Objeción de conciencia

 

Ayer el Tribunal Constitucional dictó una sentencia francamente lamentable en un recurso de amparo. La cuestión central se refiere a la existencia o no de un derecho a la objeción de conciencia de un farmacéutico sevillano conforme al cual sería nula una resolución que lo sancionaba por no contar con píldoras “del día después” y preservativos.

La sentencia es técnicamente flojísima, con una argumentación banal en extremo, basada en hipótesis y que se aparta de la configuración doctrinal que resultaba de las sentencias del propio tribunal, tras una primera sentencia (la 15/1982 de 23 de abril) que parecía admitir (aunque referida a un supuesto sí previsto expresamente en la constitución, el de objeción de conciencia en el ámbito del servicio militar previsto en el art. 30.2) un contenido mínimo constitucional a ese derecho como derivación de la libertad ideológica prevista en el artículo 16, y tras la sentencia 53/1985, de 11 de abril (sobre despenalización del aborto) que hacía una manifestación sobre la cuestión evidentemente obiter dicta. Esas sentencias fueron luego superadas por otras que declararon rotundamente que no existía un derecho constitucional autónomo a la objeción de conciencia como derivado del derecho a la libertad ideológica (esta vez como ratio decidendi de la cuestión) y que solo cuando la ley admite esa posibilidad y lo configura legalmente puede admitirse. Además esta línea doctrinal era conforme con lo previsto en el derecho de la UE y en el Convenio Europeo de Derechos Humanos  y con sentencias como la del TEDH de 2 de octubre de 2001 en el caso Pichon y Sajous c. Francia.

Esto es lo más grave. Y que lo haya hecho sobre la base de un conflicto que no se produjo (pues la sanción lo era por no tener y no por no dispensar), utilizando una argumentación extremadamente discutible, sin base en la legislación estatal ni en la autonómica aplicable, a modo de analogía infantil entre el derecho regulado legalmente del médico (que interviene activamente en el aborto) y el farmacéutico, que es uno más en una cadena, que nos podría llevar a todo el que intervenga en el proceso de obtención de materiales, síntesis química, fabricación, expedición y transporte. Y que además utilice como argumento una norma sin rango legal (los estatutos y códigos de un colegio farmacéutico) como base de creación de “confianza” que solo puedeo representarme como una suerte de subterfugio legal. Y todo ello, pese a su trascendencia, ventilado de forma totalmente superficial.

Frente a esto, y al margen de los argumentos técnicos sobre el supuesto conflicto (que comparto) en el voto particular de dos magistrados, resulta al menos clarificador que el propio magistrado ponente, D. Andrés Ollero Tassara, en un voto concurrente haya planteado la cuestión en toda su intensidad. Al menos percibo una voluntad de explicar cuál es el camino jurídico que pretende. Camino que me parece peligroso y contrario a mi visión del derecho, pero que al menos defiende de cara.

Termino. La magistrada Dª Adela Asua Batarrita, en su voto particular, da un varapalo considerable a sus compañeros de tribunal. Un varapalo técnicamente impecable y argumentado. Lo suscribo de cabo a rabo. Solo les copio el final. El excelente final:

 

8. Una vez expuestas las anteriores razones, se entenderá el estupor que me causa la limitada argumentación de la Sentencia de la mayoría, construida sobre apriorismos, sonoros silencios y omisiones, junto con sorprendentes saltos de la lógica argumentativa. Difícilmente puede asumirse la omisión de referencias a numerosos y muy relevantes pronunciamientos de nuestra doctrina constitucional así como de resoluciones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que no solo fueron alegados por quienes han comparecido en este proceso constitucional sino que también fueron utilizados en las deliberaciones previas a la aprobación de esta resolución, por varios componentes del Pleno entre los que me incluyo. Omisión, por lo tanto, consciente para los Magistrados de la mayoría que han dado su apoyo a esta Sentencia. En ella se lleva a cabo, de forma encubierta, un drástico overruling de la doctrina constitucional pergeñada durante décadas en plena sintonía con los instrumentos internacionales de protección de los derechos humanos. Este drástico cambio doctrinal puede tener consecuencias aciagas para nuestro Estado Constitucional de Derecho y, en definitiva, para el equilibrio de nuestra convivencia. Hoy es la dispensación de la píldora anticonceptiva, mañana podrán ser la vacunación obligatoria, o la obligación tributaria, o un largo etcétera, 13 los supuestos afectados por la negativa a cumplir el correspondiente deber jurídico apelando al derecho a la objeción de conciencia, conformado a voluntad de quien esgrime la objeción, sin necesidad de una previsión legal al respecto.

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Callejeros hediondos

 

Ayer bromeaba con Franco Nero, pero se ve que hay asuntos con los que no se puede bromear. Este artículo de El Confidencial cuenta que hay un catálogo de calles franquistas (esta es la segunda parte) que puede estar pensando hacer suyo el gobierno de Manuela Carmena.

