Objeción de conciencia y desobediencia civil

 

Leo este Jabois porque dice @mtscano que Jabois se equivoca:

El asunto es interesante y no lo hemos descubierto nosotros, claro está. No solo es viejo sino que se relaciona con cuestiones de las fáciles, como, por ejemplo, cuál es el origen de la ley, por qué las normas son obligatorias y, en resumen, qué es el derecho.

Yo veo en el artículo de Jabois algunos aspectos menores que corregiría, pero son minucias: por ejemplo, lo de que el litigio versaba sobre si un farmacéutico podía no vender píldoras poscoitales o preservativos cuando trataba de saber si le debía o no caer una multa por no tenerlos en la trastienda y no por no venderlos; o que “En un debate sobre ciencia siempre es pertinente la aparición de la fe” , cuando en realidad la ciencia en este asunto nos ayuda bien poco, porque el reducto de la cuestión para la mayoría de los antiabortistas tiene que ver precisamente con la aparición de un ser humano único y eso sucede cuando se produce la concepción, y porque, y ahí está el error, las palabras “tutela” y “penal” pueden incluir al preembrión desde el momento en que lo decidamos. Digo que son minucias, porque se entiende y porque, en cualquier caso, siempre me cansan estas cuestiones, que me parece que implican, además, ceder en el terreno de juego. Los antiabortistas siempre se centran en el concepto vida humana o ser humano porque ahí se sienten fuertes y yo creo que da igual. Yo creo que el preembrión es un ser humano, y por eso sé que la ciencia no puede ser decisiva en este asunto, todo lo más nos dará alguna información relevante.

Dejemos eso de lado que sobre el aborto ya he explicado a menudo qué pienso y entremos en lo mollar, en si Jabois confunde o no objeción de conciencia y desobediencia civil.

No, no creo que los confunda. A pesar de las muchas palabras utilizadas por el magistrado Ollero para convencernos de lo contrario, la desobediencia civil y la objeción de conciencia se basan en lo mismo: el ciudadano decide, conforme a su sistema de valores, qué norma obligatoria cumple o no.

La supuesta confusión se basa en algo que es trivial: la objeción de conciencia puede ser legal mientras que la desobediencia no lo sería nunca. Digo que es trivial porque es evidente que si la norma permite que alguien deje de cumplir una obligación prevista inicialmente como general sobre la base de una alegación (la que sea) derivada de un sistema de creencias, lo que está haciendo la ley es degradar la obligación, de forma que deja de ser general. Tú estás obligado a hacer algo salvo que no quieras hacerlo y alegues una razón concreta. En ese caso, el que decide utilizar ese camino también cumple la ley. Ahí, por tanto, no hay caso.

Por decirlo de otra forma, la llamada objeción de conciencia se encuentra respecto de la desobediencia civil en una relación de caso específico frente a un tipo general si consideramos como desobediencia civil a todo el que decide incumplir la ley: por ejemplo, un asesino sería un desobediente. Si añadimos a la desobediencia civil el matiz de que el desobediente no solo quiere incumplir la ley él, sino que quiere que la ley la incumplamos todos por razones morales o que, al menos, pueda incumplirla él por esas mismas razones, se acabaron las diferencias. El desobediente también es un objetor. Por ejemplo: el médico que no quiere realizar abortos por razón de conciencia normalmente querría que no se realizasen abortos, ya que cree que los abortos son algo malo. Y como mal menor, al menos, exige que le permitan no realizarlos a él. Es justo lo mismo del objetor fiscal o del objetor al servicio militar o del que se opone a ser desahuciado porque cree que la ley es injusta. En todos ellos la base de la oposición a cumplir él la ley o a que se cumpla en general es una norma moral que le dicta que esa ley es injusta. Si la única diferencia entre el desobediente y el objetor es que el objetor es un desobediente que ha triunfado, no habría una objeción legal y otra ilegal y, por tanto, este “puede” del tuit sería innecesario:

