Quem di diligunt, adolescens moritur

 

¿Puede marcarte tanto una derrota? Quizás no y todo sea literatura. Y nos gustan las historias trágicas sobre jóvenes muertos tras consumir “vino, mujeres y no canciones melifluas, sino fuertes cigarros”. Ese era el lema de Harry Nelson Pillsbury, el rey del ajedrez a la ciega. Murió por la sífilis y la tuberculosis, con 34 años. Brilló rápido y lo consumió todo.

Es un caso de esos que ya sabemos que no puede darse. Aprendió a jugar ajedrez muy tarde, a una edad a la que ahora ya debes ser gran maestro, pero lo hizo deprisa y se instaló entre los mejores. Para sobrevivir se convirtió en una atracción de feria; así, por ejemplo, juega al whist a la vez que realiza simultáneas de damas y de ajedrez  a la ciega. En esas giras lo verán Capablanca y Alekhine. Ambos recordarán con nitidez al americano sorprendiendo al mundo. Sólo que ellos ven algo más.

Pillsbury jugando simultáneas

Pillsbury ganó al gran Steinitz solo cinco años después de aprender a jugar ajedrez y, tras asombrar en varios torneos, se enfrentó a su primera gran cita en el que fue llamado primer supertorneo de la historia, el de San Petersburgo, en 1895. Asistieron Lasker, Steinitz y Chigorin, dos campeones del mundo y un “finalista”, y los jugadores más fuertes del momento. Pillsbury comenzó arrasando.

Después de tres vueltas va el primero, con 6,5 puntos de 9. Pillsbury sólo ha sufrido algo con Steinitz, el excampeón del mundo. En ese momento, cuando van dos tercios de torneo se produce la partida decisiva. Pillsbury juega con blancas contra el campeón del mundo, Emanuel Lasker, al que ya ha ganado dos veces en San Petersburgo.

Tras 17 movimientos de un gambito de dama, los jugadores llegan a esta posición (diagrama). Le toca jugar a las negras, después de que Pillsbury amenace al alfil de dama negra con el peón situado en f5.

Lasker, en ese momento, realiza una combinación asombrosa. Se olvida de su alfil amenazado y decide atacar directamente al rey blanco.

17. … T x c3 !!

Se come el caballo blanco y coloca dos piezas en captura, el alfil y la torre. Pillsbury
decide no comer la torre, para no permitir el asedio de la dama y de la otra torre negra que irá sin duda a la columna c. Así que toma el alfil, 18. f x e6. En ese momento, Lasker, en vez de retirar su torre sin más, decide sacrificarla:

18. … Ta3!! (diagrama)

Ese movimiento debió suponer un shock para Pillsbury, que ve como su rival sacrifica material sin contrapartida aparente, pero dejando al rey blanco cada vez más desnudo y desprotegido.

La única alternativa es, tras eliminar la torre que amenaza comer en a2, devolver material, colocando el alfil de rey blanco en b5, para permitir la unión de las torres blancas. Pillsbury seguirá ese plan pero lo hace intercalando una jugada perdedora.

Juega 19. e x f7 +?, comiendo con el peón y dando jaque al rey. Lasker come el peón con la torre y entonces Pillsbury come la torre de la columna a (19 … T x f7 20. b x a3). Tras 20. … Db6 + 21. Ab5! Dxb5+ 22. Ra1 Tc7? 23. Td2 Tc4 24. Thd1? Tc3? 25. Df5 Dc4, Pillsbury se ha recuperado, debido a dos errores de Lasker, en apuros de tiempo.

Por desgracia para él, se equivoca en el momento fundamental. Juega 26. Rb2? (diagrama), en vez de la salvadora Rb1, que habría permitido al rey huir de la red de la dama negra.

En ese momento Lasker juega 26 … Txa3!! (diagrama)

Lasker sacrifica, nueve movimientos después, su segunda torre en el mismo escaque donde sacrificó la primera.

Ese momento fue trágico para Pillsbury.

Así terminó todo:

Pillsbury coloca la dama en e6 y jaquea. Lasker lleva a su rey a h7. En ese momento, Pillsbury ya no tiene salvación, pero exhausto, escoge el peor movimiento, y se come la torre con su rey (28. Rx a3??) y cae en una red de mate inevitable.

Pillsbury se rinde, puesto que es inevitable el mate, tras 32 Db6 Axb6++. Aquí pueden ver la partida completa.

Fue tan fuerte el golpe, que Pillsbury perdió las cinco partidas restantes.