La lista es muy curiosa. Muchas son personas asesinadas durante la Guerra Civil en la zona republicana. Por poner un ejemplo (y hay unos cuantos), los dos hermanos sacerdotes Juan y Demetrio de Andrés, unos señores que se dedicaron a llevar una escuela en el no muy lujoso barrio de La Ventilla, asesinados en el verano de 1936 en Madrid y enterrados en una fosa común. Hay personas fallecidas antes de la Guerra civil: por ejemplo, un tal Antonio Corpas, falangista, muerto en 1935 y que, por tanto, lo que se dice franquista no podía ser. Está llena de militares, alcaldes (muchos lo fueron antes de la Guerra civil) y algunos artistas y literatos, como Cunqueiro o Dalí. Está Manolete. Está incluso Santiago Bernabéu.

Al margen de lo anterior y al margen de lo complicado de poner etiqueta a algunas biografías, imaginemos que estamos de acuerdo en que se supriman del callejero a aquellos que compartieron de alguna forma la ideología criminal (y, en consecuencia, los actos criminales) de Franco y de su régimen. Habríamos de admitir que eso no alcanza a personas que pudieron ser utilizadas por el franquismo, como esos sacerdotes hermanos, pero a los que no cabe atribuir crimen alguno, pero sí desde luego a muchos otros que aparecen en esas listas.

Incluso habría que considerar justificado que se incluyese en la lista negra a personas como Alfredo Serrano-Jover, un señor que fue diputado muchas veces y alcalde de Madrid cuatro días, al que fusilaron por derechista y opuesto al Frente Popular en El Pardo en septiembre de 1936, junto a uno de sus hijos (del hijo no sé gran cosa, pero imagino que si lo fusilaron sería por algo muy grave a los ojos de los que fusilaban en aquellos años en España, como ser hijo de alguien).

Lo interesante de esta forma de pensar es que, puestos a quitar de en medio los nombres de gente que apoyaron a regímenes criminales, y limitándolo al siglo XX (que si nos vamos al pasado, ya me contarán por qué dar nombres de calles a Isabel la Católica, a O’Donnell o al emperador Trajano) habrá que hacer lo propio con todos esos políticos y literatos comunistas que dan nombre a tantas calles y plazas españolas. Yo, ya lo saben, aquí incluirá a todos los comunistas, ya que creo que el comunismo es, como el nazismo o el fascismo, una ideología criminal. Pero no, se ha extendido incluso el mantra contrario. Nadie dice “hay nazis buenos”, pero mucha gente dice que no “hay comunista malo”. Hace unos pocos días se retuiteaba Véase que hace unos días, en tuiter, un tuit del director de El Mundo, el Sr. Jiménez, que hablaba del despreciable régimen fascista de Corea del Norte. Como es un régimen criminal y liberticida no puede ser comunista y hay que meterlo en la categoría de los que seguían a Mussolini. Y no creo que el director de El Mundo lo dijera diga por referencia al pasado socialista de Don Benito. Perdonen, pero manda huevos, resulta que Corea del Norte no es comunista.

Pero, dejemos de lado mis manías, e incluyamos solo a los comunistas que apoyaron a regímenes indiscutiblemente criminales como, por ejemplo, el de Stalin.

En Madrid, hay una Avenida de Pablo Neruda. Hay una Avenida Rafael Alberti. Y en muchas ciudades de España hay calles, plazas, centros de salud e institutos con el nombre de Dolores Ibárruri. Hay calles en homenaje a Jean Paul Sartre (el hombre que fue saltando, admirando y admirando, de genocida en genocida). Las hay que llevan el nombre de Ernesto Che Guevara. No voy a seguir. Hay muchos más ejemplos.

Ahora díganme qué escribió o qué hizo Cunqueiro que nos obligue a expulsarle del callejero y que sea peor que esto:

 