Lo que precisamente se discute en la sentencia es si existe un derecho general a la objeción de conciencia con rango constitucional o no. Tradicionalmente se dice que no, porque, al existir una categoría de derechos fundamentales y ser la nuestra una sociedad democrática, admitirlo es admitir que cualquiera pueda incumplir la ley. Cualquier ley. Más aún, esto se relaciona precisamente con la cuestión de la propia definición sobre qué es derecho: sobre si hay derechos originarios o sobre si todos ellos son producto de leyes creadas. Yo sostengo lo segundo. Y, por tanto, considero que la llamada objeción de conciencia no existe como derecho. Simplemente a veces los legisladores creen que se puede eximir a ciertas personas de cumplir las leyes pese a que estas tengan vocación de generalidad por razones que se consideran suficientemente defendibles y porque esto no produce una disfunción tan importante como para imponer un daño personal. Así, como la intervención del médico en el aborto es personal y directa y el médico puede verse a sí mismo como un asesino, y como hay médicos suficientes que no lo ven así y las mujeres pueden abortar pese a que algunos médicos se nieguen a hacerlo, la ley (es decir, nosotros) les permite excusarse. En este caso la excusa no se basa en un derecho a la objeción de conciencia, sino en un supuesto previsto en la ley concreta para el caso concreto por las razones concurrentes, que hemos valorado. Como valoramos que el tipo del irpf sea un 17% o un 21%, llevando el caso al extremo.

Esta es mi opinión sobre el asunto. Reconocer un derecho general a la objeción de conciencia como justificación legal para el incumplimiento de la ley es la trampa iusnaturalista. El derecho es lo que se ajusta a mi conciencia (o a la de mi religión o mi tribu) porque hay una fuente natural del derecho (que es la que yo digo) y por tanto da igual lo que decida la mayoría. Y es en su estructura idéntica a la justificación de la desobediencia civil cuando el desobediente pide no ser castigado. Como he dicho muy a menudo, también la libertad o la vida, configurados como derechos, me parecen creación humanas. No creo que existan un derecho originario a la vida o la libertad.

Como es obvio, me parecen muy respetables los que por objeciones éticas deciden incumplir la ley. A veces incluso terminan convenciendo a la mayoría de que hay que cambiarla. Ya saben, Rosa Parks. Eso sí, me parecen respetables precisamente porque asumen el riesgo del castigo. Hacen política o ética o proselitismo religioso con su vida y su salud y su libertad.

Lo que no me parece admisible es que se haga exigiendo la aplicación de un principio general que implique que cualquiera pueda decidir qué ley cumple o incumple. La civilización se basa precisamente en lo contrario.

Tampoco los juristas pueden saltarse la ley. Y ahí sí hay otra pequeña diferencia con el artículo de Jabois: la mayoría del Tribunal Constitucional no es un grupo de juristas opinando. Así es el sistema. Hoy han decidido algo que me parece muy peligroso, pero ellos mandan, porque así lo dice también la ley. Y pretender que no lo acatemos (ya sé que él no pretende eso) es desobediencia civil.

Como no han dado el paso definitivo (el que pretendía el voto concurrente), esperemos que otro Tribunal Constitucional sea más razonable. En esta última frase sí hay un jurista opinando.

 

7 comentarios en “Objeción de conciencia y desobediencia civil

  1. Siempre que alguien reivindica “el derecho”, pienso en la enorme construcción jurídica que implica un simple paso de peatones. Esa creencia en el derecho natural, como si existiese algo no artificial en el derecho…
    Creo en la desobediencia civil, pero no trivializada.

  2. Si me apura también hay una diferencia de matiz entre la objeción y la desobediencia.

    La primera es pasiva, es decir, no hago algo a lo que estoy obligado por razones de conciencia.

    La segunda es activa, realizo una acción que la ley me prohibe ya que estoy en desacuerdo con esta.

    Legalmente no habrá diferencias, pero las personas si tendemos a darles diferente peso moral.

  3. Alnair, no hay tal diferencia.

    Si me siento en mi casa negándome a que me desahucien por razones de conciencia y me saca la policía a rastras es desobediencia civil.

