El entorno

 

Estos días he hablado varias veces con mis hijas sobre el miedo. Los últimos atentados terroristas en París y las noticias sobre la amenaza del terrorismo yijadista las han afectado. A ellas y a sus amigos. Es comprensible: empiezan a plantearse la posibilidad de que el próximo asesino chiflado la emprenda a tiros en una discoteca o en una terraza madrileña. Me cuentan que este miedo está presente en las conversaciones con sus compañeros de clase o de facultad, con sus amigos. Que se preguntan por las causas, por las respuestas. Cualquier anomalía —como que se vaya la luz unos instantes en el andén de una estación del metro— se convierte en una amenaza latente, en algo hasta ahora desconocido.

Siempre les digo lo mismo: ese miedo no dura. Es producto de la novedad. Han pasado ya casi diez años desde el atentado de la T4, que recuerdan, por cierto, ya que el nuestro fue el último avión que salió de Barajas ese día, camino de Lanzarote. Pero eran muy niñas. No han vivido, como vivimos los de nuestra generación, con las noticias constantes de atentados terroristas. Yo tenía diez años cuando murió Franco. Durante treinta y cinco años me acostumbré, como todos los españoles, al atentado periódico. Y a las bombas. Fui vecino de la viuda y los hijos de uno de los ingenieros asesinados por ETA en la época de la construcción de la central de Lemóniz, vivía muy cerca del lugar en el que estalló una bomba en 2001, en la calle Goya, en Madrid, un amigo estuvo a punto de morir en el atentado de la República Dominicana y otro vio destrozada su casa por la bomba que estuvo a punto de matar a Aznar. Bromeaba hace unos días con uno de mis hermanos, recordando no solo esto, sino esas ocasiones en las que hablábamos, antes de 1989, de ese misil soviético con una bomba atómica que apuntaba a la base aérea de Torrejón y que nos haría fosfatina en un minuto.

Naturalmente, soy consciente de que muchas personas, objetivos declarados de los etarras, sí vivieron con un miedo permanente, pero el terrorismo no solo era real, sino que era real la lotería, porque ETA sí mataba indiscriminadamente. Yo crecí rodeado del terrorismo etarra y esto se convirtió en parte del paisaje. Quizás sí teníamos miedo, pero no lo notábamos demasiado, porque era como el agua para los peces.

Hubo, sin embargo, algunos que no lo sintieron demasiado. Quizás, por esa razón, para ellos, la crítica a ETA no era radical, sino que se cargaba de matices. Los etarras eran unos descarriados, unos gamberros.

Esa parte del relato aún se mantiene, por desgracia. Para ellos, ETA respetaba el “entorno general”.

Entre comillas, eso sí.

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2 comentarios en “El entorno

  1. No sólo no teníamos miedo, sino que en los 80, al menos en Madrid, confluyeron de forma no contradictorias la época más sangrienta de ETA y la movida, que fue la expansión anti-miedo más grande que se se ha producido en este país. Su entrada indica acertadamente que esa falta de miedo quizá fuera consecuencia de cierta simpatía que ETA tenía todavía entre sectores juveniles e izquierdistas. Sí, existía la posibilidad de caer, pero como “daño colateral”. Nadie iba a por nosotros. Seguíamos estando en lo alto de la pirámide alimentaria. Ahora hemos bajado varios puestos.

  2. Vivo en Londres, y lo mismo le comentaba yo a una amiga inglesa el viernes pasado que me preguntaba si no tenía miedo, porque aquí están todos con los nervios a flor de piel. Me preguntó si no estaba asustado, y le dije que no mucho, la verdad, porque como es algo sobre lo que no tengo ningún control, es absurdo vivir con miedo. Me dijo que no acababa de entender eso, si eso es precisamente lo que le asustaba a ella, saber que puede pasar en cualquier momento y en cualquier sitio. Yo le dije que lo que pasa, quizá, es que siendo yo español y peinando canas, he tenido que vivir con el terrorismo casi toda mi vida, con temporadas de muertos casi diarios. Con 12 años, vi como ametrallaban a un guardia civil a la puerta de mi colegio. También mataron al hermano del director del colegio, ambos el GRAPO. Amigos guardia civiles en el País Vasco en los años duros que contaban películas de terror. Una bomba explotó enfrente del instituto al que iba, en una oficina de empleo, reventando todos los cristales de clase con nosotros dentro. Y he perdido ya la cuenta de las veces que he sido evacuado por amenaza de bomba, una vez, incluso, de una terraza, a gritos, y cinco minutos antes de que explotara, y no hará mucho más de 10 años. Era tan “normal”, que el día que entregaban las notas en el instituto SIEMPRE había amenaza de bomba, y se llegó al punto de que el instituto ya no se cerraba por amenazas de bomba.

    Que tenemos callo, vamos.

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