La mitología dijo que la víspera de esta partida le habían diagnosticado el mal que luego lo mataría. Y aunque es cierto que estaba, como siempre, mal de salud, quizás lo que le mató fue un escaque del tablero, el escaque donde se sacrifican las torres.

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NOTA: Para interpretar los movimientos se parte de la división del tablero en filas, numeradas del 1 al 8, de abajo hacia arriba y en columnas, señaladas con las letras a, b, c, d, e, f, g, h. El primer escaque será por tanto, a1. R es el rey, D, la dama, T, la torre, A, el alfil y C, el caballo. Cuando no se indica ninguna de esas letras mayúsculas es porque el que mueve es un peón. Una x señala una captura: así A x e4 simboliza la captura por un alfil del peón situado en el escaque e4 – y un + es igual a jaque y dos [++] es jaque mate. Por último, las interrogaciones y exclamaciones califican el valor de la jugada: ?? malísima jugada – ? mala jugada – ?! jugada dudosa – !? jugada interesante – ! jugada buena – !! jugada excelente.

¿Sabes quién es Kant?

 

Ahora que Kant se ha puesto de moda, recupero esta entrada de hace casi diez años.

Me he dado cuenta de una cosa: casi nunca hablo de libros. Quiero decir que casi nunca doy mi opinión sobre un libro concreto. Esto hay que corregirlo: no puede ser que una bitácora tan comprometida con la cultura como ésta, en la que puede usté encontrar de todo, tenga una laguna tan notoria (ahora que lo pienso, el cine lo tengo algo abandonado, y las artes escénicas y la arquitectura y las ciencias esotéricas -incluida la filosofía- y … aghhhhh!!!).

Pues bien, el otro día hablaba de los libros que releo. Comenzaré por uno de ellos. Se llama ¿Está usted de broma Sr. Feynman?, y fue publicado por Alianza Editorial. En realidad no está escrito por Feynman, sino narrado por Feynman, pues consiste en una transcripción de las conversaciones que mantuvo con Ralph Leighton durante varios años.

Es curioso, aunque perfectamente explicable, que un tío que prácticamente no hizo ningún esfuerzo por escribir libro alguno, sea éxito editorial. Sus obras, incluso las técnicas, no son muy numerosas, y en ellas siempre aparecen los ejem, ejem que tanto me gustan. Esos que anuncian obras provisionales, hechas ad hoc, porque necesitaba material para dar unas clases o unas conferencias. Feynman es un tipo muy interesante; no hay más que ver el éxito de uno de sus libros: uno que contiene centenares de cartas, muchas de ellas triviales. Sucede que, constantemente, a veces en la carta más insípida, aparece uno de esos destellos tan típicos de Feynman, asombrosos por una serie de rasgos admirables y escasos: claridad, sencillez y honestidad.

El libro del que les hablo (supongo que muchos lo habrán leído) es una especie de biografía a salto de mata, en el que faltan los últimos años, esos en los que alcanzó la fama entre el común tras ser incluido en la comisión que investigaba el accidente del Challenger. Pensaron en el premio Nobel vejete que no se entera y que le da prestigio a la investigación, pero se equivocaron. Hay una carta extraordinaria en el libro que antes cito en la que Feynman dice: “Mi conjetura es que me permitirán hacer esto abrumándome con datos y detalles, con la esperanza de enterrarme en detalles técnicos, para que mientras ellos tengan tiempo de ablandar a testigos comprometedores, etc. Pero esto no funcionará porque (1) tengo información técnica y entiendo mucho más rápido de lo que imaginan, y (2) ya huelo ciertas ratas que no olvidaré, porque me gusta el olor de las ratas, que es el inicio de una aventura excitante”. El resultado del “error” fue que, no solo obligase a incluir un anexo al informe final en el que se apartaba de las conclusiones de este, sino que demostrase su dominio de la imagen sencilla cuando en televisión echó unas arandelas del transbordador espacial en vasos con agua helada para demostrar su pérdida de flexibilidad.

Pero yo he venido aquí a hablar de su libro. Como es fruto de una serie de conversaciones, se centra en episodios aislados en los que aparece un personaje repleto de atractivo. Un tipo curioso, con un sentido del humor que no desfallece. Un hombre que parece disfrutar permanentemente, incluso cuando cuenta los trabajos en el proyecto Manhattan o la enfermedad de su primera mujer (que murió muy joven). Alguien que no duda en explicar sus torpezas en las relaciones con las mujeres o a la hora de reproducir los estereotipos de la época, y que es capaz de acercarse a cualquier tipo de conocimiento con una visión aguda, desprovista de mala leche, pero terriblemente perturbadora. Un hombre que aborda cualquier cosa con una suma de perfeccionismo y alegría envidiables, y que le terminan convirtiendo en un aficionado experto en la apertura de cajas fuertes, en la percusión, en el idioma maya o en la pintura. Y, sobre todo, un profesor; permanentemente preocupado por los caminos hacia una comprensión real, que es capaz de aplicar su tiempo al análisis de decenas de obras destinadas a los alumnos de las escuelas californianas o de analizar el fracaso de un modelo, el brasileño, tan tristemente cercano (esto es una suposición mía) al español.

