Los sentimientos cuentan. Véase la prueba

Seguiré con la discusión que plantea Juan Claudio de Ramón por tres razones; las enumero de menor a mayor importancia: en primer lugar porque es un tema interesante; en segundo lugar, porque -aunque parezca un invitado en una discusión ajena, daré por sentado que si me incluyó en su respuesta a Arcadi Espada no solo fue por educación-; en tercer lugar, porque su respuesta es tan sensata y realista, que de puro sensata y realista creo que peca de irracionalidad, y discutir esto es mucho divertido que diría aquel espabilado infante de Indiana Jones.

Naturalmente, me centraré en la parte que más me interesa del asunto. Será una forma de no extenderme demasiado, ya que el planteamiento que hacía en esta entrada ocupa bien poco de la respuesta. No se lo echo en cara: yo mismo terminaba prediciendo mi poca fe en que un modelo como el que proponía terminase imponiéndose y, claro, pudiendo discutir con Arcadi Espada, que además no manifiesta ningún pesimismo, para qué perder el tiempo con alguien que se dedica a pensar en escenarios evidentemente utópicos incluso para él. Y eso cuando ¡Juan Claudio de Ramón propone algo tan trivial y práctico como una ley! Algo, en fin, que se puede hacer mañana mismo.

Dejaré de lado, por tanto, las objeciones técnicas. Seguro que Juan Claudio tiene razón y la ley no implicaría mucho más gasto. Como bien dice, el catalán ya es oficial en Cataluña -también, malgré moi, en esos casos que enumera y que dependen de la administración central del Estado- y ya estamos gastando dinero en apoyar el catalán en todos esos ejemplos que indica. Si de mí dependiera, en la línea que expuse en mi entrada, no usaría el catalán en todos esos casos por una razón muy sencilla: hay una lengua común a todos los españoles. Como todos esos ejemplos que pone, DNI, libro de familia, pasaportes, BOE, etc., se refieren a asuntos comunes a todos, es absurdo multiplicar por dos el uso del idioma. Absurdo, salvo -y volvemos al meollo- por razones sentimentales. Se trata de “respeto”, se nos dice, como si el español, mi lengua materna, fuese de mi propiedad y no fuese propiedad de un catalán o de un vasco o de un peruano. Es decir, se parte de la aberración de que yo no respeto a un islandés que vive en España por estar en desacuerdo con que se traduzca el BOE al islandés. Lo interesante es que, viendo el argumento de fondo -y dejando de lado lo que dicen las leyes-, no hay más razón que la meramente numérica para traducir el BOE al catalán y no al islandés. Ni el catalán lo hablan todos los españoles ni tampoco el islandés. Puestos, habría más razones para traducir el BOE al islandés, ya que es más probable que los pocos islandeses que hay en España no hablen español, mientras que debería ser una extraña anomalía -buscada, naturalmente- que un catalán no hable español.

La acusación inmediata que se hace a un planteamiento así es que yo digo esto porque mi lengua es el español y me conviene. Sin embargo, ya he dicho que esto que se plantea en el ámbito español debería plantearse en ámbitos cada vez mayores y, en ellos, la decisión debería ser racional -sí, qué cosas, defender la racionalidad-, optando por la lengua más fuerte, la más usada, la más útil. En esa pelea perdería también el español, no hay duda.

Todo lo anterior no implica prohibición alguna. Más aún, en el ámbito educativo y cultural, no veo problema para que la gente defienda con uñas y dientes las lenguas en las que se dicen te quiero, te odio, en la que les hablaban sus padres, en las que dieron el pésame o en la que les hace llorar cuando escuchan una canción apropiada. Como no me gusta la promoción de la cultura desde el Estado (tampoco desde su periferia), soy alérgico al dinero gastado en asuntos así, con una excepción: la educación. Siempre he defendido gastar bien una ingente cantidad de pasta en educación y que luego la gente escoja si quiere escuchar ópera en suajili o flamenco en asturianu.

