Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XII)

 

¿Cuánto vale un rumano muerto?

Aunque les parezca una pregunta extraña, es algo que se discute a diario en una versión más general. Los muertos tienen un valor cuando alguien tiene que pagar por ellos. Siempre que escuchen esa pregunta, miren, habrá un abogado cerca. En cierta ocasión tuve que discutir por el valor de un rumano muerto. Además de muerto, el rumano era un ladrón al morir, casi adolescente. Llevaba en la mano una bolsa con lo robado y corría, de noche, perseguido por los faros —la luz que salta y rebota al compás de las zanjas— de un todoterreno.

Aunque nuestro comercio es el que es, los abogados solemos disimular y no decir cosas como “cuánto vale un rumano muerto”. También la abogada del cazador disimulaba, hasta que, al ver que yo calculaba el valor del rumano muerto como si fuera el de un español muerto, se quejó. “Eso, en Rumanía, es una fortuna”. Lo asqueroso es que la hija de la gran puta tenía razón. Pero pagó.

Su padre no parecía un ladrón. Cogió el dinero con una mano. Una fortuna. También se llevó el cadáver con la otra mano, en un ataúd especial.

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