Creo que leer ¿Está Ud. de broma Sr. Feynman? es peligroso. Se van a reír con el italiano de Feynman, con las reflexiones sobre los filósofos de Princeton, con las bromas de universidad, con los secretos militares, con la calificación psiquiátrica que le impidió ser alistado tras la guerra, con cientos de detalles en los que demuestra su ignorancia o desvela la casualidad que le hace aparecer como un genio, pero que, paradójica e inadvertidamente (o no), nos dicen constantemente lo contrario, con un efecto algo deprimente, pero estimulante, en el moral del que le lee. Además se van a enfrentar a una mente que no admite la palabrería. Mal asunto, cuando un porcentaje tan elevado de lo que nos han definido como “saber” es palabrería.

Cuenta Maquiavelo, en una de sus cartas —enviadas desde el exilio—, cómo, tras el atardecer, y después de haber realizado las faenas del día, se adecenta y se viste adecuadamente. Porque va a abrir uno de esos libros escritos por gigantes intelectuales, a los que recibe en su casa y con los que conversa respetuosamente.

Venuta la sera, mi ritorno in casa ed entro nel mio scrittoio; e in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali; e rivestito condecentemente, entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro e domandargli della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia; sdimentico ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

Si compran el libro que les recomiendo, antes de leerlo, hagan algo parecido. Vístanse para la ocasión y limpien su casa. Estarán a punto de conversar con un genio.

 

Venganza

 

Se acercó al escaparate y miró, pero no dentro. Buscaba los ojos reflejados en el cristal. Era la única manera que conocía de verse. De tan torpe, su mente padecía la imposibilidad de la introspección. Allí estaban, cansados y grises. Su aspecto era deplorable, con la gabardina llena de manchas grasientas, la camisa arrugada y los pantalones apelotonados cerca de los tobillos, pero lo que más le inquietaba era esa mirada. Movió la cabeza, desechando pensamientos sin sentido y siguió caminando. Tintineaban unas monedas en uno de sus bolsillos y del otro asomaba un papel medio doblado. Tardó varios minutos en llegar al portal de su casa. Era de noche y al abrir la puerta dio a la llave de la luz, pero no se encendió. Se había fundido la bombilla. Antes de cerrar la puerta, aprovechó la poca luz de la calle y llamó al ascensor. Al llegar al descansillo, escuchó voces en la casa de los vecinos. Eran ecuatorianos o bolivianos o algo así, y solían montar broncas los viernes por la noche. En cierta ocasión incluso vino la policía. Las escuchó a través de las “paredes de papel”, como decía su madre, haciendo que se quejaba, cuando en realidad lo que más le gustó siempre de la casa era escuchar los líos de los vecinos. En bata, mientras pelaba judías verdes, no perdía ocasión y hasta le chistaba cuando le preguntaba por la cena o dónde había guardado las violetas, las que compraba por cuartos en la Carrera de San Jerónimo. Sabía que alguna llevaba al fondo del bolsillo de la gabardina, dura y pegajosa, sí, su madre. Se dio prisa, por si abrían la puerta y le veían allí, parado, las manos en los bolsillos, buscando las llaves. No se entendía bien con esa gente que habla tan raro, como si se rieran de uno, pensó, y no comprendía por qué se reían tanto, con la mierda de vida que llevaban, amontonados en un piso tan pequeño. Al entrar se tropezó con un jarrón que tenía en la entrada, uno que compró su madre en el Puente del Arzobispo, aquel verano, cuando en el tour casi gana uno de Ávila con cara de paleto. Lo usaba de paragüero y para meter enrollados los periódicos gratuitos que le daba donde el metro uno que había sido drogadicto y ladrón y que ahora sólo era drogadicto. Le habían sacado de lo de la droga en una finca en Granada y hasta había engordado, el jodío. Un día le contó que más de una noche creía ver fantasmas en las ventanas y que las tripas se le revolvían con tanta fuerza que parecía que fuesen a explotar de tan chungo, decía, con esa especie de peto que llevan los repartidores. Va camino del baño, a oscuras. Abre un mueble donde guarda las medicinas. No tira nada. Están hasta las pastillas de su madre, las que usaba para dormirse, las que le recetó aquella médica tan guapa, pero fue a base de pesada, “que no descanso, que me duermo luego por los rincones”. Abre la caja y saca una pastilla, luego otra, y poco a poco saca todas. Se las toma mientras mira en el espejo, pero no hay luz y no se ve y murmura, mientras muerde, nunca más me mirarás así.

