Una nota al pie

 

Por eso de la mercadotecnia, propuse un juego de adivinanzas en tuiter que llevó felizmente a que tuviera que escribir algo sobre Diógenes de Sinope. Es feliz la tarea porque puedo completar, con una especie de nota al pie, mi entrada de ayer.

Todos ustedes conocen la anécdota de Alejandro Magno y Diógenes. Pregunta el autócrata qué puede hacer por él y el filósofo responde: apártate y dejar de hacer sombra. El macedonio afirma que, de no ser Alejandro, le gustaría ser Diógenes. Es algo que veremos a menudo: hombres más allá del bien y del mal desafiando al poder absoluto y saliendo incólumes. Como el que insulta a Calígula; como el que agrede a Adriano; como la pianista que devuelve a Stalin la paga y promete rezar por sus pecados. Puro entretenimiento para el tirano.

Diógenes inventó la palabra cosmopolita. Yo, que he escrito esto, no puedo compartir el pensamiento del cínico, aunque lo comprendo. Nadie, en el mundo antiguo, podía pensar en un gobierno racional del mundo, por lo que ser cosmopolita era una simple llamada a una cierta virtud común, a una forma natural de ser bueno, desprendiéndose del deseo. Hubo un emperador que repetía el mensaje de los cínicos y que quiso ajustar su biografía a esa disciplina. Es el hombre que decía que la araña atrapa moscas y el emperador atrapa sármatas, pero una y otro no son más que pequeños ladrones. Decía eso, pero era el emperador. Era el que daba sombra mientras escribía como si viviera en un tonel. Escribía como ciudadano del mundo, pero impuso a Roma un hijo estúpido que quería ser gladiador.

Ese es el problema del exilio interior. El exilio interior es la forma más extrema de cosmopolitismo. Como dijo Renoir, lo malo es que todos tiene sus razones. Así que, para evitar la pelea, llego a la equidistancia suprema, al cosmopolitismo supremo: todo lo critico y como busco a un hombre honrado con un candil y a nadie encuentro, los demás me llaman sabio y loco y gran hombre. Me lo llaman, pese a la suprema injusticia de no distinguir entre el que tiene mil vicios y el que tiene solo uno. Y todos, los muy malos y los menos malos, me aplauden, porque a todos igualo.

Ser así un ciudadano del mundo, ya lo ven, no es más que una forma de cobardía. No lo reprocho; yo sería tan cobarde como cualquiera si tuviera que vivir con la maleta preparada, como le pasó a Shostakovich.

Hoy escribe Savater algo hermoso:

Cuando veo una bandera española es como cuando veo una bandera de la cruz roja: señala un sitio en que seré atendido.

No se trata de buscar un mundo sin banderas o sin Estados. Sin ellos, los hombres no encontrarán donde acogerse a sagrado. Con muchos, siempre surgirá la tentación de diferenciar a los unos de los otros. Solo precisamos uno, basado en el imperio de la ley democrática; uno en el que el ciudadano pueda razonablemente encontrar un lugar en el que ser libre.

Exilarme al interior y ser libre, pero serlo por saber que podría serlo fuera.

 

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