My pleasure

 

Hace unos años escribí, en otro blog, este pequeño relato:

B

Cuando B llegó a casa se encontró con su suegra y, al mirar más atentamente, notó que detrás de ella estaba su mujer, parapetada o presa, según el punto de vista. Saludó con desgana, los brazos colgando, mientras intentaba disimular el asco. La boca de su suegra le repugnaba y su mal aliento y el tono de voz, tan chillón, tan porcino. B era meticuloso, algo neurótico y, aunque su biografía se resumía con facilidad en un par de líneas, había soñado. Rozó veinte años atrás, sin querer, el codo de una hermosa mujer, rubia, de pelo largo, con una falda negra ajustada y una camisa blanca. Había construido alrededor de ese momento una vida paralela, repleta de dones. Por eso le gustaban las películas en las que aparecía una villa en lo alto de una montaña, con vistas al mar; porque se imaginaba libre, sentado en una hamaca, la brisa de frente, el ruido de las olas, una copa en la mano y ella llegaba, siempre bella, y le acariciaba la nuca con un beso. Su mundo imaginado se componía de estampas y no de historias, y no exigía conversaciones, porque todo se resumía en miradas, en gestos pausados, en invitaciones a un amor sin apresuramiento. Y aunque se casó con ella, ella no estaba en sus imágenes. Ella era una extraña a la que conocía furtivamente bien, porque B era observador. Años atrás oyó en la radio una palabra con una sonoridad que apreció: entomólogo. “Soy como un entomólogo” se dijo. “Los miro y no se dan cuenta”. Sí, B la conocía bien, llena de manías desordenadas. Casi no recordaba que hubo un tiempo tolerable, cuando ella se acicalaba y hablaba de viajes, cuando odiaba a sus padres, “como los odio”, decía, y buscaba la mano de él bajo la mesa de los cafés. B llegó a pensar que ella era real y su amada era falsa. Llegó a creer que un día podrían tumbarse en una cama con una mosquitera que se mecería lentamente y ella desnuda e impoluta, sin prisa, solos los dos. Pero había sido un espejismo. “Mi vida es un espejismo” se decía a veces, asombrándose con su precisión. Así que había asumido su falta de suerte. No la tuvo con ella ni con su trabajo. B vendía juguetes en una tienda del centro. Pero eso no importa, era rutina, y B se había acostumbrado a la rutina. Así que saludó con desgana y colgó su abrigo. Fue al baño y se lavó las manos. Un plato caliente le esperaba en la cocina, con un vaso de leche. Encendió el televisor y subió el volumen. Y se acordó de aquel profesor que les había enseñado que masticar bien la comida alargaba la vida diez años, por lo menos. Colocó rectos, paralelos, los cubiertos, mientras se miraba las manos, distraídamente. Entonces B notó que unas gotas de leche habían caído sobre la mesa. Acercó un dedo lentamente, pero se detuvo. Blancas islas en los mares del sur. El sol en la cara y el sabor de la sal. Y la mirada de B se pierde en el horizonte, allí donde termina el mundo.

Lo recupero porque hay dos momentos maravillosos en dos películas que me gustan mucho, que tienen relación con él.

Una es Ciudadano Kane y el momento es este:

A fellow will remember a lot of things you wouldn’t think he’d remember. You take me. One day, back in 1896, I was crossing over to Jersey on the ferry, and as we pulled out, there was another ferry pulling in, and on it there was a girl waiting to get off. A white dress she had on. She was carrying a white parasol. I only saw her for one second. She didn’t see me at all, but I’ll bet a month hasn’t gone by since that I haven’t thought of that girl.

La otra es Grand Canyon:

One morning, about three years ago, I was on my way to a meeting at the Mutual Benefit building on Wilshire, in the Miracle Mile. I love that name – the Miracle Mile. It’s the building across the street from the county art museum, I was thinking about the meeting I was going to, I was worried about it, actually, I started to step off the curb, A stranger grabbed me and yanked me back as a city bus went flying by my nose, I mean, it just fiilled up the world six inches from my nose, I would have been like a wet bug stain on the bus, I wouldn’t have even felt it, it would have been over so fast, I thanked this stranger, this woman in a baseball cap, but I was pretty much in a daze, When I thanked her, she said ”My pleasure,” I didn’t notice till the last moment that the cap was from the Pittsburgh Pirates, my favourite team since I was a kid. I never got over the idea that I should have thanked that woman more, talked to her a while, something. She reached out and yanked me back from the edge, literally. Changed everything for me, and for my wife and my son, and then she just wandered off down the Miracle Mile. How come she was wearing a Pirates cap? I just wondered, later on, was she for real, you know? Was that a real person or was that something else, you know, sent from somewhere else, to grab me back from that curb? I didn’t wanna just let you Simon drift away like she did and never talk to you. It just didn’t seem right to let it happen twice. So that’s why I’m bothering you.

A veces es como si mirásemos por el otro lado del aleph y no viéramos ya el populoso mar, el alba y la tarde, sino solo a nosotros mirando el aleph.

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4 comentarios en “My pleasure

  1. Qué bueno. Gracias por reivindicar Grand Canyon, y en particular esa escena. Se me ocurre que tal vez una variación sobre este mismo tema, en formato extendido, sea también Lost in translation, la película de Sofia Coppola.

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