¿Y vosotros dónde estabais camaradas?

 

El 25 de febrero de 1956, Nikita Jrushchov presentó su famoso informe secreto. Se estaba desarrollando el vigésimo congreso del PCUS, sólo tres años después de la muerte de Stalin, y esos hombres poderosos y corruptos estaban a punto de oír algo que sabían, pero que no creían pudiera decirse abiertamente:

“… En este momento nos interesa analizar un asunto de inmensa importancia para el partido, tanto ahora como en el futuro… Nos incumbe considerar cómo el culto a la persona de Stalin creció gradualmente, culto que en momento dado se transformó en la fuente de una serie de perversiones excesivamente serias de los principios del Partido, de la democracia del Partido y de la legalidad revolucionaria.

Debido a que todos no se han dado cuenta cabal de las consecuencias prácticas derivadas del culto al individuo, del gran daño causado por el hecho de que se haya violado el principio de la dirección colegial en el Partido, concentrando un poder limitado en las manos de una persona, el C.C. del Partido absolutamente necesario exponer los detalles de este asunto al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética.”

A continuación desgranó con detalle los crímenes de Stalin hasta llegar a la frase:

“El comportamiento arbitrario de una persona estimuló la arbitrariedad en otras.”

Desde entonces se usa la expresión “culto a la personalidad” para referirse a esas situaciones tan habituales en las que un líder es reverenciado de forma cuasirreligiosa por su pueblo (o impone esa reverencia por medios totalitarios de control del pensamiento y de la opinión). Todos conocemos los ejemplos extremos, asociados a formas o regímenes políticos autoritarios. No deja de ser sarcástico que acuñase el término un secretario del PCUS.

Sin embargo, esta sociopatía es menos interesante en sus formulaciones extremas, en las que la violencia se encuentra presente en grado tan brutal. Es más interesante observarla en aquellos regímenes o sistemas políticos en los que se predica la existencia de controles democráticos del poder, en los que existen contrapesos, porque siempre aparece, aunque sea de forma indiciaria. Incluso se resalta en los líderes la cualidad del carisma, la “baraka”.

Creo que no podemos librarnos de la llamada de la religión y de la magia. Confiamos en la suerte y en el buen hacer del líder porque percibimos crípticas condiciones para el mando. No es de extrañar que tantos monigotes sangrientos se hayan intitulado guías o jefes.

Incluso en las organizaciones que se manifiestan favorables a la crítica racional, al cumplimiento de las normas y al abordaje objetivo de los problemas, termina apareciendo el culto a la personalidad del líder. Porque nos unifica. Se dice que las ideas unen. Yo diría que nos acercan, pero el pegamento termina siendo la referencia y el aliento del líder. Los hombres que mandan exigen lealtad y obediencia, porque asumimos que están dotados de una visión superior, ven amaneceres en la lejanía y su triunfo, una mera falacia retrospectiva casi siempre, se convierte en la prueba de la existencia de Dios. 

Supongo que el problema es insoluble. Cuando el enemigo o el adversario está fuera del círculo y tú estás dentro, lo más importante es el círculo mismo. ¡Ay del que ose discutir que los procedimientos nos apartan del objetivo que nos unió! Así, la apariencia de fortaleza termina prevaleciendo sobre la fortaleza misma y los objetivos prístinos que unieron a los hombres se olvidan, se camuflan, se trastocan. Después, el comportamiento arbitrario de una persona estimulará la arbitrariedad en otras, como nos enseñó —sí, soy irónico— Nikita.

Por eso es tan atrayente la idea de frontera, porque no puedes conquistar nuevas tierras mientras estás estabulado. El aspecto siniestro de esto es que el trek suele ser colectivo. 

Mientras tanto, tendremos que regocijarnos con el grito anónimo que se oyó en medio del discurso de Jrushchov: “¿Y vosotros dónde estabais, camaradas?”

 

Un sueño de Mercutio

 

De un lado, Platón, San Anselmo, Descartes y Hegel.

Del otro, Aristóteles, Santo Tomás y Kant.

Entra el moderador, un tal Karl Marx, se tropieza y farfulla:

— Dios, casi me caigo.

