan risibles los argumentos de algunos de los partidarios de la secesión que han querido ver en la sentencia un camino transitable hacia lo que llaman “derecho a decidir”. No porque no exista, sino precisamente porque el único camino admisible se basa en postulados que contradicen absolutamente los suyos. Cada palabra elogiosa hacia la sentencia es una descalificación de su discurso. Pueden, naturalmente, intentar ocultarlo con la verborrea habitual, pero es un trabajo imposible, destinado a la melancolía.

La única reacción coherente ha sido precisamente la de quienes niegan al Tribunal Constitucional toda legitimidad. Son coherentes con su ensimismada naturaleza asamblearia y utilizarán las instituciones catalanas mientras no las vean como traidoras a la causa. Porque en cuanto vean que flaquean las calificarán de instituciones españolas, impuestas por una constitución extranjera y negarán que representen al auténtico pueblo catalán. Ignoro cuánta gente de verdad está por jugárselo todo por los objetos inanimados que tanto emocionan a muchos y por esos “golems” a los que hacen bailar, cantar y declamar. Siempre he sospechado que son menos de los que creemos y que simplemente coquetean con los símbolos mientras su vida no se haga más dura. No obstante, si me equivoco, nada de eso cambia el análisis: tendrán que salir fuera, más allá de la ley, y rogar que entre ellos haya gente que sepa lo que hace y que tenga capacidad para llevarlos a la tierra prometida.

Yo de momento no los veo, pero claro, dirán, qué sé yo de Cataluña, si no soy catalán.

6 comentarios en “Roma locuta, causa finita

  1. Solo una cosilla. Que la cacareada constitución del 78 sea una norma legal, no quiere decir, ni mucho menos, que sea democrática. Fue promulgada y votada en una situación de fuerza poco democrática. Salud.

  2. ¿Eso qué quiere decir, hipos1? ¿Que no se podía votar no? ¿Que no se podía votar en blanco? ¿Que no se podía no votar? ¿Que había que votar sí? ¿Que los votantes eran gilipollas? ¿Que eran gilipollas, NO COMO AHORA? ¿Que esto no es una verdadera democracia? Ya está bien de inventarse cosas, hombre. Respete Vd. un poco más a sus padres.

  3. Por supuesto que esto no es una democracia. De eso no hay ni aquí ni en ningún lado. Y, ¿Cuántos años piensas que tengo, que pones por medio a mis progenitores? Esta constitución es el bodrio de la pervivencia franquista institucional con la restauración de la monarquía crápula borbónica. ¡Ah! Los votantes no son gilipollas, estricto sensu, sí, ignorantes y analfabetos absolutos. La mayoría, claro. Si en algo estoy de acuerdo contigo, que parece que cada vez en menos cosas, es en la patochada soberanista catalana. Pero eso de la democracia parece ser solo una palabra que significa lo que determinan nuestras filias y fobias de cada momento. Si quieren votar, que voten. Salud.

  4. Otra cuestión, ¿cuánta propaganda del no pudo hacerse o se hizo en aquellos tiempos? ¿Gozaron todas las opciones posibles de la misma difusión y explicación? A ver si voy a tener que comulgar con ruedas de molino. ¡A mis años!

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