De lo que somos y lo que queremos aparentar

Ayer leía a algunos amigos y vi cómo acusaban a un candidato de VOX de homófobo por, al parecer, ser contrario al matrimonio homosexual. El candidato se comportó con una enorme torpeza y, con él, los amigüitos de partido que vinieron en su ayuda. Eran incapaces de decir dos cosas perfectamente defendibles: que un homófobo es el que, al menos, odia a los homosexuales, y que negar el matrimonio homosexual no es negar derechos a los homosexuales por serlo, mientras que el matrimonio homosexual sí implica la creación de derechos nuevos. Es decir, que negar el matrimonio homosexual no implica afectar al principio de igualdad ante la ley.

Lo divertido del asunto es que esa incapacidad es la demostración de que o están en contra de la homosexualidad por otras razones (esas que tienen que ver con la “ley natural”) y aunque no quieren decirlo expresamente enseñan la patita o simplemente son pelín analfabestias. No sé qué es mejor.

Yo leía hoy la conversación y pensaba en los colegas y me decía -con soberbia, claro: “si os pillo a algunos os hago un traje”. El de VOX, liberal en el peinado él, ya había desaparecido de la ecuación.

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12 comentarios en “De lo que somos y lo que queremos aparentar

  1. Cuando defino matrimonio como “unión estable entre hombre y mujer formalizada jurídicamente y blabla” todo hombre o toda mujer pueden casarse con cualquier mujer u hombre (que no estén casados). Si prohíbo el matrimonio interracial ya no es todo hombre o toda mujer. Sin embargo todo hombre o mujer, sea heterosexual u homosexual puede casarse con cualquiera (no casado) de otro sexo. No afecto a la igualdad. Ergo el matrimonio homosexual (o el poligámico o poliándrico o el incestuoso o el matrimonio. On animales de compañía) implican un cambio en la institución jurídica. Oponerse a ese cambio no es contrario a la igualdad. Como no lo es que prohibamos al ya casado o al menor de X años casarse.

  2. Tse,

    Tu argumento se basa en el apriorismo de que la construcción jurídica actual del matrimonio no es contraria al principio de igualdad.

    Sí, como parece dar a entender Samuel en su comentario, la estructura del concepto de matrimonio fuera: “unión estable entre dos personas de la misma raza formalizada jurídicamente y blabla…” sería mucho más complicado, creo yo, argumentar que la modificación de la institución jurídica implicaría la creación de un nuevo derecho frente a la eliminación de un impedimento injusto.

    Héctor

  3. Tsevan: ‘Cuando defino matrimonio como “unión estable entre hombre y mujer formalizada jurídicamente y blabla” todo hombre o toda mujer pueden casarse con cualquier mujer u hombre (que no estén casados). Si prohíbo el matrimonio interracial ya no es todo hombre o toda mujer.’

    Cuando defino ‘hombre o mujer’ como ‘cualquier sapiens sapiens perteneciente a la raza X’…

    Cuando defino. Ahí está.
    _____
    Por otra parte, reformar el código civil para que las mujeres casadas pudieran disponer libremente de su pasta, por ejemplo, supuso, primero, un cambio en la institución jurídica; segundo, la creación de derechos nuevos (para las mujeres); tercero, una reducción de los derechos (de los maridos; es decir: de quienes tenían esos derechos); por último, oponerse a ese cambio era contrario a la igualdad ante la ley. Más concretamente, ante muchas otras leyes.

    Exactamente eso es lo que ha pasado ahora con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Bueno, exactamente no, ya que ahora nadie ha visto reducidos sus derechos, como sí sucedió reconociendo la igualdad de la mujer ante la cartilla de ahorro.

    No veo clara su postura, señor. Ni en la entrada ni en el comentario.