San Anselmo gruñe algo y Marx le dice:

— Hable más alto, monje, aquí puede hablar cualquiera … de momento.

— He dicho dixit insipiens in corde suo: non est Deus.

— Ya estamos -dice Santo Tomás con su voz aflautada- he demostrado cinco veces …

— ¿Que has demostrado …? -grita Aristóteles- Κύκλο χρησιμοποίησέ τη δύο. Νέο αν σελίδων μπορούσε εξοργιστικά.

— ¿Qué dice? -pregunta Descartes.

— Nada -susurra Platón socarronamente-, está como siempre, generando textos al azar.

— A ver -grita Marx- ¿quién esta de acuerdo?

Todos levantan la mano menos Hegel, que se ha quedado dormido, enrollado, en posición fetal, y Kant que está mirando, con lujuria, la entrepierna de Marx, o el reloj de bolsillo de Marx, vayan ustedes a saber.

— Bueno, pues ¿quién no esta de acuerdo?

Esta vez todos levantan la mano, incluyendo Hegel que, con los gritos, se ha despertado, se agarra con la mano libre sus partes pudendas y se mueve nervioso. Marx se da cuenta y le da permiso para ir a filosofar.

— Así no avanzamos -dice Marx-. Planteemos el problema y busquemos una síntesis superadora. Venga, vamos a hablar por turnos.

Platón sentencia:

— Nosotros somos sombras de las ideas y las ideas tienen un sol, el Bien. Por eso las ideas son, porque el Bien les da su ser.

Contesta Aristóteles:

— Tú eres una sombra, no hay duda, y tienes el sol en el culo. El motor inmóvil es la explicación.

Replica San Anselmo:

— Las ideas de Platón son pueriles pero están encaminadas, como la risa de los niños que se acercaban a Cristo. Lo que en su ingenuidad querría ser capaz de afirmar es que si Marx dice Dios es porque entiende la idea de Dios como suma de todas las perfecciones y por eso Dios tiene que existir.

— ¡Y lo acusa de pueril! -grita Santo Tomás-, ¡y le han hecho doctor de la Iglesia! ¡Las causas, las causas son la clave! -y empieza a sacar tomos de su Summa Theologica por debajo del hábito.

— Mon Dieu -silabea desdeñoso el francés-, YO les diré la verdad. Piensen, bêtes, y elévense desde la finitud del yo, rompan los límites y vean en ustedes a Dios. Porque la idea del Supremo artífice se crea con nosotros desde que nacemos y aspiramos … ¡Ahhh! ¿Qué ha hecho maldito teutón? ¿Por qué me ha pisado?

— Perdone jesuita -dice Kant- sólo pretendía que dejase de levitar. No hacen más que darle vueltas, insignes pigmeos, a ideas de Dios que no demuestran su trascendencia porque no aseguran su positio fuera de mí. Ach, sólo yo sé, y he demostrado, que somos morales y que no podríamos serlo sin Dios.

En ese momento regresa Hegel con la pernera del pantalón mojada, llorando desconsolado mientras murmura:

— … esparasimismasupropiocontenidoencuantosediferenciaidealmenteellamisma yencuantoencadaunadesusdiferenciasesidenticaasimismaperodeunaidentidadenque…

Todos lo consuelan, salvo Mercutio, digo Marx, que escribe NO en una pared.

Et in Arcadia ego

 

1769. El doctor Johnson observa en casa de su amigo Sir Joshua Reynolds una pintura en la que se ve a dos mujeres, sentadas frente a una losa en la que está escrito un epitafio: Et in Arcadia ego.

El doctor no entiende el epitafio, “¿estoy en Arcadia?”, se pregunta. Reynolds le contesta: “su majestad Jorge III os lo habría explicado; ayer vio el cuadro y dijo: oh, hay una tumba al fondo; ay, ay, también en Arcadia existe la muerte”.

Arcadia, donde habitan los pelasgos, un pueblo que resiste a los espartanos y adora a Pan, el dios que baila en lo alto del monte Menelao. Los poetas romanos, a través de Polibio comenzaron a idealizarla. En Las Bucólicas de Virgilio, deja de ser una zona agreste e inhóspita y se convierte en un lugar mágico, de clima agradable, con una eterna primavera, y anocheceres amables. La muerte aparece lejana, en la memoria de los amigos, en forma de túmulo recordatorio: … et tumulum facite, et tumulo superaddite carmen: DAPHNIS EGO IN SILVIS HINC VSQUE AD SIDERA NOTVS FORMONSI PECORIS CVSTOS FORMONSIOR IPSE.

