Un sueño de Mercutio

 

De un lado, Platón, San Anselmo, Descartes y Hegel.

Del otro, Aristóteles, Santo Tomás y Kant.

Entra el moderador, un tal Karl Marx, se tropieza y farfulla:

— Dios, casi me caigo.

San Anselmo gruñe algo y Marx le dice:

— Hable más alto, monje, aquí puede hablar cualquiera … de momento.

— He dicho dixit insipiens in corde suo: non est Deus.

— Ya estamos -dice Santo Tomás con su voz aflautada- he demostrado cinco veces …

— ¿Que has demostrado …? -grita Aristóteles- Κύκλο χρησιμοποίησέ τη δύο. Νέο αν σελίδων μπορούσε εξοργιστικά.

— ¿Qué dice? -pregunta Descartes.

— Nada -dice Platón socarronamente-, está como siempre, generando textos al azar.

— A ver -grita Marx- ¿quién esta de acuerdo?

Todos levantan la mano menos Hegel, que se ha quedado dormido, enrollado, en posición fetal, y Kant, que está mirando, con lujuria, la entrepierna de Marx, o el reloj de bolsillo de Marx, vayan ustedes a saber.

— Bueno, pues ¿quién no esta de acuerdo?

Esta vez todos levantan la mano, incluyendo Hegel, que, con los gritos, se ha despertado, se agarra con la mano libre sus partes pudendas y se mueve nervioso. Marx se da cuenta y le da permiso para ir a filosofar.

— Así no avanzamos -dice Marx-. Planteemos el problema y busquemos una síntesis superadora. Venga, vamos a hablar por turnos.

Platón dice:

— Nosotros somos sombras de las ideas y las ideas tienen un sol, el Bien. Por eso las ideas son, porque el Bien les da su ser.

Contesta Aristóteles:

— Tú eres una sombra, no hay duda, y tienes el sol en el culo. El motor inmóvil es la explicación.

Replica San Anselmo:

— Las ideas de Platón son pueriles pero están encaminadas, como la risa de los niños que se acercaban a Cristo. Lo que quiere decir es que si Marx dice Dios es porque entiende la idea de Dios como suma de todas las perfecciones y por eso Dios tiene que existir.

— ¡Y le acusa de pueril! -grita Santo Tomás-, ¡y le han hecho doctor de la Iglesia! ¡Las causas, las causas, son la clave! -y empieza a sacar tomos de su Summa Theologica por debajo del hábito.

— Mon Dieu -silabea desdeñoso el francés-, YO les diré la verdad. Piensen, bêtes, y elévense desde la finitud del yo, rompan los límites y vean en ustedes a Dios. Porque la idea del Supremo artífice se crea con nosotros desde que nacemos y aspiramos … ¡Ahhh! ¿Qué ha hecho maldito teutón? ¿Por qué me ha pisado?

— Perdone jesuita -dice Kant- sólo pretendía que dejase de levitar. No hacen más que darle vueltas, insignes pigmeos, a ideas de Dios, que no demuestran su trascendencia, porque no aseguran su positio fuera de mí. Ach, sólo yo sé y he demostrado que somos morales y que no podríamos serlo sin Dios.

En ese momento regresa Hegel con la pernera del pantalón mojada, llorando desconsolado y murmurando, entre sollozos:

— … esparasimismasupropiocontenidoencuantosediferenciaidealmenteellamisma yencuantoencadaunadesusdiferenciasesidenticaasimismaperodeunaidentidadenque…

Todos le consuelan, salvo Mercutio, digo Marx, que escribe NO en una pared.

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