Mi crónica del referéndum griego

 

He contado muchas veces mi relación especial (que diría un inglés refiriéndose a Estados Unidos) con la Historia de Roma de Indro Montanelli. Lo leí con trece años, gracias a un amigo de colegio, que lo sacó de la biblioteca paterna y me lo prestó. Me gustó tanto que, angustiado por tener que devolverlo, lo fui resumiendo en folios blancos, cortados por la mitad, que rellenaba con letra minúscula aprovechando todo el espacio disponible. Tardé como un mes, en la cocina de casa, aprovechando el sueño de los demás para evitarme las regañinas. Salieron entre treinta y cuarenta hojas, que conservé muchos años, hasta que se perdieron en una mudanza. Como comprenderán, casi me aprendí el libro de memoria y descubrí que allí estaba todo, como en Los Simpson.

También lo que está pasando hoy en Grecia se cuenta en esa obra magistral. ¿No me creen? Compruébenlo.

Hay un capítulo en el que, con su sorna característica y su amor por el legado griego, Montanelli nos habla de Polibio y sus reflexiones sobre la capacidad política y militar de una nación, Roma, capaz de someter en una cincuentena de años al “Mundo”. El “Mundo” era, claro, para el griego, Grecia.

Grecia, ese lugar lleno de griegos. Incapaces de producir ningún estado duradero, de no haber sido por los que venían de fuera (véase los macedonios), cuasibárbaros. Sin embargo, sigue la broma histórica, el pedazo griego siempre vino envenenado. Se podría haber creado un estado poderosísimo, basado en Grecia y Macedonia, pero los griegos hicieron lo que mejor sabían: joder el invento. Recuerda Montanelli que recuerda Plutarco que los atenienses salieron, como ayer, a la calle a festejar y emborracharse de “victoria” el día que murió Alejandro, al que tanto debían, y que rápidamente, dirigidos por Demóstenes levantaron un ejército que fue naturalmente aplastado por Antípatro, el macedonio. Cuando murió Antípatro los atenienses se volvieron a rebelar, pero Casandro, hijo de aquel y fundador de una dinastía de reyes macedonios, los volvió a someter, hasta que el hijo de uno de los diádocos, Demetrio Poliorcetes (hijo de Antígono) vino de …