Olvidada la Arcadia durante la Edad Media, el Renacimiento la recupera unida a la idea de antigüedad clásica. Ya no es un lugar feliz e idílico; es más un tiempo idílico, un tiempo que ya pasó y que se intenta revivir en los jardines de los Médicis en Fiésole, en el que los elegidos adoptan idealizados comportamientos pastoriles. Ese tiempo perdido es un lugar perfecto para la elegía y una crítica a la vulgaridad del propio momento. Así aparece en Tasso.

Confluyen las interpretaciones y los propios símbolos. Y al lugar feliz se le añade el memento mori medieval. Es el momento de Guercino y su celebre Et in arcadia ego. Esa calavera, la calavera parlante de los sermones terroríficos —peace, good Doll, do not speak like a death’s-head, do not bid me remember mine end—, el aviso de que la muerte nos ronda, se les aparece abruptamente a los pastores y les dice: sí, hasta en la Arcadia, habita la muerte. El rey había acertado. Así nace esa famosa frase.

Sin embargo, no es ésta la interpretación que termina siendo usual en la iconografía posterior, sobre todo fuera de las islas británicas. Veamos por qué.

Poussin usa el motivo en dos famosas pinturas:

En la primera, se ven los ecos de la pintura de Il Guercino: aún hay sorpresa y agitación, y la calavera está presente, aunque disminuida y en segundo plano, apoyada sobre una tumba clásica.

Sin embargo, en la segunda, el motivo aparece transformado por completo. En la composición ya no hay escorzo. Vemos un grupo de personas que, reunidas y en calma, hablan, reflexionan, leen la inscripción. Todo es melancólico recuerdo del amigo. La calavera ha desaparecido.


Desde Poussin la frase se interpreta como un yo también viví en la Arcadia, y así permanece y se amplia en todas las referencias románticas, sobre todo las literarias. La muerte ha desaparecido de la ecuación y la expresión se convierte en simple recuerdo de una época feliz, ya periclitada.

Hasta el fin del ciclo. Fragonard termina pintando a dos cupidos que se abrazan dentro de un sarcófago hecho pedazos. En palabras de Panofsky, aquí acaba el tema su ciclo evolutivo. Al aviso de Guercino, “también en Arcadia reina la muerte”, el dibujo de Fragonard responde, “incluso en la muerte puede hallarse la Arcadia”.

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El malo, el bueno y el tonto

EL MALO

El malo se llama plasmodium: es un protista que vive en el mosquito anopheles, pero que, de cuando en cuando, se da un tour por los seres humanos provocando la malaria. Les encantan los fetos humanos, debido a la ausencia de un sistema inmunitario desarrollado.

Aquí tenemos una estupenda fotografía del resultado de un viaje de nuestro maligno protagonista por el torrente sanguíneo. Se come literalmente las proteínas de la hemoglobina hasta que los glóbulos rojos explotan. El enfermo de malaria padece en ese momento episodios de fiebre terribles. Si se trata de un niño, lo normal es que muera.

Este asesino de niños está extendido prácticamente por todos los continentes. Sin embargo, un mapa nos aclara más cosas.

 

EL BUENO

El bueno es el diclorodifenil-tricloroetano, también conocido por su nick DDT. Se lo debemos a un estudiante, Othmar Zeidler, que en 1874 mezcló un somnífero, “Las gotas fulminantes” o “Mickey Finns”, con clorobenceno en ácido sulfúrico. Tuvieron que pasar cincuenta años hasta que los suizos de la Geigy, en 1939, se dieran cuenta de que mataba a los insectos. Churchill lo llamó polvo excelente cuando se empezó a utilizar en las selvas birmanas por el ejército. Esta molécula abre un canal en las membranas celulares que permite a los átomos de sodio circular libremente. Las células nerviosas se disparan continuamente y el insecto muere exhausto.

Entre sus víctimas las pulgas de la peste, los piojos del tifus y el mosquito anopheles.

Durante treinta años se fabricaron más de tres millones de toneladas.

EL TONTO

El tonto es el ser humano.

En 1948 se empezó a usar DDT en Ceilán. Había 2.500.000 casos de malaria en la isla en aquel momento. En 1962 sólo hubo 31 casos.

Sin embargo, 1962 es también la fecha de publicación de La primavera silenciosa. Su autora, Rachel Carson, en esta obra, biblia del ecologismo, llamaba al DDT elixir de la muerte.

