Sobre democracia y otras cuestiones

A la gente le entretiene mucho el cotilleo. Como somos gremiales formamos grupos y grupitos desde la más tierna infancia y disfrutamos con el proceso. Y el proceso, básicamente, consiste en atribuir a los demás características positivas y negativas. Las positivas nos permiten incluirlos entre los nuestros; las negativas nos permiten excluirlos y, de paso, dar nombre al adversario, al enemigo, al objeto de nuestras burlas, nuestro odio o nuestro desprecio. Pinten este análisis con todos los grises que quieran; creo que esta es una descripción simplificada, pero correcta.

Una de las ventajas de los sistemas democráticos es precisamente que pueda gestionarse este proceso de cotilleo y de formación de grupúsculos de amiguetes de manera mínimamente racional. En cierto sentido se basa en algo a la vez natural y antinatural: la idea de que existe una Humanidad y una naturaleza humana y, por tanto, que por mucho que ese proceso de diferenciación sea instintivo, podemos refugiarnos en la existencia de un grupo único, superior, que no dejaría fuera a ningún hombre. Es como si después del partido de rugby todos los hombres hiciéramos un tercer tiempo al que llamamos “fiesta de la democracia”.

Por eso, pese a las masturbaciones mentales de tantos, la discusión sobre la representatividad de un sistema electoral es bastante idiota, una vez alcanzados ciertos umbrales. Un sistema electoral sirve para hacer aritmética y para que, más o menos, los que salen elegidos tengan algo que ver con el tamaño de grupos de votantes. Y esto se consigue con un sistema mayoritario o con cualquier sistema proporcional. Sobre todo porque todo sistema electoral rehúye -por razones muy razonables- la cuestión espinosa de por qué todos los votos valen lo mismo.

También por la misma razón, hay gente planteándose estos días preguntas sobre la “legitimidad” de los pactos electorales y sobre la existencia de pactos “contra natura”. Es muy divertido porque todos esos “argumentos” son un atentado contra el propio sistema. El sistema se basa en fijar unas reglas, comunes, previas y conocidas, para nombrar representantes. Y más tarde en la existencia de reglas, comunes, previas y conocidas, que fijan qué número de representantes hace falta para conseguir el poder. Cualquier pacto, por definición, dentro de las reglas, es democrático y admisible. Y cualquier argumento en contra de que sea democrático es cotilleo. Digo argumento en contra; no me refiero a las consecuencias en posteriores elecciones o a la incoherencia del político elegido. Esa es otra película. El tipo que dice que A no se puede juntar con B para conseguir una mayoría, aunque la legislación lo permita, porque eso es contrario a un principio que formula en ese momento, simplemente está haciendo corrillos y decidiendo con sus amiguetes que ese niño no puede formar parte de nuestro grupo porque es muy bajo, muy alto, muy feo o lleva aparato en los dientes.

En gran medida de esto tienen culpa los propios políticos, que son como vecinos de una corrala. Porque ellos, sí, claro, pueden reunirse en corrillos y decir: “me caes bien y te invito a mi piscina, pero no al niño ese que nos da tanta grima”. A ellos, una vez que el sistema les da una cuota de representatividad, les toca el juego tribal. La ventaja de esta parodia tribal que llamamos gobierno democrático es que, cada cierto tiempo, cambiamos de actores.

Naturalmente, hay una cuestión añadida. Si surgen estas polémicas es, en parte, porque hay gente que lleva muy mal eso de que gobiernen los “otros”. Este es un mal muy acentuado en la izquierda. Es consecuencia del factor “pueblo elegido”, del factor religioso. Todo lo que ayuda a que se haga la obra de Dios en la Tierra es admisible; todo lo que lo dificulta es anatema. La gente de izquierdas se cree mejor. No solo piensa que su proyecto político o su ideología sean más eficaces o más útiles, más racionales o prácticas. Cree que son mejores porque ellos son mejores. Se basan en juicio morales, en valoraciones, conforme a las cuales los que son liberales o conservadores son o ciegos incapaces de ver el futuro o malas personas, sujetos egoístas que siempre piensan en lo mejor para ellos. No conciben la alternativa de que esto -la discusión sobre el gobierno, las leyes, la sociedad, la economía, la capacidad del gobierno de decidir sobre las vida de la gente- sea una cuestión susceptible de análisis sobre consecuencias reales dejando de lado juicios de intenciones, segundas venidas y reinos de los cielos.

Por eso, para mucha gente de izquierdas, la democracia, por definición, solo existe cuando produce como resultado que gobiernen ellos. Si produce otro resultado siempre habrá una causa exógena, fuera del sistema, que explique la distorsión. Como el fiel de una religión, la verdad solo te hace libre si la verdad coincide con el dogma.

El problema de un planteamiento así es siempre el mismo: ¿hasta qué punto te puedes fiar de aquel para el que el sistema democrático es solo una forma de acceder al poder y luego instaurar la auténtica democracia que consiste en que siempre gobierne el pueblo, es decir, ellos?

Esta polémica es mucho más grave. No tiene que ver con el tamaño del Estado o con subir o bajar impuestos o con que el despido sea más sencillo o más difícil. Tiene que ver con las reglas que nos damos para evitar matarnos o tiranizarnos unos a otros.

Esta sigue siendo una causa pendiente. Mucha izquierda aún ve con buenos ojos regímenes liberticidas. Los consideran todo lo más experimentos fallidos cargados de buenas intenciones. Esa añoranza, desaparecida en la derecha en la mayor parte de los países civilizados y prósperos (¿cuántos en Europa añoran un “espadón”?), se basa precisamente en su estúpida superioridad moral: la izquierda nunca es criminal; todo lo más se equivoca.

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