Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (VIII)

 

Uno de los recuerdos más antiguos que conservo es el siguiente: llega mi padre a casa y le digo, “papá, me duele el estómago”; él me responde, “cuando yo era pequeño no nos dolía el estómago, porque no sabíamos que teníamos estómago”.

En aquel momento, me pareció un remedio maravilloso para el dolor. Bastaba con ignorar su existencia. Luego, algo más escéptico, comprendí que no funcionaba.

Solo fue preciso sentir un dolor para el que no tenía nombre.

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