Oda a Stalin

Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra,
descansando de luchas y de viajes,
cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano.
Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una
ola grande.
De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta
ola.
De historia, espacio y tiempo recogió su materia
y se elevó llorando sobre el mundo
hasta que frente a mí vino a golpear la costa
y derribó a mis puertas su mensaje de luto
con un grito gigante
como si de repente se quebrara la tierra.
Era en 1914.
En las fábricas se acumulaban basuras y dolores.
Los ricos del nuevo siglo
se repartían a dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales.
Ni una sola bandera levantó sus colores
sin las salpicaduras de la sangre.
Desde Hong Kong a Chicago la policía
buscaba documentos y ensayaba
las ametralladoras en la carne del pueblo.
Las marchas militares desde el alba
mandaban soldaditos a morir.
Frenético era el baile de los gringos
en las boîtes de París llenas de humo.
Se desangraba el hombre.
Una lluvia de sangre
caía del planeta,
manchaba las estrellas.
La muerte estrenó entonces armaduras de acero.
El hambre
en los caminos de Europa
fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos.
El otoño soplaba los harapos.
La guerra había erizado los caminos.
Olor a invierno y sangre
emanaba de Europa
como de un matadero abandonado.
Mientras tanto los dueños
del carbón,
del hierro,
del acero,
del humo,
de los bancos,
del gas,
del oro,
de la harina,
del salitre,
del diario El Mercurio,
los dueños de burdeles,
los senadores norteamericanos,
los filibusteros
cargados de oro y sangre
de todos los países,
eran también los dueños
de la Historia.
Allí estaban sentados
de frac, ocupadísimos
en dispensar condecoraciones,
en regalarse cheques a la entrada
y robárselos a la salida,
en regalarse acciones de la carnicería
y repartirse a dentelladas
trozos de pueblo y de geografía.
Entonces con modesto
vestido y gorra obrera,
entró el viento,
entró el viento del pueblo.
Era Lenin.
Cambió la tierra, el hombre, la vida.
El aire libre revolucionario
trastornó los papeles
manchados. Nació una patria
que no ha dejado de crecer.
Es grande como el mundo, pero cabe
hasta en el corazón del más
pequeño
trabajador de usina o de oficina,
de agricultura o barco.
Era la Unión Soviética.
Junto a Lenin
Stalin avanzaba
y así, con blusa blanca,
con gorra gris de obrero,
Stalin,
con su paso tranquilo,
entró en la Historia acompañado
de Lenin y del viento.
Stalin desde entonces
fue construyendo. Todo
hacía falta. Lenin recibió de los zares
telarañas y harapos.
Lenin dejó una herencia
de patria libre y ancha.
Stalin la pobló
con escuelas y harina,
imprentas y manzanas.
Stalin desde el Volga
hasta la nieve
del Norte inaccesible
puso su mano y en su mano un hombre
comenzó a construir.
Las ciudades nacieron.
Los desiertos cantaron
por primera vez con la voz del agua.
Los minerales
acudieron,
salieron
de sus sueños oscuros,
se levantaron,
se hicieron rieles, ruedas,
locomotoras, hilos
que llevaron las sílabas eléctricas
por toda la extensión y la distancia.
Stalin
construía.
Nacieron
de sus manos
cereales,
tractores,
enseñanzas,
caminos,
y él allí,
sencillo como tú y como yo,
si tú y yo consiguiéramos
ser sencillos como él.
Pero lo aprenderemos.
Su sencillez y su sabiduría,
su estructura
de bondadoso pan y de acero inflexible
nos ayuda a ser hombres cada día,
cada día nos ayuda a ser hombres.
¡Ser hombres! ¡Es ésta
la ley staliniana!
Ser comunista es difícil.
Hay que aprender a serlo.
Ser hombres comunistas
es aún más difícil,
y hay que aprender de Stalin
su intensidad serena,
su claridad concreta,
su desprecio
al oropel vacío,
a la hueca abstracción editorial.
Él fue directamente
desentrañando el nudo
y mostrando la recta
claridad de la línea,
entrando en los problemas
sin las frases que ocultan
el vacío,
derecho al centro débil
que en nuestra lucha rectificaremos
podando los follajes
y mostrando el designio de los frutos.
Stalin es el mediodía,
la madurez del hombre y de los pueblos.
En la guerra lo vieron
las ciudades quebradas
extraer del escombro
la esperanza,
refundirla de nuevo,
hacerla acero,
y atacar con sus rayos
destruyendo
la fortificación de las tinieblas.
Pero también ayudó a los manzanos
de Siberia
a dar sus frutas bajo la tormenta.
Enseñó a todos
a crecer, a crecer,
a plantas y metales,
a criaturas y ríos
les enseñó a crecer,
a dar frutos y fuego.
Les enseñó la Paz
y así detuvo
con su pecho extendido
los lobos de la guerra.
Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana,
icé a media asta la bandera de Chile.
Estaba solitaria la costa y una niebla de plata
se mezclaba a la espuma solemne del océano.
A mitad de su mástil, en el campo de azul,
la estrella solitaria de mi patria
parecía una lágrima entre el cielo y la tierra.
Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo,
y se sacó el sombrero.
Vino un muchacho y me estrechó la mano.
Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo
y poeta,
Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera.
«Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo
mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos
ojos del pueblo.
Y luego por largo rato no dijimos nada.
Una ola
estremeció las piedras de la orilla.
«Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió
levantándose el pobre pescador de chaqueta raída.
Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe?
¿De dónde, en esta costa solitaria?
Y comprendí que el mar se lo había enseñado.
Y allí velamos juntos, un poeta,
un pescador y el mar
al Capitán lejano que al entrar en la muerte
dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida.