Líneas rojas

Como estamos en uno de esos “partidos del siglo” decisivos, todos los actores del gran teatro del mundo en que se ha convertido la política española en estos últimos tiempos se han puesto a dibujar líneas rojas. La única línea roja razonable, claro está, sería la que excluyese a partidos que quieren cargarse la democracia tal y como la concebimos los que hemos leído un par de libros y pensado un par de minutos. Las demás son pura mercadotecnia. Si tu programa es una línea roja te conviertes en un partido básicamente inane. Solo puedes llevar a cabo tu política si vences con mayoría absoluta y esa política estará siempre afectada por el probable giro que llevarán a cabo otros partidos cuando gobiernen. Cuando las políticas concretas son producto del acuerdo, sin embargo, hay menos necesidad de cambiarlas.

Por esta razón, cualquier persona sensata estaría conforme en el mestizaje. Es lo más práctico. Los propios programas de los partidos deberían ser mestizos de las ideas de sus militantes, con incoherencias en consecuencia, pero con mayor robustez frente al fallo genético, tan propio de las “razas puras”. Si esto es así, que un partido que tenga un poder mensurable, como consecuencia de unas elecciones, lo utilice para imponer un porcentaje de su propio programa no solo es lo más lógico, sino que además sirve para que los votantes de ese partido tengan la influencia que les corresponde.

Carece de sentido, por tanto, eso de que la regla sea “dejar gobernar” a tal o cual partido. Lo natural debería ser el gobierno en coalición y lo excepcional el gobierno en minoría. Basta con que los partidos (y sus votantes) asuman que todo su programa es inaplicable, salvo en casos de mayoría absoluta, y que se sustituyan esos programas por uno nuevo.

Esta idea no es popular en España. Por esa razón los partidos siempre están cargados con una retórica de gladiadores que luego no se compadece con la realidad. Esa retórica es dañina, porque los partidos y los políticos dedican esfuerzos estúpidos y gastan el tiempo en explicar a sus votantes por qué sí, esta vez solo, van a tener que permitir que el malísimo partido X tenga que seguir gobernando a pesar de que juraron que nunca, nunca, nunca, lo consentirían, cuando lo natural sería que desde el primer momento, en vez de escribir líneas rojas, expusieran el precio por su voto positivo. Ese precio debería implicar por sistema tomar parte del poder.

En relación con esto, lo inteligente es exigir públicamente algo que los demás partidos no deberían poder negar sin castigo. Pero, más allá de esos principios comunes (por ejemplo, la lucha contra la corrupción), cualquier política propia debería poder estar en la mesa de juego como objeto de cambio.

Hoy Ciudadanos y Podemos quizás permitan al PSOE gobernar en Andalucía. Y no parece que vayan a ir más lejos. Le exigen al PSOE cambios cosméticos, en vez de exigir una parte en el poder. Una parte que podría servir para forzar al PSOE a abandonar sus peores hábitos (si son ciertas las proclamas de los dirigentes de esos partidos). Naturalmente, esa decisión es sensata desde un punto de vista práctico: lo primero que se denunciaría es que están compartiendo poder con la “casta” o con los corruptos del viejo régimen que ellos vienen a enterrar y, además, gobernar es retratarse. Esos “nuevos” partidos son víctimas de sus líneas rojas, que también las tienen y que son resultado de su propia retórica. Por cierto, Ciudadanos, que en boca de uno de sus dirigentes no practica los cordones sanitarios, tiene una línea roja muy clara en sus orígenes: no pactar con el nacionalismo catalán. No solo lo afirmaban, sino que además criticaban agriamente al PP por haberlo practicado.

Este lenguaje de bandas, además, ha producido otra consecuencia en España: se ha criminalizado a casi la mitad de la población. El juego de las alianzas del PSOE llevó a generar una idea perversa: la de que nadie debía pactar con el PP. Que el PP era heredero del franquismo y, en consecuencia, impuro democráticamente. Los votantes de centroderecha en España se han tenido que acostumbrar a la idea de que son escoria y que solo en aquellos lugares en los que su partido obtuviera mayoría absoluta podría gobernar el partido al que votaban. Esta perversión  ha calado tanto que el PP actúa como si estuviera siempre encerrado en un fuerte en territorio hostil, sitiado por los indios, llegándose a la paradoja de que deba pedir disculpas por adoptar decisiones basadas en mayorías absolutas “en contra de todos los demás”, los que no alcanzan juntos la mayoría y los que jamás estarían dispuestos a acordar nada con el PP.

Una de las ventajas de la aparición con fuerza de nuevos partidos podría ser la de forzar un cambio en esta manera de entender la política. Sin embargo, ese cambio, que parece obligado, resultará mucho más complejo y con efectos más perturbadores precisamente por la grandilocuencia con la que se está tratando el asunto público. Por las putas líneas rojas. Los políticos, me temo, incluso después de las elecciones, van a dedicar más tiempo a explicar que ellos no son los que traicionan a sus votantes que a facilitar que se implanten sensatas medidas de gobierno y de reforma. Y, además y como ya estamos viendo, se venderá una posible “cultura del acuerdo” como patrimonio de la izquierda, intentando eliminar a esos molestos votantes de centroderecha, a los que el PSOE incluye en un paquete junto con los herederos de la ETA, en un comportamiento francamente sarnoso.

Eso sí, nos vamos a reír mucho con las explicaciones.

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