Un buen plan

 

Me gustaría, llegado el momento, reunir a algunos familiares y amigos, decir adiós adecuadamente, y buscar una manera de matarme que moleste lo menos posible. Siempre he pensado que algo así sería civilizado y amable.

Sin embargo, sospecho que este plan le parecería horrible a mi mujer y a mis hijas, y que más de un amigo me diría un paradójico “te mato”. Hemos santificado tanto la vida, que pensar en pirarte de este mundo, cuando te parezca bien y avisando por anticipado, es visto como un acto egoísta o como un síntoma de padecer alguna grave enfermedad mental. Lo curioso es que en esto hay casi unanimidad: tanto como consecuencia de la idea religiosa de que nuestra vida no nos pertenece, como por la agnóstica imposición social de la vida eterna como desiderátum, ya que somos ricos, amamos las comodidades y somos esclavos de la seguridad. La muerte ha pasado de ser algo habitual, presente en la vida cotidiana, a convertirse, para los habitantes de las sociedades opulentas, en un tabú alejado, rodeado de mil eufemismos. Todo se organiza para evitar su presencia: los intentos de retrasar la vejez y, lo que es más significativo, retrasar los síntomas exteriores de la vejez, sirven también para eso.

No es que critique esto por santurronería. Me parece muy bien que la gente aspire a vivir para siempre y con el aspecto de sus veinte años (o incluso mejor). Quién sabe, quizás un día se consiga. Simplemente deberíamos intentar ser menos militantes y tomarnos la muerte con algo más de distancia e, incluso, si es posible, de humor.

Bien sé que seré tachado de frívolo e incluso acusado de hacer apología del suicidio. No es así, pero tampoco quiero explicarme mucho más. La muerte, al menos ahora, es inevitable: admitamos que haya quien quiera, libremente, actuar conforme a una realidad tan indiscutible. Sin filosofar, moralizando lo justo y pidiendo el aplauso a los espectadores.

Además, sería una estupenda fiesta.

 

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13 comentarios en “Un buen plan

  1. Quizás lo haya leído, yo lo leí de joven y convenció totalmente esta opción en un cuento de Frederick Forsyth que publicó en El Emperador. Se llama Un hombre precavido (no me atrevo a recomendar nada porque lo leí siendo un enano y no sé qué tal me parecería ahora, pero seguro le entretiene).

  2. “Me gustaría, llegado el momento, reunir a algunos familiares y amigos, decir adiós adecuadamente, y buscar una manera de matarme que moleste lo menos posible”

    Yo también me he propuesto llevar a cabo ese buen plan.
    No me engaño, sin embargo: seguramente ese “llegado el momento” no sabré reconocerlo. Y un día, sin previo aviso, me dará un “algo” que me mandará a la UVI o a una silla de ruedas, donde pasaré la última etapa de mi vida a cargo de un enfermero sudamerciano, hasta que la Naturelza me otorgue lo que me tenga reservado.

  3. Una conjunción temporal determinada. Ni antes ni después, justo cuando sucede. Días atrás una plancha metálica de 2×1,5 salió despedida de una cornisa, planeó por encima de una calle y terminó aterrizando en el jardín. A 2 metros o 5” de mí. Tampoco es que ahora me ponga a destripar hígados de oveja antes de salir de casa. No deja de ser una tontería que pensemos en estas cosas.

    Y sin embargo, desde que a mi padre le diagnosticaron Alzheimer lo hago. Con frecuencia.

  4. Lo curioso es que en mi familia celebramos una pequena tradición. Cuando alguien cumple 70 años le hacemos el funeral en vida. Invitamos a amigos, familiares… Una fiesta de cumpleaños, vamos. Pero la idea se le ocurrió a mi madre cuando se puso a charlar con mi abuela de cómo celebraría su funeral. Qué música sonaría, quién iría, qué comida pondría en la mesa… Y mi abuela dijo, “ojalá estuviera viva en mi funeral, sería fantástico”. A lo que mi madre dijo… “podemos hacerlo si quieres.” No era un adiós a mi abuela, ya que sigue viva. Era celebrar su funeral con ella. Cosa que el resto tendremos que hacer otra vez. La idea se convirtió en tradición cuando se celebró el 70 cumpleaños de mi padre, bueno, su funeral en vida.

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