¿Puedes imaginar cinco millones de muertos?

 

Hoy, como consecuencia de la aparición en varios periódicos de fotografías de niños ahogados en Turquía, se ha vuelto a plantear la discusión recurrente sobre la publicación o no de ciertas imágenes en los medios de comunicación.

No quiero hablar estrictamente de esto, porque es un tema demasiado toqueteado en el que seguramente terminaré diciendo banalidades. Solo quería detenerme en un argumento a favor de la publicación que tiene una vuelta que puede que ilumine algo la cuestión. Se dice que sin imágenes como esas nadie hablaría de los niños sirios muertos ni de la catástrofe humanitaria de los refugiados. El argumento parece irrebatible. Llevamos años de guerra y los niños asesinados son decenas de miles. Sin embargo, el horror que produce ver a algunos de ellos (además, víctimas en principio de accidentes) lleva a muchos a empezar a contarlos. Vemos su cuerpo inerte, sus extremidades que cuelgan, y damos identidad humana a la víctima.

El problema de este argumento irrebatible es que no sirve para justificar la publicación constante de las víctimas de la guerra o la catástrofe natural. Es decir, que no sirve para lo que se supone que sirve. Y esto tiene que ver con los bienes escasos. Un cuadro de Matisse cuesta mucho dinero por tres razones: porque el pintor es considerado un gran maestro; porque está muerto y no puede pintar más; porque la mayor parte de sus obras están en manos muertas. Si todos los estamentos públicos pusiesen a la vez a la venta todos los cuadros de Matisse, su valor de mercado bajaría enormemente. Imaginen si pusiésemos a la venta, a la vez, todos los cuadros pintados en los últimos cien años.

Una imagen de un niño ahogado nos perturba precisamente porque es inhabitual en nuestro mundo occidental. No solo porque hayamos escondido a la enfermedad y a los muertos, sino porque protegemos mucho a nuestros hijos. Los niños en occidente son pocos e invertimos mucho en ellos.

Ahora imaginemos que hacemos caso al que pide que todas esas imágenes se vean. Las imágenes del horror y la guerra. No habría horas del día para verlas. En las sucesivas guerras del Congo, entre 1998 y 2008, murieron entre 2.7 y 5.4 millones de personas. ¿Cuántos muertos de esa guerra hemos visto en estos años? La cuestión es, además, más profunda: cada vez que viéramos una imagen de alguien torturado, decapitado,  eviscerado, destrozado por una bomba o una mina; cada niño muerto; cada fotografía con cadáveres amontonados; cada una de esas imágenes nos haría menos efecto que la anterior.

Una imagen de un niño ahogado tiene «éxito» precisamente porque no vemos imágenes de niños ahogados. En cierto sentido, recibir la atención del mundo rico es casi cuestión de suerte. Una lotería trágica que tiene que ver con la ausencia de noticias locales, con el color de la piel, con la cercanía. Una lotería que, si te toca, llevará a que un occidental, normalmente blanco y con pocos hijos, se vea sinceramente afectado por una muerte, una muerte cualquiera, una más, como tantas otras de las que nadie se acordará.

Así, cuanta más fortuna tenga nuestra causa humanitaria, menos fortuna tendrá la siguiente de la lista.

Por eso, humildemente defiendo que contemos los muertos, los mutilados y los enfermos, no que les pongamos cara. Y que contemos los recursos que hacen falta para producir un resultado material y no un grito moral. Y que gastemos parte de nuestros recursos en salvar a gente que lo necesita y en disminuir la tiranía y la enfermedad. Incluyo entre nuestros recursos el uso de la fuerza. Necesitamos contables, no fotógrafos.

Lo demás me parece mercadotecnia.

Sin embargo, es tanta la gente que es incapaz de imaginar cinco millones de muertos que, quién sabe, a lo mejor hay que enseñarle uno de vez en cuando.