Una historia

 

Diciembre de 1984. Por la noche. Hace mucho frío. Al final de la calle de Ferraz, en Madrid, hay una parada de autobús. Un adolescente está esperando el último autobús del día. Junto a él, otra persona. Mientras espera, ve como poco a poco se va acercando una figura tambaleante cubierta con un abrigo raído y sucio. Es un borracho. A la altura de la parada de autobús, el borracho se desploma, metiendo parte de la cara dentro de un charco. El adolescente, asqueado, le saca la cabeza del agua y lo arrastra un poco, hasta apoyarlo en la acera. Cuando mira a su alrededor, ve que la otra persona ya no está. Hace tanto frío que piensa que si deja allí al hombre puede que se muera.

Pero no hay nadie por la calle. Al otro lado, sin embargo, hay un bar y dentro del bar hay mucha gente; es Navidad. El adolescente cruza la calle y entra en el bar. Le dice al camarero que hay un hombre caído y desmayado al otro lado de la calle. El camarero le pide que lo repita, hay mucho ruido. Cuando lo repite algunos clientes están escuchando la conversación.

Y en ese momento, el adolescente recibe una primera lección. El camarero no contesta nada y los clientes que habían parado de hablar siguen con sus conversaciones. El adolescente está parado, de pie, en medio del bar y en medio de su estupor. Pasados unos segundos le pregunta al mismo camarero si tienen teléfono. “Al fondo de la barra”. El adolescente llama al 092 y le cuenta a la voz que hay al otro lado lo que pasa. Cuelga y pregunta al camarero cuanto le debe (el teléfono no tiene ranura para meter monedas, es de aquéllos en los que te daban línea). El camarero mira y hay algo raro en su cara. No obstante, dice que son 25 pesetas.

El adolescente está cabreado como un gorila. No le sobra el dinero. En aquella época, a la mayor parte de los adolescentes no les sobraba el dinero.

Cruza la calle. Allí sigue el borracho, con la cabeza apoyada en la acera. Pocos minutos después llega un furgón. Bajan varias personas y se llevan al hombre como si fuera un paquete.

El adolescente parece rumiar en el autobús (seguro que en el bolsillo del abrigo hay algún libro de Nietzsche, vaya paradoja). Llega a su casa y le cuenta la historia a su padre, con manifiestos signos de cabreo y frustración. Su padre le contesta: “las llamadas a la policía municipal son gratuitas”.

Demasiadas lecciones para un solo día.

 

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Gran hermano

 

Acabo de ver el “debate” en la redacción de El Mundo sobre la publicación de la ya famosa fotografía del niño sirio ahogado.

Diré con claridad lo que veo:

Cabe la posibilidad de que una reunión de la redacción de El Mundo sea así y el vídeo lo refleje con exactitud. En tal caso, habrá que congratularse por el ejercicio de autocrítica que han efectuado. Ahora solo tienen que dar el siguiente paso y dejar de decir puerilidades.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que sea un montaje. De que los que hablen sean conscientes de que les están grabando y de que se va a publicar el vídeo y de que las puerilidades sean un producto. Es decir, que puede que los periodistas que ahí actúan sean personas inteligentes, capaces de decir cosas con criterio, pero piensen que lo que sus lectores quieren escuchar es esa sarta de estupideces lacrimógenas.

Como es obvio, esta segunda posibilidad es mucho peor. Y no porque el periódico considere que sus lectores son imbéciles, sino porque el periódico vende una representación teatral como noticia.

Ah, me olvidaba. Cuando El Mundo decide que veamos cómo decide El Mundo qué sale en su portada nos cuenta una noticia. Puede que sea una noticia sin interés, pero es una noticia. Y no hay nada peor para un medio periodístico que inventar una noticia.