Tamaña acusación se basaba en que la afirmación de que el DDT mataba la vida salvaje, causaba cáncer en los seres humanos y se acumulaba, al no ser biodegradable. Los químicos analíticos comprobaron que el DDT estaba por todas partes, en el suelo, en el agua, en la comida, en los tejidos humanos.

Empezó una batalla que ganó el miedo. Se dejó de usar en Ceilán en 1964. En 1969 se produjeron 2.500.000 casos de malaria, de nuevo.

Pero ¿es cierto que el DDT era tan malo? Para empezar, la afirmación de que causaba cáncer nunca fue probada. Más aún, la OMS considera como nivel seguro máximo el de 225 mg/año. En el momento de mayor uso del DDT, la exposición máxima era de unos 25 mg/año. Está probado, además, que se pueden beber de golpe 4.000 mg. sin consecuencias nocivas.

Además, el estudio en que se basaba la afirmación de la persistencia del DDT en el suelo estaba mal diseñado. Se aplicaba a una parcela una cantidad diez veces superior a la normal de DDT. Luego se dejaba seca y a oscuras. En esas condiciones el DDT no se degradaba. Sin embargo, en un suelo normal, los microorganismos digieren el DDT y sus efectos duran apenas dos semanas (lo desactivan eliminando un átomo de cloro). En el agua salada ocurre igual. En un mes desaparece el 90 % del DDT.

La única razón para dejar de utilizarlo era la aparición de insectos que habían desarrollado la capacidad de producir una enzima que lo hacía inocuo (hoy hay alrededor de 500 especies resistentes). Sin embargo, debería haberse seguido utilizando hasta que se hubiese probado su ineficacia. Quizás antes hubiera terminado con el malo de nuestra película.

Somos extraños los seres humanos. Llamamos elixir de la muerte a la sustancia química que más vidas ha salvado en la historia de la humanidad. Es verdad que los que disfrutaron de una década bendita viendo crecer a sus hijos sin fiebres eran negros, negros de África y de Asia . Y que la causa de la guerra contra el DDT era ecológicamente justa. ¿Qué pesa más en la balanza, la posible muerte de los pájaros de nuestros bosques y el posible cáncer de los longevos hombres blancos y las longevas mujeres blancas de nuestras opulentas sociedades, o la muerte cierta de millones de hombres, mujeres y niños de piel oscura?

Si tiene duda, consulte el dinero gastado para encontrar una cura para el alzheimer y el que se ha gastado para encontrar una vacuna contra la malaria.

El entorno

 

Estos días he hablado varias veces con mis hijas sobre el miedo. Los últimos atentados terroristas en París y las noticias sobre la amenaza del terrorismo yijadista las han afectado. A ellas y a sus amigos. Es comprensible: empiezan a plantearse la posibilidad de que el próximo asesino chiflado la emprenda a tiros en una discoteca o en una terraza madrileña. Me cuentan que este miedo está presente en las conversaciones con sus compañeros de clase o de facultad, con sus amigos. Que se preguntan por las causas, por las respuestas. Cualquier anomalía —como que se vaya la luz unos instantes en el andén de una estación del metro— se convierte en una amenaza latente, en algo hasta ahora desconocido.

Siempre les digo lo mismo: ese miedo no dura. Es producto de la novedad. Han pasado ya casi diez años desde el atentado de la T4, que recuerdan, por cierto, ya que el nuestro fue el último avión que salió de Barajas ese día, camino de Lanzarote. Pero eran muy niñas. No han vivido, como vivimos los de nuestra generación, con las noticias constantes de atentados terroristas. Yo tenía diez años cuando murió Franco. Durante treinta y cinco años me acostumbré, como todos los españoles, al atentado periódico. Y a las bombas. Fui vecino de la viuda y los hijos de uno de los ingenieros asesinados por ETA en la época de la construcción de la central de Lemóniz, vivía muy cerca del lugar en el que estalló una bomba en 2001, en la calle Goya, en Madrid, un amigo estuvo a punto de morir en el atentado de la República Dominicana y otro vio destrozada su casa por la bomba que estuvo a punto de matar a Aznar. Bromeaba hace unos días con uno de mis hermanos, recordando no solo esto, sino esas ocasiones en las que hablábamos, antes de 1989, de ese misil soviético con una bomba atómica que apuntaba a la base aérea de Torrejón y que nos haría fosfatina en un minuto.

Naturalmente, soy consciente de que muchas personas, objetivos declarados de los etarras, sí vivieron con un miedo permanente, pero el terrorismo no solo era real, sino que era real la lotería, porque ETA sí mataba indiscriminadamente. Yo crecí rodeado del terrorismo etarra y esto se convirtió en parte del paisaje. Quizás sí teníamos miedo, pero no lo notábamos demasiado, porque era como el agua para los peces.

