Cuentacuentos y érase una vez un manifiesto

 

Intelectual se ha convertido en un insulto. Tan obvio es esto para mí que, en un artículo en el que no decía prácticamente nada que fuera cierto, escribí:

Los intelectuales sabemos que el mundo de la cultura es un mundo sin absolutos, en el que es imposible ordenar la supuesta excelencia, siquiera porque todo es cultura y nada lo es, y lo que se pretende con esas clasificaciones es cosificar la experiencia subjetiva y convertirla en un producto embalable susceptible de transacción económica.

Por eso me extrañó que un comentarista del artículo me echase en cara la soberbia de autodenominarme intelectual. Tanto me extrañó que llegué a pensar que también el comentarista estaba de broma, pese a no parecerlo.

Ayer, un montón de actores, rodeados de algún despistado, publicaron un manifiesto. Como ya ha dicho Arcadi Espada lo que había que decir del documento, no añadiré nada, que sé que su tiempo, el de ustedes, es tan valioso que lo gastan leyendo este blog. Solo fíjense en que no dicen ser intelectuales. Ya nadie, ni ellos, los que siempre fueron los intelectuales, se llaman intelectuales. Ahora se denominan gente de la cultura. Gente que se dedica a la cultura.

Hace poco, por razones que no vienen al caso, visité una página de una pequeña productora. Es gente que lo mismo te hace una peli que una obra de teatro que te organiza un curso de fotografía. Al ver el manifiesto de la ficha (mover ficha de forma audaz, ¡audaz!) me he dado cuenta de que para conseguir los cien firmantes basta con meterte en una de esas webs y contratar un pack completo: actores, actrices, directores, escritores (¿qué es un escritor? ¿soy yo un escritor? ¿lo es uno que rellena webs con recomendaciones sobre reiki?), fotógrafos, directores, músicos. Y seguro que alguno de ellos pinta en los ratos libres.

Quizás eso explique algo. La gente de la cultura, aka los antiguos intelectuales, siempre han formado parte un cierto gremio. Un gremio muy relacionado con la fantasía y el entretenimiento, y con su comercialización. Y, cuando el término intelectual empezó a servir para chotearse de ellos, blanquearon el sepulcro y escribieron encima el neutro “cultura”. Si uno que toca el chistu firma un manifiesto referido a cuestiones económicas, políticas y sociales de enjundia en el que empieza diciendo “nosotros, los intelectuales” las fuerzas del mal siempre usarán eso en su contra. Pero si lo firma diciendo, nosotros los que nos dedicamos a la cultura, la cosa cambia, habida cuenta que todo es cultura y nada lo es, como escribió cierto intelectual.