Una moneda al aire

 

Imaginen un referéndum en el que se preguntase a los españoles:

“¿Debe ser aceptada como correcta la demostración del último teorema de Fermat propuesta por Andrew Wiles en octubre de 1994 y posteriormente reformulada en 1995? Los documentos se llaman “Modular elliptic curves and Fermat’s Last Theorem” y “Ring theoretic properties of certain Hecke algebras”

Todo ello con un enlace en inglés al primero de ellos en su versión definitiva.

 

Pues esto es lo que ha hecho Alexis Tsipras con la única diferencia de que Wiles no se ha echado atrás en su demostración.

Es obvio que el referéndum no es sobre lo que se dice que es: el objeto del referéndum es la confianza. Se trata de saber en quién confían más los griegos: en su gobierno o en las instituciones europeas. Y votarán prácticamente a ciegas, intoxicados por un exceso de información que serán, en su gran mayoría, incapaces de procesar, no por falta de tiempo o ganas, sino por falta de capacidad.

Un aspecto colateral de esto tiene que ver con la actitud de quienes sí tienen un mejor conocimiento sobre los asuntos complejos sobre los que deben decidir los gobiernos. Si esas personas, al margen de creencias personales, de tipo teórico o ideológico, fuesen honestas con los datos y con las matemáticas, todo resultaría un poco más sencillo. Cuanto más se mueve el debate intelectual hacia la honestidad más simple es todo; cuanto más se inclina hacia las malas artes, más fácil es el accidente.

Consideren ahora el dilema de los ciudadanos griegos.

 

¿Son las urnas peligrosas?

 

Hace unos días la ministra García Tejerina hizo unas declaraciones que han sido convenientemente aventadas con los grititos de “aquí se juega”. Unos ejemplos:

No voy a hablar del contexto, aunque había contexto. Al que le interese que vea el vídeo. Analicemos la frase: “ojo, que las urnas son peligrosas” y veamos si esa opinión merece que la ministra sea calificada de antidemócrata o carca o retrógrada como afirman o insinúan los próceres y opinadores antes citados.

¿Son las urnas peligrosas?

Sin duda. No voy a citar mi ejemplo histórico favorito de votación -sin cortapisas- que demuestra hasta qué punto en la decisión de la mayoría puede haber un impulso antidemocrático. Ese ejemplo me lo guardo para un artículo que hace más de un año que quiero escribir y que tengo a medias en mi cabeza. Tampoco creo que haga falta enumerar casos en los que votaciones democráticas han producido resultados terribles, ya que todos los tenemos presentes: por ejemplo, las urnas parieron los gobiernos de Reagan, Margaret Thatcher y Mariano Rajoy. Sí, acabo de ser muy malo poniendo ejemplos. Pero ustedes vosotros ya me entienden: el pueblo que vota a veces vota cosas muy estúpidas. ¿Es peligroso escoger a un imbécil o a un iluminado como gobernante?: sin duda. ¿Ha ocurrido eso en alguna ocasión? Ya les digo.

Así que ¿es peligroso el matrimonio? ¿Es peligroso tener hijos? ¿Es peligroso vivir?

Si todo esto es así, ¿qué tiene de malo la frase de la señora ministra? Ah, esta es la parte más bonita. El sistema que denominamos democracia parlamentaria se ha ido construyendo a lo largo de siglos, con el impulso y las resistencias de personas y grupos de personas, con intereses comunes y enfrentados. No es una estructura totalmente racional, ya que arrastra, como tantas catedrales, partes de diferentes épocas que no encajan del todo bien unas con otras. Pero en todas ellas verán siempre una misma preocupación que tiene su origen en el miedo a la tiranía del soberano: se trata de los contrapesos frente al que manda. El que manda podía ser un rey, o un gabinete, o un presidente, o una cámara legislativa, pero, en todo caso, se trataba de que no estuviera todo el poder en el mismo sitio. Y, además, de establecer garantías frente a las veleidades del soberano. Insisto, el soberano también es el pueblo alzado en urnas. El pueblo no suele pensar bien en cuanto pueblo. No es esta una cuestión sin importancia: cuarenta millones de españoles juntos es seguro que son más imbéciles, irracionales e irreflexivos que cuarenta millones de españoles por separado. Por eso hay derechos fundamentales, constituciones, procedimientos, leyes escritas y plazos.

Y por eso hay tanta prevención en las sociedades serias contra la llamada democracia directa. Y por eso han funcionado siempre mucho mejor las sociedades en las que (al menos como ideal) se mezclan el respeto por la libertad individual y la participación de los ciudadanos en las instituciones mediante mecanismos representativos, normalmente complejos.

Naturalmente, detrás de todo esto hay también propaganda y modelos políticos. Solemos hacer la demagógica llamada al pueblo cuando creemos que el pueblo nos dará la razón. Más tarde cuando el pueblo puede que nos la quite -la razón-, veleidoso y caprichoso como es, empezamos a cambiar el discurso.

Lo mejor del asunto es que, además, la ministra no ha dicho que exista una alternativa a las “urnas”. Simplemente ha recordado que son peligrosas y exhorta a los ciudadanos (en este caso, a los españoles) a la prudencia (interesada en su caso ya que defiende sus siglas). Sin embargo, rápidamente se la tacha de antidemócrata. Hay otra razón para esto: la populista alabanza indiscriminada al “pueblo”. Lo que decide la gente es bueno si lo decide por mayoría, viene a sostener esta forma imbécil de pensar que se basa en la lujuriosa masturbación del ciudadano normal por sus políticos. Se trata de trasladar al que vota la idea de que es un tipo sabio, entendido y capaz, en vez de simplemente recordar que no hay otra forma mejor de designar quién nos gobierna.

Así, un razonamiento que no admitiríamos para decidir sobre cómo construir un avión o cómo efectuar una cirugía lo trasladamos a la elección de nuestros gobernantes. Lo malo de hacerlo no es que sea falaz, que lo es. Lo malo es que introduce una especie de “detente bala” que hace inmune al pueblo soberano frente a la crítica. Si el pueblo es siempre sabio y no hay peligro en hacer lo que dice la mayoría porque lo dice la mayoría, basta con saber qué quiere la gente para que todo se resuelva. Utilizado convenientemente (y siempre nos conviene cuando la gente vota lo que queremos) cierra el debate sobre la posible estupidez del hombre de la calle -todos somos hombres de la calle- y sobre la necesidad de alertar a la gente contra la demagogia, educándola sobre todo (educándonos sobre todo) contra el razonamiento falaz, “cortoplacista” y anumérico.

Sí, las urnas son peligrosas. Aprendamos a usarlas responsablemente.

Una primera enseñanza es la que imparte la ministra, recordando que las urnas son peligrosas.