Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXIV)

 

Mi primer despacho estuvo en la calle General Pardiñas. Éramos cinco, todos jóvenes, y nos gastábamos prácticamente todo lo que ganábamos, que tampoco era mucho, en pimplar como piojos. Uno de los sospechosos planes habituales, al salir de trabajar, era cruzar la calle y entrar en una cervecería que ya no existe. No recuerdo el nombre, pero estaba al lado de una cafetería muy del barrio de Salamanca llamada Tankas que también cerró años después. A continuación -no hay dos sin tres- había (sigue habiendo) otra cervecería, la Daniela.

Muchas veces cerramos el lugar, a las dos o las tres de madrugada, borrachos, pero alimentados. Esa era una de las gracias. Al poco tiempo, uno de los camareros, un camarada de horas muertas, empezó, llegada la hora bruja, a surtirnos de unas raciones buenísimas que obtenía misteriosamente tras desaparecer un rato en la trastienda. Al final supimos dónde estaba la cueva de Alí Babá. Nos explicó que la Daniela y la cervecería se comunicaban por la parte trasera y que de allí venían esas raciones de ensaladilla, ropa vieja o patatas alioli, restos del día.

Charlas a grito limpio, remendando el mundo, calla que no tienes ni puta idea.

 

3 comentarios en “Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXIV)

  1. Ay, y todos nos veíamos al lado de una chimenea enorme, con un doberman sentado a nuestra derecha y Kim Basinger echada a nuestros pies.

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