Post hoc ergo propter hoc

 

Un mundo en el que las decisiones esenciales se tomen por cálculo racional es mejor que un mundo en el que las decisiones se basen en juicios emocionales. Afirmaría que esto que acabo de decir lo asumiría mucha gente. Al menos en las sociedades avanzadas. En cierto sentido las sociedades avanzadas (las que lo son según esos índices que solemos usar relativos a riqueza, esperanza de vida, alfabetización, acceso a estudios superiores y sanidad, entre otros) se caracterizan porque solo lo son aquellas en las que se han ido desechando al mundo privado los sistemas de valores que más trabas introducen al cálculo racional. Me refiero, claro está, a los religiosos (incluyo al comunismo en esta categoría). El dogma es peligroso porque es indiscutible. Lo racional exige, en primer lugar, la posibilidad de discutir cualquier cosa. La ventaja de la democracia representativa es doble: por un lado, permite la pacificación al crear una ficción de gobierno por el pueblo que, sin ser real por completo, se basa en algo real, la capacidad para eliminar al gobernante molesto; por otro lado, deja un campo abierto a la discusión civil, normalmente organizada en grupos de presión, con sus intereses y sus sesgos particulares. La propia discusión abierta es, en sí, una forma de decisión racional. Me explicaré: cuando permites que tus premisas se pongan en cuestión, es difícil que sus aspectos más absurdos o dañinos no se vean limados de alguna forma. El ruido y el caos de una discusión abierta son casi siempre moderadores. A veces se retroalimentan en una dirección errónea y producen más caos y dolor, pero esos fenómenos son como las infecciones más virulentas: producen muerte y extinguen al agente infeccioso con el que lo porta, cortando la infección. Por otra parte, la “lucha por la existencia” de las diferentes posiciones e intereses termina desembocando en formas de realismo material que también son moderadoras. La pluralidad diluye la capacidad de tomar decisiones de pocos al repartir el pastel. Esto no tiene por qué suceder cuando la discusión y la posibilidad de influir se cierra a unas pocas familias o grupos de interés, algo que solo se puede mantener si se basa en dogmas religiosos, como he dicho antes.

La consecuencia de esto es la del sentido. Las opciones pueden ser muchas, pero hay dos sentidos: uno hacia el cálculo más racional; otro en sentido contrario. Cuanto más nos movemos en el sentido correcto, más difícil es que una opción produzca daños. Cuanto más nos movemos en el sentido equivocado, más fácil es que se produzca el desastre. El sentido hacia la razón limita las consecuencias del azar. Por eso también es racional.

Si hay un sentido bueno y otro malo y queremos escoger el correcto, cualquier política que pretenda ser racional ha de procurar partir del análisis de la realidad. Nuestros instrumentos son imperfectos, por mucho que hayan mejorado, pero sin su uso estamos a merced de la intuición de uno o de unos pocos. Las formas tradicionales de adivinación religiosa no eran más que la forma de vestir la decisión intuitiva del líder.

Optar por el hombre que hace falta es, en consecuencia, un error. Solo las instituciones nos salvan de la anécdota y el juego de azar.

El problema es que, igual que buscamos patrones en la naturaleza, caemos con facilidad en la falacia post hoc ergo propter hoc. Cuando el líder acierta puede ser por simple casualidad. Más aún, como la historia es única, carecemos de escenario de contraste. Atribuimos a la intuición de uno el éxito y, lo que es peor, con ello alimentamos el ego y el poder de quien acertó, aumentando las probabilidades de error. Esta es también otra razón por la que hay que compartir el poder y diluir los efectos de las decisiones. También podemos caer en la falacia post hoc ergo propter hoc cuando la decisión afortunada es el simple producto de una negociación entre grupos y personas con intereses particulares. La ventaja de este segundo escenario es que su capacidad de retroalimentar posteriores errores es mucho más limitada, ya que, por definición, la decisión adoptada pertenece a muchos y todos querrán, en la siguiente ocasión, acercar más aún el ascua a su sardina, provocando una nueva discusión basada en la bondad o maldad de los propios intereses -es decir, aunque mediatamente, sobre la realidad- más que en la capacidad advinatoria de la mente que las adoptó.

La realidad es lo esencial. Seguir el curso del dinero, como hacen los buenos investigadores.

 

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4 comentarios en “Post hoc ergo propter hoc

  1. El gran problema de un mundo en el que las decisiones esenciales se tomen por cálculo racional es creérselo. Porque, de momento, no existe. Ni se le espera. La dicotomía no es cálculo racional / decisión emocional. La razón llega hasta donde llega, y atajamos. Y además, la capacidad de razonar de unos y otros difiere notablemente. Incluso la de unos y unos; depende de circunstancias.

    Para ese argumento, que es muy válido, tal vez sea más operativo hablar de la “razón exportable”. Que será en parte racional, pero en mayor medida será “atajo”. Y es importante darse cuenta del “factor atajo”; no sea que nos tomemos eso de la razón demasiado en serio, injustificadamente.

    Tampoco hay que olvidar el “factor masa”. Se puede pensar en plan individual, o en plan masa. Los dos ejercicios producen resultados muy diferentes. La masa sesga hacia el extremismo y el fanatismo. Groupthink.

    O sea, que sí, que es mejor; pero no es bueno creérselo mucho. Ocurren sorpresas. Y, conocidos los peligros, se puede empezar a pensar en los trucos para minimizarlos. Que viene siendo como empezar a aprender a pensar.

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