  4. Bueno, Mercutio, esa definición es vieja. Muy vieja. Hablo de occidente y de nuestro derecho. No me la he inventado. Por otro lado, definir hombre o mujer como haces tú es posible, sólo que la definición es incompleta. Ser hombre o mujer (cuando hablamos de esta viejísima institución jurídica) tiene que ver con los hijos. Y la institución matrimonial siempre ha tenido que ver con algo más, con tener hijos que heredan.

    No se trata, en suma, de algo que me invento. Más aún, el matrimonio sigue siendo así mayoritariamente en la mayoría de los ordenamientos jurídicos de la mayoría de los países de nuestro entorno.

    ———-

    Discrepo. Por varias razones. Una cosa es cambiar las consecuencias jurídicas de una institución y otra es cambiar la esencia de la institución misma. Su definición. Las mujeres no se casaban para cambiar de “amo”. Y cuando se suprimieron las limitaciones no se tocó el matrimonio, sino las reglas sobre capacidad de la mujer (casada y soltera). Sin embargo, el matrimonio homosexual alteró sustancialmente la definición misma de la institución jurídica. Y es curioso que en tu ejemplo das una clave: no hay otro que pierde derechos. Efectivamente, por eso no se afectaba a la igualdad. NADIE podía casarse con otro de su mismo sexo. Sin embargo, un matrimonio interracial prohibido implicaba que alguien no pudiera casarse con una mujer o con un hombre, siendo del sexo contrario. Como la institución matrimonial no se originó sobre una base afectiva, sino económica, social y jurídica, relacionada con la prole, la estabilidad de la mujer que da a luz, su protección futura a ojos de sus padres y hermanos, la búsqueda de la seguridad posible de la paternidad y la herencia, en suma, una definición de los “contrayentes” no basada en que sean de sexos opuestos era absurda en ese contexto. Familia, matrimonio y prole han estado siempre unidos. Los posibles ejemplos a contrario (matrimonio sin hijos, adopciones en matrimonios homosexuales de varones o hijos nacidos de uno de los miembros de la pareja en el caso de mujeres) son tan forzados y “modernos” que no hacen sino reforzar esa idea. Tan obvio me parece esto, que a diferencia del matrimonio homosexual, que es totalmente moderno, otras formas prohibidas en muchas legislaciones no lo han sido históricamente: el matrimonio incestuoso, el poligámico (y en menor medida el poliándrico) y el matrimonio incluso con niños. En todos ellos existe una potencialidad de prole obtenida de forma natural.

    En resumen, oponerse al matrimonio homosexual, en aquellos lugares en los que no existe no implica un atentado a la igualdad ante la ley, precisamente por lo que supone de ampliación del contenido de una institución jurídica. Sí implica que todos (ya que todos podemos contraer ahora un matrimonio homosexual) tengamos más derechos. Naturalmente, tener o no más derechos no es bueno necesariamente. Puede serlo o no. Creo que, en este caso, no había ninguna razón para no efectuar esta ampliación y que nadie salió perjudicado con ella, pero esa es una valoración en gran medida extralegal y que tiene que ver con juicios éticos personales y valoraciones generales sobre nuestro modelo de sociedad favorito.