    Todo no hacer implica un hacer otra cosa.

  4. Sí, creo que nuestro amigo quebequés se equivoca: Jabois no confunde los términos. Y también pienso (hoy voy de opiniones, nada de hechos) que usted, a veces, no ve la retranca del gallego.

  5. S., yo creo que veo la retranca. Pero -a ver cómo explico esto- creo que a la retranca hay que tratarla con la misma exigencia con la que pedimos al guionista de una película de fantasía que respete las reglas del discurso. Y creo que a veces abusa de ese recurso para decir lo que piensa de forma que no lo parezca demasiado. Esa sensación tengo a menudo. Sin embargo, lo bueno de la ironía es que te permite decir lo contrario de lo que piensas de forma que quede perfectamente claro qué piensas.

    No obstante, cualquier lectura de cualquier texto puede dar lugar a equívocos. Así que, quién sabe, puede que tenga razón.

  6. Mis disculpas a Tse por responder tarde a su interesante interpelación. Me ha resultado imposible responderle hasta ahora como se merece.

    Ciertamente como dice, el tema es apasionante y nos lleva a una pregunta clásica: por qué hemos de obedecer a la ley (o a la autoridad). Pero la cuestión que da lugar al post es más precisa: ¿deberíamos distinguir entre objeción de conciencia y desobediencia civil? Dije en un tuit que Jabois se equivoca al confundirlas en su artículo de hoy en El País, por lo demás interesante, y Tse opina que no hay tal error.

    Antes de exponer mis razones, sí me gustaría adelantar un par de observaciones. Primero, no sé si considerando mi respuesta a qtyop, Tse afirma: “La supuesta confusión se basa en algo que es trivial: la objeción de conciencia puede ser legal mientras que la desobediencia no lo sería nunca”. En mi opinión esa no es la base de la distinción que hay que trazar entre ambas, en todo caso sería una consecuencia que se seguiría de trazar tal distinción.

    Segundo, el asunto podría parecer una disputa terminológica. Obviamente el objetor de conciencia desobedece la ley (dejemos de lado los casos en los que la ley reconoce el derecho a incumplir cierta norma); si lo hace de forma pacífica y por razones de conciencia o morales, sería un caso de desobediencia civil (o civilizada). Eso nos sirve para deslindar grosso modo la desobediencia civil o la objeción de conciencia de otras formas de desobediencia como la del evasor de impuestos, el ladrón o el asesino. Pero eso no es lo que nos ocupa. El asunto es si resulta oportuno trazar una distinción entre las dos primeras. Tse piensa que no vale la pena distinguirlas y entiende que la objeción es simplemente un caso dentro del concepto más general de desobediencia:

    “Por decirlo de otra forma, la llamada objeción de conciencia se encuentra respecto de la desobediencia civil en una relación de caso específico frente a un tipo general si consideramos como desobediencia civil a todo el que decide incumplir la ley (…) Si añadimos a la desobediencia civil el matiz de que el desobediente no solo quiere incumplir la ley él, sino que quiere que la ley la incumplamos todos por razones morales o que, al menos, pueda incumplirla él por esas mismas razones, se acabaron las diferencias. El desobediente también es un objetor”.

    Desde luego, en esos términos el objetor quedaría incluido bajo la categoría más general de ‘desobediente (civil)’. De hecho, el título del célebre ensayo de Thoreau vendría a apoyarle. Nada que objetar, salvo que de esa forma perdemos tal vez algunos contrastes relevantes entre formas desobediencia. Por ello en la amplísima literatura que hay sobre el tema se considera útil distinguir entre desobediencia civil y objeción de conciencia como dos formas de desobediencia, basadas en principios o de orden moral.

    Seguramente, la más influyente ha sido la de John Rawls, quien define la desobediencia civil como “un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en las políticas del gobierno”. Mucho se ha discutido sobre esa definición y algunos de los rasgos son controvertidos, pero me interesa señalar el punto clave: la desobediencia civil es siempre un acto político. Se desobedece para llevar a cambio un cambio político, en la ley o en algún programa del gobierno, y por ello la desobediencia se realiza con publicidad; lejos de ser una desobediencia clandestina o encubierta, se da a conocer o se avisa previamente. pues pretende llamar la atención del público o de la mayoría sobre la necesidad del cambio. Como se ve, es una definición bastante más restringida que la de Tse.

