Sobre elecciones

Llevo unos meses comentando en Jot Down Naturaleza incompleta, la obra de Terrence W. Deacon. Aquí y aquí y aquí y aquí.

En el último artículo, menciono que existe un epígrafe final en el que Deacon hace afirmaciones con las que no estoy de acuerdo. No entraré en detalles, aunque básicamente se trata de una refutación de un cierto nihilismo contrario a una visión valorativa del mundo.

Es curioso cómo existe un trasfondo ideológico entre los “materialistas” y los “románticos” (no he inventado los términos) que empaña las complejas y trascendentales cuestiones de las que estamos hablando: sobre cómo funciona la mente; sobre si la finalidad es o no un motor que cambia las cosas que nos rodean; sobre si nuestro comportamiento está determinado o hay un yo que elige.

Personalmente creo que todos los indicios apuntan a que efectivamente existe un yo que elige (incluso que elige seguir existiendo o no). En primer lugar, todos actuamos como si existiese, incluso aquellos que defienden sonoramente que no existe, en los que se detecta un postureo francamente simpático. En segundo lugar, es una hipótesis más sencilla. Es más simple pensar que la evolución dotó a las máquinas biológicas más desarrolladas de la capacidad de evaluar la realidad creando futuros virtuales a fin de adaptar su respuesta de forma más eficiente, que pensar que evitó ese camino y sin embargo nos dotó de una falsa creencia en la libertad. En el caso del hombre, es una hipótesis más sencilla pensar que la complejidad de ese mecanismo produjo un permanente centro de imputación (también virtual) autoconsciente y que este se convirtió automáticamente en un input de su propio funcionamiento, que pensar que la naturaleza “construyó” una máquina que funcionaba como un ordenador, con un programa al que haces una pregunta y sale una respuesta y solo una. En tercer lugar, hay algo verdaderamente cachondo en la idea de que la evolución generase un órgano capaz de crear lo que ha creado el hombre en los miles de años en que andamos por aquí (incluidas las teorías que no creen en el libre albedrío), pero que lo hiciese de forma que no hubiese alternativa. Porque esa es la paradoja esencial: si no hay un yo que elige, todos los productos del hombre, incluida la cultura humana son un excipiente inevitable. Como excipiente son la hostia. Como excipiente inevitable la rehostia. Algunos tratan de salir de ese callejón sin salida hablando de que el producto indeterminado es resultado de la interacción social de máquinas deterministas. Demasiado exuberante, en mi opinión. Como un sostenella.

Lo curioso de estas polémicas es pensar que no cabe una visión materialista del mundo favorable a la idea del libre albedrío. Algo así como que pensar que somos libres nos obliga a entrar en la senda de la ética o, por decirlo mejor, de una cierta ética o de una cierta recuperación de un mundo de valores absolutos. Es absurdo. Yo creo que existe la libertad, que escogemos -sabiendo lo mucho que hay que matizar cuando se afirma eso-, y que al escoger creamos conceptos como bueno o malo. Creo también que el hecho de que gocemos de una facultad así no implica necesariamente que tengamos que regirnos por categorías valorativas (y menos como principios rectores de nuestro comportamiento y de nuestra forma de razonar). Hay una aproximación más simple: podemos escoger y la capacidad de hacerlo creando mundos virtuales abrió al ser humano al mundo del razonamiento abstracto y el conocimiento. Sin embargo, esa capacidad no nos obliga a creer en nada. Ni siquiera a creer que esos mundos virtuales reflejen la realidad sustancial de las cosas. Puede, incluso es probable (pues han de ser eficaces), pero no es imprescindible que lo sea. A lo largo de la historia el hombre ha adoptado explicaciones para las cosas que parecían encajar con la realidad y que incluso eran útiles para representársela desde un punto de vista práctico, pero que luego hemos visto que eran falsas.

La idea de que no solo hay que centrarse en la materia, sino en cómo se organiza, la idea de que lo geométrico y lo temporal son esenciales me resultan muy convincentes. Ahora, para pasar de ahí a una especie de espíritu universal que mida o pese lo bueno o lo malo hace falta un paso que no estoy dispuesto a dar si no se me convence.

Naturalmente puede que alguien lo consiga. Escogeré entonces.

 

Camino de la muerte tuitera

En diez días, mi vieja cuenta de tuiter ha perdido 55 seguidores. Si se mantuviera un ritmo como el actual, en 909 días alcanzaría el 0 absoluto. No llegará a esa situación porque al menos me seguiré siguiendo para evitar el colapso.

Sin embargo, será curioso ir observando (y más en un blog termodinámico como este) hasta qué punto la ausencia de actividad produce una degradación uniforme o no. Naturalmente, el aumento de entropía tuitera es inevitable.

Creo que, al efecto, hay que considerar tres principios que tienen un sentido diferente:

1.- Por un lado, el ritmo de la degradación debería aumentar desde el momento en que se vayan rompiendo los enlaces entre esa cuenta y los que la seguían como consecuencia del hecho evidente de que no se recuperará.

2.- Esto podría verse compensado en parte por el hecho de que, mientras subsista, puede ofrecer alguna información que incitará la introducción de energía tuitera. Por desgracia, estos episodios serán cada vez más raros: la evidencia de degradación y abandono serán tan inmediatos (con ese “chau” que irá oxidándose a gran velocidad) que, salvo algún despistado aka gilipollas, lo normal será incluso apartar la mirada con repugnancia.

3.- La velocidad de degradación puede ser diferente considerando el tipo de enlace tuitero subyacente. Podría ocurrir que la intensidad de alguno de esos enlaces retardasen el proceso a partir de un cierto nivel de “desorden”, en particular si la cuenta se mantiene en un ambiente seco. No obstante, la existencia de otros sustratos a los que adherirse (esa cuenta clónica repleta de vida potencial) puede convertirse en un peligroso atractor.

4.- Finalmente, no se trata de un experimento “doble ciego”, ya que el autor de este blog es un bocazas, por lo que cabe un efecto placebo inducido a favor o en contra.

Sí, ya sé que he dicho tres principios y he enunciado cuatro.

La explicación es sencilla: uno de ellos es falso; concretamente el cuarto. El jurado actuará como si no lo hubiese escuchado.