  5. Cada vez que estoy a punto de suscribirme a Orbyt (ahora mismo no podía ver la interesante columna de Espada) me pongo a leer a Sostres y se me pasan los picores.
    ——————-
    Berlusconi lleva toda la vida haciendo servicios sociales. Telecinco es un maravilloso servicio social que da consuelo y entretenimiento a millones de personas que no sabrían qué hacer si no pudieran encender el televisor. Por mucha comida que Berlusconi reparta este año, por muchos viejos a los que saque a pasear y por muchos suelos que friegue, nunca conseguirá hacer un “trabajo social” tan redondo y perfecto como cuando trabaja al frente de sus negocios.
    O como cuando ejerce de propietario del Milán, dando a tanta gente alegría y esperanza. Lo mejor que puede hacer Berlusconi para los demás, para su comunidad inmediata y para la comunidad internacional, es continuar haciendo lo suyo, aunque sea muy a su manera, y de un modo que a la gente poco imaginativa pueda escandalizar.
    No sé cuál es la magnitud real del fraude fiscal de Berlusconi, ni la consistencia de las pruebas con que le han condenado. Lo que sí sé es que por mucho que haya defraudado, para la economía italiana es incontestablemente mejor que las empresas de Silvio funcionen, que no que cabreado por la condena decidiera cerrarlas. Y esto también tendría que considerarse.
    Mucha gente, incluso muchos españoles, se sienten “robados” por Berlusconi y se alegran de su condena como si alguien fuera a “devolverles” una parte del dinero. Y muchos más sienten que pueden juzgarle desde su supuesta superioridad moral. Es curioso porque la mayoría de estos indignados, carne amontonada, nada han hecho por los demás que pueda compararse a lo que Berlusconi ha hecho, ni han creado ninguna riqueza, ni remotamente han contribuido a ello. Más bien han escabullido el bulto con su pasotismo, con su dejadez, con sus bajas laborales fraudulentas, con sus días personales y realizando de una forma muy mediocre y decepcionante su trabajo.
    Me gustaría ver cuántos de los que insultan a Berlusconi por haber defraudado a Hacienda están a la altura moral que le exigen. Me gustaría conocer sus vidas al detalle, y comprobar su honradez en relación a sus posibilidades de quebrantarla.
    Me gustaría saber, los que tanto tienen que reprocharle a Berlusconi, qué puestos de trabajo han creado y cuántos sueldos han pagado.
    La ley es la ley, y tiene que aplicarse.
    Pero sería mucho más inteligente, y mucho más rentable, dejar trabajar a Berlusconi y retenerle una parte del beneficio de aquel año, que hacerle perder el tiempo con absurdas labores por estúpida venganza.
    Siempre será más cuantioso, y más brillante, el vigor que Berlusconi ha aportado a la economía italiana que el dinero que más o menos legal o ilegalmente haya tratado de ahorrarse a la hora de pagar impuestos.
    Y puestos a elegir prefiero a Berlusconi con todas sus imperfecciones -“se puede rezar un tren como se reza el rosario”- que a los viejos quejicas de siempre, que todo lo reclaman y nada ofrecen, que se hacen la víctima cuando en realidad acaban siendo los beneficiarios de nuestro esfuerzo, porque son incapaces de hacer nada, para todo tienen una excusa y siempre tenemos que mantenerles.
    Es deprimente que continúen chillando y que en ningún momento se les haya ni pasado la pequeñísima humildad de dar las gracias.

  6. Pues para mí está bastante claro lo que dice el señor Tsévanrabtan: lo que está prohibido es el matrimonio homosexual, no el matrimonio a los homosexuales. Ellos también pueden casarse, si quieren. Y yo tampoco podría casarme con un hombre, aunque quisiera. Y nadie nos pregunta por nuestras preferencias sexuales.

    Francia ha resuelto las cosas muy bien haciendo una especie de contrato de solidaridad mutua, que garantiza a los homosexuales (o a quién sea) que la pareja tendrá solventadas muchas cuestiones patrimoniales en caso de que uno de los dos muera, basándose en el simple deseo de los otorgantes.

    Aquí se intentó hacer lo mismo, sacando una ley de uniones civiles que equivaldría al matrimonio, pero no se quiso. Se exigió la palabra matrimonio para que así la derecha se retratara al oponerse: es decir, se politizó la cosa (mejor dicho: se sectarizó). Y en esas andamos.

  7. “De lo que somos y lo que queremos aparentar”.
    Precisamente el otro día le leí a Sostres un comentario en ese sentido: ” La vanidad, ¡ah, la vanidad!, siempre nos hace hacer el ridículo.”

    Para S., el artículo completo aquí – a mi me hizo gracia, esta vez:
    http://tinyurl.com/mjlbq2t

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