… Asia Menor a echar a los macedonios de Grecia. En Atenas le acogieron como a un triunfador y le pusieron un piso en el Partenón, que él llenó de prostitutas y de efebos. Luego, se cansó de aquellos ocios, se proclamó rey de Macedonia y, como tal, abolió la independencia ateniense que él mismo había restaurado, entregando otra vez la ciudad a una guarnición macedonia.
El caso es que Grecia era un desastre y lo continuó siendo durante un siglo hasta que apareció Roma en escena. A Polibio le asombraba que Roma hubiese tardado solo cincuenta y cuatro años en conquistar Grecia, pero era el asombro impostado del hidalgo. Tardó ese tiempo porque quiso, porque podría haber tardado menos. Dejemos la voz a Montanelli:
Todo empezó por culpa de Filipo V, rey de Macedonia. Este Estado, desangrado por Alejandro, no era ya el de antes. Pero era todavía el más sólido de Grecia, cuyas ciudades estaban divididas en dos Ligas, la Aquea y la Etolia, que sólo hacían la paz para unirse contra él.
En 216, Filipo, al tener conocimiento de que Aníbal había aplastado a los romanos en Cannas, firmó un pacto de alianza con él y pidió a los griegos que le ayudasen a destruir Roma, que podía volverse peligrosa para todos. Fue convocada una conferencia en Naupactos, donde el delegado de los etolios, Agelao, hablando en nombre de todos los presentes, incitó a Filipo a ponerse al frente de todos los griegos en aquella cruzada. Sólo que, inmediatamente después, en Atenas y en las demás ciudades comenzó a circular la voz de que Aníbal daría manos libres al macedonio sobre ellas a cambio de la ayuda recibida por él. De golpe, renacieron las desconfianzas momentáneamente amortiguadas y la Liga Etolia mandó mensajeros a Roma para pedir ayuda contra Filipo. El cual, para hacer frente a Grecia, hubo de renunciar a Italia y establecer también un pacto con Roma, poniendo fin así, aun antes de haberla comenzado, a aquella primera guerra macedonia.
Después de Zama, Pérgamo, Egipto y Rodas pidieron ayuda a la Urbe contra Filipo que las incomodaba. La Urbe, que tenía buena memoria y recordaba la tentativa del rey macedonio cuando lo de Cannas, mandó un ejército a las órdenes de Tito Quinto Fiaminino, que en Cinoscéfalos, en 197, los aplastó. La ruta de Grecia quedaba abierta.
Pero Flaminino era un tipo extraño. De familia patricia, había estudiado en Tarento, donde aprendió el griego, y era un enamorado de la civilización helénica. Además, tenía ideas «progresistas». No mató a Filipo, sino que le repuso en el trono a pesar de las protestas de sus aliados griegos, los cuales pretendían haber sido ellos los que derrotaron a Germania. Después, con ocasión de los grandes Juegos ístmicos, que reunían en Corinto a los delegados de toda Grecia, proclamó que todos sus pueblos y ciudades eran libres, no sujetos ya ni a guarniciones ni a tributos, y que podían gobernarse con sus propias leyes. Los auditores, que se esperaban una sustitución del yugo macedonio por el romano, se quedaron pasmados. Y Plutarco cuenta que después estallaron en tal gritería de entusiasmo, que una bandada de cuervos que volaba sobre sus cabezas se desplomó al suelo, muerta. Si Plutarco nos ha contado también todas sus otras historias con igual escrúpulo de la verdad, hay motivo para estar contentos.
Los escépticos de Atenas y de las demás ciudades no tuvieron tiempo de poner en duda las honradas intenciones de Flaminino, porque éste las puso en práctica inmediatamente retirando su ejército de Grecia. Mas después de haberlo despedido como «salvador y liberador» se pararon en pelillos por el hecho de que se llevó consigo un conspicuo botín de guerra en forma de obras de arte, y porque hubiese emancipado algunas ciudades de la Liga Etolia, donde estaban de mala gana. Y llamaron a Antíoco, último heredero de Seleuco, rey de Babilonia, para que les «reliberase». No se sabe a «reliberarles» de qué, visto que Flaminino les había dejado libérrimos.
Pérgamo y Lampsaco que, siendo más vecinas de Antíoco le conocían mejor, y sabían, por tanto, lo que se podía esperar de él, pidieron ayuda a Roma. Y el Senado, que no había creído jamás en el experimento liberal y progresista de Flaminino, mandó otro ejército a las órdenes del héroe de Zama. Con pocos hombres, éste atacó a Antíoco, en Magnesia, lo descalabró, a pesar de los sabios consejos estratégicos que le había dado Aníbal, su huésped, y aseguró a Roma casi toda la costa mediterránea de Asia Menor. Luego se dirigió hacia el Norte, derrotó a los galos que todavía vivaqueaban en aquellos parajes, y volvió a Roma sin tocar las ciudades griegas.
Durante algunos años, Roma insistió en sus relaciones con ellas, en esa política de tolerancia y respeto, muy similar a la que los Estados Unidos han practicado en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Intervenía en sus asuntos internos sólo si era solicitada, y procuraba apuntalar el orden constituido. Por esto recogía las antipatías de todos los descontentos, que la acusaban de reaccionaria.
De este estado de ánimo de las «masas» creyó poder aprovecharse Perseo de Macedonia quien, habiendo sucedido a Filipo en 179, las llamó a unirse para una guerra santa contra la Urbe. Había casado con la hija del heredero de Antíoco, Seleuco, que se alió con él y arrastró consigo también a Iliria y al Epiro. Estos últimos Estados fueron los únicos que prácticamente prestaron auxilio, cuando un tercer ejército romano, mandado por Emilio Paulo, hijo del cónsul caído en Cannas, desbarató en Pidna, en 168, a Perseo, al que trasladaron encadenado a Roma para adornar el carro del vencedor.
Entre otras cosas, cayó en manos de Emilio Paulo el archivo secreto del vencido, donde se encontraron los documentos relativos a la conjura con las pruebas de las diversas responsabilidades. Como castigo, setenta ciudades macedonias fueron arrasadas y el Epiro y la Iliria devastadas; Rodas, que había conspirado sin tomar parte activa en la guerra, quedó privada de sus posesiones en Asia Menor y mil simpatizantes griegos de Perseo, entre ellos Polibio, conducidos como rehenes a Roma.
Era ya la señal de que el Senado, abandonadas las ilusiones de Flaminino y de los demás filohelenos de la Urbe, entre ellos los mismos Escipiones, había vencido el complejo de inferioridad hacia Grecia y de que estaba volviendo a sus tradicionales sistemas de trato a los vencidos. Mas tampoco esta vez los turbulentos griegos quisieron comprender. Al cabo de pocos años subieron al poder en las diversas ciudades nuevas clases proletarias, para las cuales socialismo y nacionalismo eran una misma cosa. La Liga Aquea fue reconstituida y, cuando supo que Roma estaba empeñada en la tercera guerra contra Cartago, llamó a toda Grecia para la liberación.
Mas ahora, Roma podía llevar a cabo tranquilamente una guerra en dos frentes. Mientras Escipión Emiliano embarcaba para África, el cónsul Mumio cayó sobre Corinto, que era una de las ciudades más pendencieras. La sitió, la conquistó, mató a todos sus hombres, redujo a esclavitud a las mujeres y, embarcando todo lo transportable a Roma, la entregó a las llamas. Grecia y Macedonia quedaron unidas en una sola «provincia» bajo un gobernador romano, a excepción de Atenas y de Esparta, a las que se les reconoció cierta autonomía. Grecia había encontrado por fin su paz; la paz del cementerio.
Ya ven. Los griegos llevan milenios haciendo lo mismo que hicieron ayer.

 

3 comentarios en “Mi crónica del referéndum griego

  1. Me gustan mucho estas entradas suyas. Y entiendo la licencia literaria y lo difícil que es no caer en un uso “conveniente” de la historia.
    Se lo digo porque precisamente tiene otra de hace unos días titulada “Qué le debemos a Grecia”, en la que defiendo que esta Grecia no es en absoluto heredera de aquella.
    Que conste que pienso que en las dos tiene razón, y en ambas está equivocado. Como no puede ser de otra forma.
    Un cordial saludo

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