De ratones y hombres

Cuando mi hija pequeña tenía, no sé, como 4 o 5 años, representé una especie de función. Estuve un rato diciéndole que le tenía mucha manía al ratoncito Pérez y que si lo pillaba (tenía un diente recién caído) se iba a enterar. Por la noche, salí corriendo por el pasillo, mientras gritaba que lo había visto, abrí la puerta de la casa y di un pisotón. Cuando le anuncié que me había cargado al maldito ratón, me contestó muy seria que no se lo había creído, que no era tonta.

Se lo confirmó (la impostura) el dinero que encontró al día siguiente.

Lo gracioso es que fuese tan escéptica con mi ratonicidio y tan crédula con la existencia del roedor.

Hoy no se acuerda de los regalos recibidos del ratón, pero sí de la farsa. Supongo que porque la farsa era auténtica.

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