Miserere mei, Deus

A veces, cuando llevo a mis hijas al colegio, escucho “sinfonía de la mañana”, el programa de Radio Clásica.

Suelen contar anécdotas sobre músicos. Y, por darle un punto de teatralidad, digamos que rellenan los huecos echándole imaginación.

El pasado 17/4/2015 recordaron la conocida anécdota del Miserere de Allegri y su copia de memoria por el joven Mozart, tantas veces alegada como prueba de su genio. Escuchen el audio antes de seguir con la lectura de esta entrada, por favor.

Ya en su momento escribí un comentario en un artículo de Félix de Azúa comentando que la anécdota era posiblemente falsa (la única referencia al asunto se encuentra en pocas palabrass de una carta del padre de Mozart), según había leído en un par de biografías modernas de Mozart. Hoy he descubierto que D. Félix volvió sobre el tema en un artículo de Jot Down, en el que ya introducía la posibilidad de la invención, aunque para desecharla.

Hace poco se ha publicado un fantástico estudio sobre el Miserere, sobre los manuscritos disponibles y sobre su interpretación. No me voy a poner a resumirlo. Quien esté interesado que lo lea. Merece mucho la pena.

Lo más curioso es descubrir que lo que se dice en el audio que han escuchado es pura invención no solo en la parte teatralizada (que es casi todo), sino descubrir que nunca hubo tal pena de excomunión, que la obra se había interpretado fuera de Roma en al menos cuatro ocasiones (dos en Londres y dos en Viena) bastante antes de que Mozart hiciese su viaje a Italia, que existían cuatro copias “auténticas” del Miserere (la de Roma, la del rey de Portugal, la que se envió al emperador Leopoldo I de Austria y la del padre Martini) y que los adinerados europeos solían comprar versiones de la partitura en Roma (pagando una buena pasta por ellas).

Lo más cachondo del asunto, sin embargo, es lo siguiente. Dice Azúa:

El concierto se concluía con el Miserere de Allegri, posiblemente la pieza fúnebre más tenebrosa y bella de todos los tiempos. En ella hay un sobrecogedor agudo (de soprano en nuestro caso, pero voz blanca en la Capilla Sixtina donde se ejecutaba cada año) que parece querer perforar los cielos implorando clemencia.

Desde finales del siglo XIX, efectivamente, se interpreta algo que suele ser llamado Miserere de Allegri, la llamada versión del “Do agudo”. Esa no es, sin embargo, la obra de Allegri.

Allegri -como otros compositores- compuso un fabordón para el Oficio de tinieblas (en que el hermoso salmo 50 se cantaba en los maitines de Semana Santa). Los versículos del salmo se cantan en el fabordón de la siguiente forma: la parte que se ha armonizado se alterna con la parte de canto llano monofónico (es decir a una sola voz). Por la sencillez del fabordón de Allegri (y de las obras de otros compositores que aparecen en los manuscritos del Vaticano), se presume que se trataba de dar encaje a fórmulas estereotipadas (fundamentalmente cadenciales) que eran conocidas por los cantores, es decir, que no se improvisaban y que procedían de la tradición renacentista. En el Miserere de Allegri se alternan las partes armonizadas y las monofónicas, y de las partes armonizadas se ocupan dos coros diferentes, uno de cinco y otro de cuatro voces.

La versión que suele interpretarse es una mezcla que hizo Robert Haas, un musicólogo austríaco, en 1932, usando la parte a cinco voces de Burney (el musicólogo inglés que publicó el Miserere tras reunirse con Mozart y Martini en Bolonia, y que supuestamente la obtuvo de un maestro de capilla papal), los adornos de Alfieri, y una versión publicada en el Diccionario Grove, en su edición de 1880, que contenía una tesitura de las voces conforme a la versión de Mendelssohn de 1831 que elevaba estas toda una cuarta en alguna de sus partes. Esta versión fue publicada por Ivor Atkins, maestro de coro de la catedral de Worcester.

Ese es el origen del famoso do alto, el sobrecogedor agudo del que habla Azúa, una invención de Mendelssohn.

Lo fascinante del asunto es que esa versión de la obra, ese popurrí de origen tan extravagante y con tan poco parecido a lo que debió escuchar Mozart (según resulta de los manuscritos más antiguos), pese a no parecerme ni en broma la pieza fúnebre más tenebrosa y bella de todos los tiempos, es realmente muy hermosa. Cosas del azar. O de la mano del Creador, vayan ustedes a saber.

Aunque puestos a escoger un Miserere, por qué no optar por una obra maestra:

Yo creo que la fama del Miserere de Allegri es producto de mercadotecnia, como la fama de la inmortal de Anderssen. Una afortunada asociación de la obra con Mozart. Y también de la necesidad de explicar el genio por algo que comprendamos. Componer han compuesto muchos, pero ¿quién componía con cuatro años o era capaz de copiar de memoria todo un miserere, eh? Se trata de asombrarnos por algo que podamos abarcar.

Mozart era un genio, pero no por componer desde muy joven (composiciones muchas de dudosa atribución), algo que han hecho otros; tampoco lo era por ser capaz de recordar una obra (que además es muy repetitiva y no es demasiado compleja). Mozart no impresiona por ser un memorión, una máquina capaz de retener y repetir sonidos, otro Funes más.

Mozart nos impresiona por algo que no comprendemos bien. Por crear, como antes y después han hecho muchos, pero por hacerlo alcanzando las más altas cimas de lo inefable.