De como, pese a que va a escribir ese artículo en el que ha invertido ya tanto tiempo, Tse pide cariño del paciente público

 

Estoy preparando, para JotDown, un artículo que medio prometí en los mundos de twitter, sobre las decisiones judiciales que dejaron en libertad a etarras como Plazaola y Santi Potros, ahora que, por fin, he podido acceder a las resoluciones y ahora que el Tribunal Supremo ha hablado. No di mi opinión entonces y creo que fui el único del universo mundo.

Ahora me he puesto a ello no solo por la importancia del asunto en sí, sino para utilizarlo como ejemplo -uno más- de la dificultad de articular un auténtico discurso cívico en España.

Mientras examinaba las resoluciones y la legislación española y europea, pese a su complejidad y a su extensión, tenía buen ánimo.

Hoy, justo antes de ponerme a escribir, he escuchado audios de meses atrás y he leído artículos y comentarios en algún blog en el que se trató el tema, y he tenido tal sensación de hastío y melancolía que me he planteado olvidarme del asunto. Ha sido muy deprimente sentir, al escuchar y leer algunas cosas, que mis esfuerzos en aclarar la cuestión de fondo seguramente serán inútiles, no solo porque sea cierto que estamos en presencia de un asunto técnicamente difícil, sino porque no le importarán a casi nadie. Me mandarán a esparragar, señalándome con el dedito, los indignados, y me sobarán los convencidos; eso he pensado.

Se preguntarán por qué les cuento esto.

Seré sincero: lo hago para que me animen. Para que me den una palmada en la espalda y me digan eso de «a mí si me interesa tu opinión; venga, cuento las horas y los días y no sé si podré dormir hasta que lo lea».

Porque, no vean lo que me cansa esta puta mierda de cruzada idiota.