Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (X)

 

He contado a menudo que, durante muchos años, “hice” pseudoestudios de música en el conservatorio de Madrid. Compraba un sobre de matriculación, ponía una foto en el carnet que venía dentro y rellenaba mis datos. Sin ningún sello, ese carnet incompleto (tentativa inidónea, permítanme el detalle de humor) me sirvió para asistir a todo tipo de clases y para conseguir centenares de entradas gratis para conciertos de toda índole. Así pude escuchar a las mejores orquestas y solistas del mundo durante los años en los que sí me matriculaba en la Facultad de Derecho. No me negarán que la cosa tiene su gracia: no asistir a las clases en las que sí estás matriculado, pero no (al menos, no solo) por apatía por el estudio, como lo demuestra mi asistencia a clases en las que no estaba matriculado. Incluso algún examen llegué a hacer, a modo de experimento, con resultado excelente, según mi autocorrección.

Hay, por ahí, ya ustedes saben, una teoría de los “universos fecundos”, un invento de un físico llamado Lee Smolin. En su novela de género, los universos compiten en cierta medida por los recursos disponibles. En uno de ellos, un Tsevan menos absurdo, no solo compra el sobre, sino que paga la matrícula, se deja coleta, pide que baje el IVA cultural y toca el djembé.

Su blog se llamaría “contrapunto” o alguna mierda así.

No vean lo mal que ya me está cayendo el sujeto ese.