Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (IV)

 

DÍA CUATRO

Lo primero que leo de cualquier libro son los prefacios y las introducciones. No comprendo por qué la gente le tiene tanta manía a leer ese estupendo diez por ciento o así de cada libro. O eso dicen. En realidad, basta con leer todos los prefacios y las introducciones, y no leer nada más, para parecer un tipo cultísimo. Y no creo que leer las obras en sí produzca un efecto similar. Una de mis sospechas es que los tipos que hacen esas estupendas introducciones tampoco han leído realmente más que las introducciones escritas por otros. Sería fabuloso que, un día, todos (autores de introducciones y lectores), reunidos alrededor de un fuego, bajo las estrellas y algo bebidos, reconociéramos que no hemos leído más que las introducciones. Nadie habría leído Fausto o El capital, por ejemplo. En ese momento, alguien sacaría de una mochila una antología poética de Juan Ramón Jiménez y, tembloroso y excitado, pasaría las páginas introductorias entre el murmullo de los presentes hasta llegar a esa Nueva Jerusalén nunca hollada por las manos de un mortal (ya sé que hollar, hollar, solo huellan los pies: se llama figura literaria), momento en el que alguien le clavaría una labrys entre los ojos. Este, naturalmente, es un sueño masculino. Hay demasiadas mujeres leyendo en el metro. Seguro que pasan a menudo de las introducciones.

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