Scripta volant, verba manent

 

En 16 de septiembre de 2009 escribí esto.

Unos dos años antes había escrito esto:

Cicero

Cuando empecé a trabajar como abogado, recibí un encargo de mi jefe. Tenía que hacer un informe sobre la posibilidad de instar la quiebra de una empresa y sobre sus consecuencias. Por el informe mi jefe iba cobrar diez millones de pesetas (hace dos décadas); era un asunto muy gordo. La verdad es que no tenía ninguna experiencia. Sabía mucho de derecho mercantil (hoy por suerte lo voy olvidando), pero no había pisado un juzgado. Así que me puse a ello, ayudado por otro recién llegado a la profesión. Mi compañero de fatigas había trabajado en una compañía multinacional, en su departamento de impuestos. Hicimos el informe, de más de cien páginas. Las importantes eran las tres o cuatro del final. El resto, morralla. Se entregó y mi jefe recibió el encargo de tramitar la quiebra. Y sí, la llevamos los autores del informe. Ése fue el primer procedimiento judicial en el que intervine.
Desde entonces, cada vez que veo un informe miro el principio y lo clasifico. Los hay de dos tipos básicos. Está el informe “Ya en Roma …” y el informe profesional. Entre medias caben todas las posibilidades. El informe “Ya en Roma …” es un informe wikipédico. Es un burro grande ande o no ande.

Pero tiene su lógica. Para la mayoría de la gente debe existir una proporcionalidad entre el número de folios y el precio. Mi padre solía contar una historia que supongo muchos de ustedes conocerán. Llega un señor a un taller y le dice al mecánico experto que el coche le hace un ruido. El mecánico abre el capó, escucha el ruido del motor, da media vuelta a un tornillo y dice: “son cinco mil pesetas” (ya ven que les estoy contando la versión original). El cliente protesta: “¿Cómo es posible que me cobre cinco mil pesetas por apretar un tornillo?”. El mecánico dice entonces: “Bueno déme un duro por apretar el tornillo y cuatro mil novecientas noventa y cinco pesetas por saber qué tornillo apretar”. Todo el mundo coincide en que el mecánico tenía razón. Todo el mundo menos el que tiene que pagar una minuta a un profesional. Ése quiere que el mecánico le desmonte el motor y le haga pruebas con unas máquinas molonas que le han mandado de Alemania (unas que tienen una pantallita en el centro con una línea verde que sube y baja y que hacen ruidillos), para finalmente, tras un trabajo perfectamente inútil, apretarle el tornillo de marras.

Por eso, cuanto más importante es el asunto y cuanto más tiene que ganar con él, más previsible es que el profesional caiga en la tentación de materializar su trabajo, adornándose con plumas de pavo real. En cierta ocasión, surgió la necesidad de resolver una compraventa sin generar el pago de ese molesto impuestillo llamado ITPyAJD y de paso de forma que pudiera el cliente ahorrarse el de la propia compraventa (traducción: la hostia del 7% x 2 = 14 % de una finca de un millón de metros cuadrados). No desvelaré la solución, que la competencia puede estar leyendo, pero se me ocurrió una, elegante y sencilla; casi un no haga usted nada. Pero era joven, recién empezaba, y me faltó cintura. Hoy habría hecho lo mismo con un “Ya en Roma …” previo y un presupuesto firmado.

Y si se están preguntando por qué les cuento todo esto, les explicaré que lo hago porque mi primera intención había sido copiar una poesía de Juan Luis Panero que se llama 20 de Diciembre de 1990 y que dice así:

  • Termina un año donde la vida y la muerte
    tensaron como un arco su furia y resistencia,
    las aristas más duras, los filos de las flechas.
    Hoy ya -entre tanto otros- Felicidad Blanc,
    Jaime Gil, José Luis Alonso, son sólo nombres,
    desterradas sombras, tachaduras en la agenda del tiempo.
    Muerte y vida, también llegan visiones:
    una esquina perdida de una calle perdida,
    en Buenos Aires, los ojos de una mujer,
    y palabras, Enrique Molina leyendo un poema sobre Borges
    y Borges resucitado en la voz de Adolfo Bioy Casares,
    sentados en su casa, mientras, tibia luz transparente,
    entra el sol del invierno austral por la ventana.
    Terco superviviente de oscuras derrotas,
    espectador aún del color de los días.
    El testamento inútil de un rostro en el espejo,
    y el misterioso, impreciso vuelo de una flecha,
    el metal que hiere y esta vez mata.

… y decir de él que ese año que termina es todos los años que recordaré.

Pero he caído en la cuenta de que podría alguien protestar por entrada tan magra y poco trabajada. Así que les he preparado un “Ya en Roma …”.

I.V.A. incluido.

5000

 

NOTA DE 2015: ¿Dónde les mando la factura?

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4 comentarios en “Scripta volant, verba manent

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