    Por contraste con esta definición más estrecha, la objeción de conciencia aparece como el rechazo a obedecer una ley u orden por razones de conciencia, de índole moral. Ese rechazo no tiene por qué tener un carácter político: no ha de ser realizado en público, ni intenta atraer la atención de la opinión pública, ni tampoco persigue un cambio en la legislación o en la acción del gobierno. Pensemos en un ejemplo típico: los testigos de Jehová que se niegan a saludar la bandera o el pacifista por motivos religiosos. Simplemente el objetor no quiere cumplir con una ley que choca con alguna convicción moral importante. Para él lo importante es no actuar personalmente de forma contraria a sus creencias sobre lo que está bien o mal. En muchos casos, se conformaría con una exención de esa obligación, que le permitiera salvar su conciencia. Por cierto, ese parece haber sido el caso histórico de Thoreau: no participar personalmente en el mal.

    Hay otras diferencias entre ambas formas de desobediencia. Por ejemplo, el desobediente civil que aspira a cambiar la ley X (digamos una ley educativa) puede infringir otra ley distinta como medio para llamar la atención sobre la necesidad de cambiar X. Nada de eso tendría sentido en el caso del objetor así perfilado, que sólo desobedece aquella norma que le impone una obligación que violenta su conciencia.

    Creo que es útil trazar esa distinción entre dos formas típicas de desobediencia por razones de principio, lo que se pierde si nos quedamos con una definición más general como propone Tse. Y ello sin perjuicio de que tales conceptos son inevitablemente vagos y presentan contornos borrosos, de modo que hay inevitablemente casos inciertos y solapamientos.

    Hay otras cuestiones en el post de Tse que bien merecerían una discusión detallada: su afirmación de que todos los derechos son establecidos por la ley y, por tanto, no hay derechos morales independientes de la ley. Por cierto, se puede ser un positivista jurídico y admitir la existencia de derechos morales. Por lo demás, estoy bastante de acuerdo con su reflexión sobre la reciente sentencia del Constitucional. Pero lo dejo aquí, pues ya resulta un abuso como comentario extenso.

  7. Manuel, es muy útil todo lo que comenta, pero en cierto sentido demuestra que hace falta entrar en categorizaciones y matizaciones siempre discutibles (puesto que se basan en definiciones que damos con algún propósito) para distinguir aspectos que, siendo sin duda son interesantes, podíamos evitar al analizar el artículo de Jabois.

    En el tuit (al menos así lo entendí) se partía de la existencia de un error importante o de principio. Sin embargo, no es así. Las distinciones y matizaciones enriquecen cualquier discusión sobre la materia, pero al referirse a razones y medios, al porqué en suma alguien defiende que no se cumpla la ley en un momento dado (a veces, como expone por una razón simplemente instrumental) no debemos eludir que la raíz de todas esas conductas es la misma (siempre que el desobediente busque la impunidad): la idea de que mi conciencia es superior a la norma establecida.

    Por ser más estricto, solo veo una diferencia de principio en el desobediente que incumple la ley asumiendo íntimamente que es correcto que se le sancione por ello.

    En cuanto al último párrafo, sí, he aprovechado para dejar caer otras cuestiones de las que he hablado otras veces y en las que se me suele definir como radical. Una ventaja de no tener una formación académica muy profunda en esta materia es que esas reflexiones son producto de mi manera de entender el derecho y de una cierta tendencia a intentar aplicar la lógica incluso a cosas como la ley y su origen; la desventaja es que a lo mejor creo haber descubierto América cuando lo han descubierto muchos otros antes 🙂

    Pero casi mejor no abrir una discusión sobre esto. La última vez que lo hice en el nickjournal se me insultó muy gravemente 🙂

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