En resumen, en los ámbitos “públicos”, en la ley, la política, la ciencia, el comercio, deberíamos contar con una lengua única -la que sea- y dejar bien claro que está para eso: para ser útil. Multiplicar los idiomas, en esos ámbitos, no sirve absolutamente para nada. Lo voy a repetir: no sirve absolutamente para nada.

Nos dice el autor que pretende ordenar y dar coherencia a lo que ya se hace. Yo creo que pretende algo más:  al socaire de su propuesta, pretende que existan unos principios generales a una actividad de extensión de la cooficialidad que se derivarían del texto de esa ley. Y eso es lo que hay que discutir. Yo no protestaré nunca por que se cumpla la ley. Ahora, es una táctica política habitual ir incluyendo en lo que hace el Estado actividades aisladas que parecen inocuas hasta que lo extraordinario se empieza a repetir y alguien decide que ya es hora de regular cierta materia y de paso convertir en regla general cierto principio que defendemos. No digo que sea el caso del autor; simplemente expongo que ese es el problema de las concesiones. Sobre todo de las concesiones por razones sentimentales, es decir, irracionales. Lo identitario es sentimental. Yo no digo que no exista. No digo que no haya que contar con ello constantemente y que los poderes públicos no deban considerarlo. Digo que es sentimental, irracional, y que debemos trabajar para evitar que sus manifestaciones nos parezcan racionales. La Humanidad debería trabajar para el aumento del bienestar y la libertad del individuo. Esto solo se consigue trabajando en grupo.  Pero debemos hacerlo detectando y trabajando conscientemente contra las excrecencias de lo tribal. Hay experiencias históricas y literatura científica y política de sobra para hacer esa labor.

El crimen es también natural. Lo son los excesos de todo tipo. Lo natural es el infanticidio y la guerra. Lo son la violación y la aniquilación de los miembros de los otros grupos. Todo eso es también natural y, en muchos casos, tribal. Como lo son las lenguas y los símbolos. Esa llamada a la tierra, al paisaje, a la trama de recuerdos, tienen un lado perverso. No desaparece, pero deberíamos trabajar para minimizar esos efectos.

Un ejemplo muy sencillo es el religioso (que tantas conexiones mantiene con lo identitario). Occidente lleva siglos trabajando para relegar lo religioso a lo exclusivamente privado, apartándolo de lo público, porque el sentimiento religioso cuando se pretende imponer es fuente de muerte, destrucción y tiranía. Lo mismo deberíamos hacer con todos los símbolos que se formen por debajo de cualquier categoría que no pueda incluir a todos los hombres.

Explicaré esto: he tenido discusiones, a veces airadas, con amigos, cuando ha surgido la discusión sobre el patriotismo. Me han reprochado que no sienta cierto patriotismo español, basado en el orgullo de nuestra historia y de nuestra cultura. Siempre contesto lo mismo: que si se trata de sentirme orgulloso de mi cultura, me tendría que sentir alemán o francés o norteamericano o japonés o chino, a la vez que español. Que seguramente tengo más en común con un ciudadano de cualquier urbe europea o norteamericana, que con muchos de los que viven en mi ciudad. Y, lo más importante, que yo solo siento envidia -y muy comedida por lo que diré- por un patriotismo a la norteamericana. Un patriotismo que se basa, en sus orígenes, no en una tierra ancestral, sino en un cuerpo de ideas, que podría hacer suyas cualquier comunidad política. Naturalmente, los norteamericanos desde el principio también se vieron afectados por los males de la tribu y esto no ha hecho sino crecer, pero son la nación menos infectada por ese virus maligno.

Yo reclamo para mí cualquier producto que haya salido de la mente de un homo sapiens. Me dan igual la raza y la fecha. Y me da igual el idioma en que lo produjo, si ese fue el lenguaje en que se plasmó. Y defiendo que solo con instituciones comunes basadas en principios comunes la Humanidad podrá salir de la infancia en la que aún se encuentra.

