Los políticos también lloran

 

Por lo que parece hay mucha gente que está harta de los conciliábulos de los políticos en los que se reparten el poder y sus prebendas a espaldas del pueblo y exige transparencia, que es la palabra escogida para dejar claro que nos queremos enterar de todo. Ese es el problema cuando se exige transparencia, que no hay medias tintas. Por poner un ejemplo: la contratación pública. Ahí está el caso de Tania Sánchez. Resulta que el ayuntamiento quiere prestar un servicio al pueblo (no me refiero a Rivas Vaciamadrid sino a la gente) y con dinero público ofrece pagar a quien pueda encargarse de ello. Para contratar sigue las normas: hace un concurso, se nombra una mesa, se emiten todos los informes y luego, cuando solo una empresa se ha presentado, los concejales y el alcalde van y votan. Todo la hostia de transparente. Sin embargo no basta. La desconfianza es un monstruo verde que anida y produce más desconfianza. Porque, ¿cómo sabemos que toda esa transparencia no es sino el teatro de algo pactado tras el escenario? Así, cuando la pobre Tania se entera por la prensa de que su hermano tiene algo que ver con la empresa designada, se encuentra ante la reacción desaforada de los ciudadanos que siempre optan por lo peor y piden poner vigilantes que vigilen a los vigilantes. Ya no basta con votar a este o aquel partido. Ahora los votantes exigen acompañar a los votados, como las mujeres de negro acompañaban a Michael Corleone antes de su boda siciliana. Tan es así que pronto alguien sugerirá encerrar a los representantes políticos en una casa repleta de cámaras y micrófonos, de forma que podamos ver lo que hacen las veinticuatro horas del día, cómo se relacionan, cómo pierden los estribos, si son traicioneros o nobles, si generosos o ruines, si son limpios y educados o dejados y groseros. Veremos cómo forman grupos y corrillos, cómo se enamoran y se odian. El ciudadano podrá además expresar su protesta o su apoyo. Más tarde alguien propondrá votar permanentemente y echar de la casa de los políticos a aquellos que no se merezcan estar allí. Y finalmente los hombres y mujeres de este país podrán decir que se gobiernan de verdad y que hay auténtica democracia directa, porque tienen razón los que dicen que democracia no es votar cada cuatro años. Decidiremos espontánea y naturalmente sobre todo tipo de asuntos tras considerar lo importante: no las memorias económicas, sino los sentimientos que nos produce ver a los que mandan comportándose como nosotros mismos.

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