Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXII)

 

Hoy cumplo cincuenta años y me doy cuenta del error cometido al no empezar este diario a los quince. Estoy absolutamente convencido de que en estos treinta y cinco años me han pasado cosas increíbles, divertidísimas, interesantísimas, intensas, únicas.

No las apunté por desidia y ahora casi todas se han perdido como lágrimas en la lluvia, como bártulos en el desván, como agujas en los pajares. Absuélvanme, estaba ocupado viviendo.

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Ser cursi me parece facilísimo. Lo que me parece muy difícil es serlo sin bromear. Mejor: serlo sin dar a entender que bromeas.

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Conocí hace muchos años a un tipo que trabajaba para la Comisión Europea. Era el primero de su calaña que conocía. Tenía una novia adinerada con negocios de hostelería, hortera y rechoncha, a la que ponía los cuernos con fruición. Se dedicaba a realizar montajes fiscales fraudulentos en sus ratos libres y además viajaba una vez al año a países del tercer mundo en busca de prostitutas baratas. Al menos lo contaba así. Era joven, entonces, con aspecto de roedor —imagino que lo conservará—, y solía vestir jerseys de talla inadecuada, que le tapaban la mitad de las manos.

Menos mal que luego conocí a otros tipos que han trabajado para la Comisión Europea. De no ser así, imaginad la idea equivocada que habría tenido de ellos.

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