Volvamos a la cuestión. Lo que defiende Juan Claudio de Ramón da la razón a los que creen que lo identitario y lo sentimental debe marcar nuestra agenda política e institucional. Yo lo desapruebo. Lo identitario es como el cáncer: algo que está ahí, pero que debemos combatir. Comprendo su argumentación: nos dice que debemos apropiarnos también de sus rasgos para combatirles mejor. Como los revolucionarios franceses piensa que creando una religión natural obligatoria se puede impedir la apropiación de lo irracional por los que viven para separar. Creo que yerra. Ese no es nuestro campo de juego: es el suyo. Ahí siempre vamos a perder. No se combate el crimen desde el Estado contratando funcionarios que lo practiquen ni los ciudadanos libres nos defendemos de la tiranía identitaria asumiendo sus ritos y sus signos como nuestros. La única manera de combatir esas manifestaciones extremas de lo sentimental en el ágora es precisamente denunciando su existencia e intentando que la gente se dé cuenta del truco tras el escenario.

Es difícil, pero la Humanidad suele ir por el buen camino. Eso sí, normalmente dejando un mar de muertos. El triunfo de los derechos fundamentales, de la idea de igualdad ante la ley, del derecho al juicio justo, demuestra que se puede ingresar en la mente de la gente principios contrarios a sus instintos. Por desgracia, nos sigue costando mucho renunciar a reclamar como esencial el puto folclore que tanto nos emociona. Esa es la traba que se encuentra detrás de un proyecto tan evidente y beneficioso como la Unión Europea. Una traba que lleva a que sigamos aferrados a la multiplicidad de las lenguas, cincuenta años después, en vez de admitir que es más fácil que exista un pueblo si todos los habitantes dominan y usan -en el ámbito común- una sola lengua.

Porque, como ya expliqué en mi anterior artículo, todo esto que tantas ventajas tiene -la principal es que hace del otro un miembro de una tribu universal-, no afecta ni un ápice a la diversidad cultural. Afecta a la diversidad folclórica. A lo superficial. Por eso es tan poderoso, porque la gente lo asume con sencillez y se identifica con ello casi desde la cuna.

En resumen, tanto el autor del artículo como yo constatamos lo obvio: la dimensión “afectiva” -dice él- del idioma. Nuestra diferencia se encuentra en el paso siguiente. Él piensa que los Estados deben satisfacer necesidades de orden simbólico y yo creo que solo aquellas que pudieran hacer suyos todos y cada uno de los hombres merecerían incluirse allí. Ojalá un Estado que satisfaga necesidades simbólicas defendiendo principios y categorías universales. Una lengua, una bandera, un himno, una constitución basada en los derechos universales del hombre. Eso sí sería respetable. Serían categorías que ningún hombre podría usar contra otro hombre.  Y como las que no se encuentran en esa categoría son una rémora, creo que lo que hace es -perdónenme la metáfora- política de apaciguamiento. Y la política de apaciguamiento no sirve a largo plazo.

Dado que la “broca es permanente”, no vamos a darle a los que la alimentan la razón explicando que para que en nuestro Estado se respeten los derechos de sus ciudadanos hay que hacer oficiales en todo él todas las lenguas. Vamos, dejando constancia de que algo llevamos haciendo mal durante décadas. Y un día habrá en España millones de árabes que exigirán lo propio (y no veo razón para no evitarnos la bronca con ellos dándoles lo que piden) y no podremos decir que es que esas lenguas ya eran españolas -que lo eran- porque los millones de hablantes de árabe serán españoles de generaciones. Es lo malo de renunciar al argumento racional, que se vuelve en contra.

Solo comprendería que se me discutiese lo anterior si un mundo en el que todos dominemos una misma lengua (que no es lo mismo que Juan Ramón dice en su artículo, pues que todos dominemos una lengua no excluye que se hablen muchas más) es una distopía. Yo defiendo que no. Defiendo que sería cojonudo.

Si se está de acuerdo conmigo en esto, una renuncia como la que se propone (y lo es puesto que va en dirección contraria del escenario ideal) es tacticismo. Como dije antes, política de apaciguamiento. Como los sentimientos cuentan, rindámosles tributo.

No soy optimista; ya lo expliqué en mi anterior entrada. Pero en fin, por simple coherencia, no defenderé que para contentar a la grey religiosa y desactivar la bronca nos hagamos un poquito creyentes.