Mercaderes de ruido

 

Gran parte de lo que recibo estos últimos tiempos es ruido. Qué hermosas son las buenas ideas -bien articuladas-, los buenos discursos, las narraciones ordenadas, incluida la subespecie de las desordenadas conforme a un orden preciso. Una gran obra musical es eso: un magnífico orden que tenemos que desentrañar o que simplemente percibimos y nos asombra. Del esfuerzo por seguir al que te guía, o del simple reconocimiento, surge la alegría de la razón, ese gasto acelerado de consumible, incluso con el demoníaco, con el que asusta porque te tambalea las paredes de la mazmorra.

No pretendo ponerme lírico. Es simple cansancio.

En las encrucijadas, cuando es más necesaria, es más difícil la tarea racional. No solo es el miedo al dilema, a la necesidad de decidir; hay otra explicación: a las encrucijadas a veces se llega precisamente mediante la acumulación de ruido. Cuando las razones no existen o están mal articuladas o no resisten el análisis, solo caben dos posibilidades: o renunciar a ellas o renunciar a la razón. Muchos discursos irrazonables persisten porque encubren otras cosas: formulaciones míticas, pulsiones, explicaciones instintivas de nuestros males que nos evitan dolores de cabeza. Cuando esos discursos irrazonables van aumentando, acumulándose, retroalimentándose, puede que terminen llevándonos a una encrucijada. Los que han alimentado el ruido harán lo que sea necesario. Renunciarán a los residuos de racionalidad, si es preciso, porque las construcciones míticas prometen un paraíso y lo importante es alcanzarlo.

La razón triunfa siempre. Esto no es adanismo; hablo del largo plazo. Los mundos míticos se terminan falsando. Por el camino, sin embargo, escoger el camino de la irracionalidad es una mala decisión. Más tarde habrá que andar nuevamente lo desandado y habremos aumentado, con la destrucción inútil, el saldo de dolor.

El fatalismo es también una forma de irracionalidad. Por eso no creo en él. Solo un accidente suicida me quitaría la razón. No importa: de darse, la Humanidad perecerá, y los átomos ordenados de mi pantalla de ordenador estarán a disposición del azar nuevamente. Mientras tengamos una mano de cartas, sin embargo, a trompicones, terminaremos escogiendo el camino correcto.

Por eso me repugna tanto este aumento del ruido, tan enorme que resulta difícil incluso articular una simple réplica, precisamente por la arcada que produce la inmoralidad del abierto asalto a la razón, la propaganda que tantos practican.

No es por afán de tener razón. Es por afán de poder discutir racionalmente si tengo razón.

Por mi parte seguiré intentando no responder al ruido con ruido.

 

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