A duro

 

Muy cerca de la casa de mi abuela materna había una tienda en la que se cambiaban tebeos. Yo, entonces, leía cómics de Marvel, solo de Marvel, sin saber que eran cómics. Entiéndanlo, Daredevil era Dan Defensor, Hulk era la Masa y Silver Surfer era Estela plateada. Visitaba a mis abuelos a media semana, a la vuelta del colegio, porque, aunque no me terminaba de agradar la visión mortecina y el olor a viejo, mi abuela me daba un duro y justo un duro era lo que costaba cambiar un tebeo. Estaba allí un rato, pero no hablaba gran cosa con mis abuelos. Mi abuela, que era callada y cariñosa, siempre estaba haciendo cosas. Mi abuelo se sentaba en su sillón y gruñía de vez en cuando. Solo cuando los nietos le pedíamos que sacase su pistola de fogueo, nos contaba cosas de las heladas, las hambrunas, los lobos, los alemanes y los intentos con nocturnidad de robarle aquel cerdo que engordaba para una matanza. Para no aburrirme, hojeaba esos tres libros que había en la casa: una historia de la segunda guerra mundial, un libro de naturaleza, con una enorme fotografía de un tigre, y otro que no recuerdo, pero que sé que existía. Aguantaba un rato, para no parecer interesado y luego me despedía. Mi abuela me daba el duro y un beso y yo corría a la tienda de la esquina. El tendero sacaba un montón de tebeos y los niños hacíamos cola para verlos y comprobar si encontrábamos alguna joya entre los pobres ejemplares que nadie quería y que siempre estaban allí, en el montón.

Cuando tenía quince o dieciséis años, no lo sé con seguridad, fui por última vez a la tienda. Mi abuela ya había muerto y mi abuelo vivía lejos, con una de mis tías, y casi no lo veía. Fui a vender mi colección de tebeos. Eran muchos y algunos eran cojonudos. Le saqué a aquel tipo setecientas pesetas. Empecé por aquel entonces a comprar sobre todo libros de filosofía. Años más tarde me di cuenta del error, pero era tarde. Si hubiera podido habría cogido los libros de Kant y Hegel y Kierkegaard y los habría ofrecido a cambio de mi colección de tebeos.

De no haber cometido aquel error quizás podría haber dicho que yo, de niño, leía cómics.

 

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Tras publicar la entrada me he dado cuenta de que empieza así: Muy cerca de la casa de mi abuela materna. Qué cabrón es nuestro cerebro. Así se queda.