Et in Arcadia ego

 

1769. El doctor Johnson observa en casa de su amigo Sir Joshua Reynolds una pintura en la que se ve a dos mujeres, sentadas frente a una losa en la que está escrito un epitafio: Et in Arcadia ego.

El doctor no entiende el epitafio, “¿estoy en Arcadia?”, se pregunta. Reynolds le contesta: “su majestad Jorge III os lo habría explicado; ayer vio el cuadro y dijo: oh, hay una tumba al fondo; ay, ay, también en Arcadia existe la muerte”.

Arcadia, donde habitan los pelasgos, un pueblo que resiste a los espartanos y adora a Pan, el dios que baila en lo alto del monte Menelao. Los poetas romanos, a través de Polibio comenzaron a idealizarla. En Las Bucólicas de Virgilio, deja de ser una zona agreste e inhóspita y se convierte en un lugar mágico, de clima agradable, con una eterna primavera, y anocheceres amables. La muerte aparece lejana, en la memoria de los amigos, en forma de túmulo recordatorio: … et tumulum facite, et tumulo superaddite carmen: DAPHNIS EGO IN SILVIS HINC VSQUE AD SIDERA NOTVS FORMONSI PECORIS CVSTOS FORMONSIOR IPSE.

Olvidada la Arcadia durante la Edad Media, el Renacimiento la recupera unida a la idea de antigüedad clásica. Ya no es un lugar feliz e idílico; es más un tiempo idílico, un tiempo que ya pasó y que se intenta revivir en los jardines de los Médicis en Fiésole, en el que los elegidos adoptan idealizados comportamientos pastoriles. Ese tiempo perdido es un lugar perfecto para la elegía y una crítica a la vulgaridad del propio momento. Así aparece en Tasso.

Confluyen las interpretaciones y los propios símbolos. Y al lugar feliz se le añade el memento mori medieval. Es el momento de Guercino y su celebre Et in arcadia ego. Esa calavera, la calavera parlante de los sermones terroríficos —peace, good Doll, do not speak like a death’s-head, do not bid me remember mine end—, el aviso de que la muerte nos ronda, se les aparece abruptamente a los pastores y les dice: sí, hasta en la Arcadia, habita la muerte. El rey había acertado. Así nace esa famosa frase.

Sin embargo, no es ésta la interpretación que termina siendo usual en la iconografía posterior, sobre todo fuera de las islas británicas. Veamos por qué.

Poussin usa el motivo en dos famosas pinturas:

En la primera, se ven los ecos de la pintura de Il Guercino: aún hay sorpresa y agitación, y la calavera está presente, aunque disminuida y en segundo plano, apoyada sobre una tumba clásica.

Sin embargo, en la segunda, el motivo aparece transformado por completo. En la composición ya no hay escorzo. Vemos un grupo de personas que, reunidas y en calma, hablan, reflexionan, leen la inscripción. Todo es melancólico recuerdo del amigo. La calavera ha desaparecido.


Desde Poussin la frase se interpreta como un yo también viví en la Arcadia, y así permanece y se amplia en todas las referencias románticas, sobre todo las literarias. La muerte ha desaparecido de la ecuación y la expresión se convierte en simple recuerdo de una época feliz, ya periclitada.

Hasta el fin del ciclo. Fragonard termina pintando a dos cupidos que se abrazan dentro de un sarcófago hecho pedazos. En palabras de Panofsky, aquí acaba el tema su ciclo evolutivo. Al aviso de Guercino, “también en Arcadia reina la muerte”, el dibujo de Fragonard responde, “incluso en la muerte puede hallarse la Arcadia”.

kiss_lg

 

2 comentarios en “Et in Arcadia ego

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