Hubo, sin embargo, algunos que no lo sintieron demasiado. Quizás, por esa razón, para ellos, la crítica a ETA no era radical, sino que se cargaba de matices. Los etarras eran unos descarriados, unos gamberros.

Esa parte del relato aún se mantiene, por desgracia. Para ellos, ETA respetaba el “entorno general”.

Entre comillas, eso sí.

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“Todos somos”, ese eslogan criminal

 

Hace años escribí una entrada sobre las víctimas del franquismo que recuperé en otra entrada reciente. En ese texto decía lo siguiente:

Y cuando se habla de bandos lo implícito no es tanto una comparación entre regímenes, sino entre personas. El hincapié en los restos de las víctimas, setenta años después, se convierte en un remedo de la persecución medieval de reliquias. Objetos que nos hacen buenos, justos, víctimas vicarias, igual da cómo fueran y cómo seamos. Se pretende, en suma, cargando de razón una visión infantil de la vida, fijar en mármol una verdad eterna. Una de las consecuencias actuales es que los descendientes de los que ganaron sean los de derechas, porque ellos no han absorbido la bondad de las víctimas del bando perdedor. Y de esa forma, la responsabilidad en los crímenes  tiene que ver con defender cierta ideología, conservadora, de derechas. Así, si tu padre fue un franquista torturador pero tú estás afiliado al PSOE, ese acto te libera de la mancha, pero si lo estás al PP, eres un heredero del franquismo.

Víctimas vicarias, decía. Ayer fue entrevistado Bertín Osborne por Gemma Nierga en la cadena SER.

Esto dice literalmente la entrevistadora (es hallazgo del robot):

“Pero cómo vamos a olvidarnos de que mató a gente que ahora mismo te están escuchando, Bertín”

Sí, esa es la cuestión. Es cristalino.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXVII)

 

Hoy, a cuento de una fotografía de Carlos Barral, he estado hablando sobre sátiros y he recordado una historia que tiene el sello de las buenas historias.

La cuenta Plutarco en una de sus obrillas sobre ética, recopiladas por un monje bizantino en el Medioevo —dato la recopilación para escribir Medioevo—. La obra se llama De defectu oraculorum y en su número 17 cuenta lo que sigue:

 

17  (…) “As for death among such beings, I have heard the words of a man who was not a fool nor an impostor. The father of Aemilianus the orator, to whom some of you have listened, was Epitherses, who lived in our town and was my teacher in grammar. He said that once upon a time in making a voyage to Italy he embarked on a ship carrying freight and many passengers. It was already evening when, near the Echinades Islands, the wind dropped, and the ship drifted near Paxi. Almost everybody was awake, and a good many had not finished their after-dinner wine. Suddenly from the island of Paxi was heard the voice of someone loudly calling Thamus, so that all were amazed. Thamus was an Egyptian pilot, not known by name even to many on board. Twice he was called and made no reply, but the third time he answered; and the caller, raising his voice, said, ‘When you come opposite to Palodes, announce that Great Pan is dead.’ On hearing this, all, said Epitherses, were astounded and reasoned among themselves whether it were better to carry out the order or to refuse to meddle and let the matter go. Under the circumstances Thamus made up his mind that if there should be a breeze, he would sail past and keep quiet, but with no wind and a smooth sea about the place he would announce what he had heard. So, when he came opposite Palodes, and there was neither wind nor wave, Thamus from the stern, looking toward the land, said the words as he had heard them: ‘Great Pan is dead.’ Even before he had finished there was a great cry of lamentation, not of one person, but of many, mingled with exclamations of amazement. As many persons were on the vessel, the story was soon spread abroad in Rome, and Thamus was sent for by Tiberius Caesar. Tiberius became so convinced of the truth of the story that he caused an inquiry and investigation to be made about Pan; and the scholars, who were numerous at his court, conjectured that was the son born of Hermes and Penelopê.”

Ya ven. En época del emperador Tiberio, es decir, en época de Cristo, un barco que navega hacia Italia se encuentra con una mar calma que le obliga a parar, cerca de la patria de los que se convierten en piedra tras ayudar a Ulises (Nausícaa, qué nombre, joder). Una voz, desde la costa, pregunta por Thamus, el capitán egipcio del navío, y le pide la merced de anunciar, cuando llegue a Pálodes, que el gran dios Pan ha muerto. Lo hace y se eleva un común y enorme grito de lamento.

Acababa de morir la Antigüedad.

Y en esto he gastado un rato.