Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XIX)

 

Hace unos años defendí a una chica de diecinueve años. Era, a la vez, defensor y acusador. Se trataba de un asunto de violencia entre novios en el que se habían visto implicados amigos comunes, a modo de bandas.

Ella le acusaba a él, entre otras cosas, de haberle provocado un aborto.

Entre toda la porquería que se acumulaba en el expediente judicial, esparcida por unos y otros, lo único que tenía sentido era un informe ginecológico. El aborto se debía esencialmente a los malos hábitos de la embarazada y a su negativa a actuar con un mínimo de cuidado.

Podía haber abortado, pero buscaba un culpable.

Con diecinueve años era tan obscenamente vieja como el mundo.

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