Pulso

La buena música a veces es una respiración natural, una pulsación inevitable porque si no has muerto. Cuando, conversando con algún buen amigo, deriva la charla hacia alguno de esos genios insoslayables que hacen cosas imposibles siempre menciono a los que llegan-tarde-bien. Es la manera torpe e imprecisa de referirme a cierta sensación que resulta muy difícil de explicar, ni con ejemplos.

Un mal músico siempre está luchando contra el tiempo. Los sonidos, la concatenación de sonidos es como una cuesta arriba. Se esfuerzan por llegar-a-tiempo y se les nota incluso cuando lo consiguen.

Puede gustarte el mal músico porque padezcas alguna discapacidad  o por razones extramusicales …

 

 

…, y por eso muchos han triunfado. Constantemente, al escuchar a muchos músicos y grupos de éxito, casi hueles el sudor. Es música a su pesar, pisadas de elefante mecánico, puzles de mala calidad con dedos que empujan forzando a las piezas hasta que encajan.

Qué diferencia con el que nunca-llega-tarde. El músico profesional al que puedes examinar con el metrónomo más preciso sin que te dé un disgusto. Ahí no hueles el sudor, pero sí el aceite.

 

 

¿Qué puede uno decir de ese emperador? Nada. Es una perfecta máquina. Todo está en su sitio. Lo escuchas, aplaudes, y lo dejas en la mesilla, como dejas el Patek Philippe.

La buena música a veces es una respiración natural, una pulsación inevitable. Las máquinas biológicas no nos sirven como relojes de precisión. Cuando el músico llega-tarde-bien provoca una sensación indescriptible. Como resonadores voluntarios intentamos prever mentalmente, ajustar nuestra expectativa, y acertar con ese sonido que va a llegar. El genio logra llegar-tarde-bien porque no suena cuando le esperas. La sensación se produce no porque llegue a destiempo. Eso está al alcance de cualquiera, incluido el torpe músico que tocaba en un conjunto beat.  La sensación se produce porque el oyente comprende que el destiempo es suyo. Lo comprende después. Y esa comprensión se repite porque sigue sin ser capaz de anticipar cuando llegará el próximo sonido exactamente. No hay forma de prever lo que no puede ser de otra manera.

 

 

El músico que llega-tarde-bien nos ajusta continuamente. Nos ajusta con el tiempo que admitimos como auténtico. Es un tiempo vital. Por eso nos angustia y satisface simultáneamente.

¿Han escuchado alguna vez la respiración de una persona que agoniza? No hay en ella nada artificial. Percibimos su irregularidad como algo que tiene que ser así, con independencia del efecto que nos produzca y de que terminemos deseando que cese. Un músico que fuese capaz de producir sonidos como los que emite el enfermo que agoniza sería un músico que llegaría tarde-bien.

 

 

Naturalmente, el músico que llega-tarde-bien nunca llega tarde.

 

6 comentarios en “Pulso

  1. guau michelangeli,

    qué cabrón

    qué cara de chófer del conde drácula

    qué pausa entre movimientos

    qué todo

    icono undial.

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